27 octubre 2020

Libros, bibliotecas y cultura escrita

biblioteca… en los orígenes de la historia de 9 de Julio
llegaron a 9 de Julio en las horas iniciales de la fundación del campamento militar. Precisamente, como parte del equipaje que el coronel Julio de Vedia traía consigo al momento de movilizar el contingente de civiles y militares al paraje «Tres Lagunas» para establecer la comandancia que, meses después, propició la fundación del pueblo, se encontraban diversas ediciones de libros que conformaban su biblioteca personal.
Desde su primera juventud, cuando se había iniciado a las armas durante el Sitio de Montevideo, Vedia, tenía por frecuente llevar, sea al campo de batalla o durante una expedición, algunos libros que leía con asiduidad toda vez que sus obligaciones se lo permitían. Lejos de ser un hombre de letras era, en efecto, un caballero culto, en la consideración que de esta característica se hacía en el siglo XIX. Formado como autodidacta, había aprendido a leer en otros idiomas y, con la misma exigencia, buscaba también la formación tanto de sus soldados como de los civiles que lo acompañaban.
Sarmiento, en sus Obras Completas, menciona la labor educativa de Julio de Vedia, desarrollada a través de la fundación de escuelas en los diferentes lugares en los cuales le tocó desempeñarse como jefe de los regimientos de línea. Nada más lejos de esta afirmación estaría la pretensión de realizar un panegírico o elogio forzado de la obra de Vedia, pues bien conocidos son los cuestionamientos que existen hacia quienes fueron partícipes de la denominada campaña decía. Aquí, pretendemos, sin embargo, recordar ese aporte inicial que Vedia realizó a la cultura de ese incipiente poblado, brindándoles a sus soldados y a los civiles que lo acompañaron, pocos de los cuales sabían leer, la posibilidad de estar en contacto con los libros.
En una carta fechada el 1º de noviembre de 1863, sin dudas, una de las primeras escritas en el recientemente fundado campamento de 9 de Julio, Vedia solicitaba a su hermano político, el general Bartolomé Mitre, a la sazón presidente de la República, el envío de libros.
Por otra parte, procuró disponer la instalación de dos maestras en el nuevo pueblo, Mercedes Vázquez de Labbé y Bonifacia Vieyra de de la Plaza, para la opción de los niños.
¿Podría afirmarse que, el desarrollo de la cultura escrita en 9 de Julio, se inicia apenas fundado el pueblo?. Es indudable que no. Aquellos intentos fueron, cual destillos de luz en medio de un abismo de sombras, apenas los pasos iniciales.
Las estadísticas del siglo XIX, los censos de población de 1869, 1881 y 1895, revelan un alto índice de analfabetismo entre la población. El acceso al conocimiento, al saber, la posibilidad a las ediciones de los libros y al deleite de los mismos estaba reservado para unos pocos. Por cierto, en el siglo XIX, las obras editadas que llegaban al pueblo a través de la mensa- jerías,  de cuando en cuando terminaban siendo exhibían en los escaparates de las almacenes de ramos generales, entre enseres domésticos y herramientas variadas.
La adquisición de libros, en el mejor de los casos, podría realizarse a través de algunas suscripciones o de los servicios de mensajerías, cuestión que era bastante poco recomendable para quien quisiera hacerse del volumen que, en realidad, deseada.
Frente a ese contexto, era imperioso para los vecinos instruidos, contar con una biblioteca pública, un espacio desde el cual poder acceder al universo de los libros.
Merece recordarse que, en el desarrollo cultural de la comunidad de 9 de Julio, las diferentes instituciones encargadas de su fomento, particularmente las bibliotecas, se fueron adecuando a la evolución de la idea y el concepto que acerca de la cultura se fue teniendo a través del tiempo.
En los escritos intelectuales publicados en la prensa local, los cuales no son pocos y conforman una fuente hemerográfica sustanciosa y muy necesaria para el estudio de la evolución cultural de la comunidad nuevejuliense,  cuando el concepto de cultura deja de aparecer como contraposición entre la creación humana y la naturaleza (oposición cultura/naturaleza) para pasar a una fase en donde la antropología la tomó para hacer notar las diferencias entre los distintos grupos humanos y refrendar los diversos modos de vida existentes.

La primera Biblioteca Pública de 9 de Julio
Domingo F. Sarmiento, junto con su ministro de Justicia y Educación Pública, Nicolás Avellaneda, deseaban acercar al pueblo las herramientas necesarias para que los habitantes pudieran desarrollarse, formar sus propias ideas, alimentar su curiosidad y acrecentar sus conocimientos. Uno de los instrumentos fue la biblioteca.
La Ley Nº 419 fue el medio a través del cual se dio origen a las bibliotecas populares. Esta legislación les determinaba como misión cubrir la demanda de libros para la lectura de la población.
La denominada “Ley Sarmiento”, fue reglamentada en 1870. La situación sociocultural era totalmente adversa tanto para su implementación con una población mayoritariamente analfabeta.  En este contexto, la biblioteca popular nació para transformarse en una entidad típicamente Argentina y sin equivalentes en el mundo.
Entre 1870 y 1874 se fundaron 154 bibliotecas populares.
Precisamente, En la página 396, del tomo XLIV de las “Obras completas”, del ilustre sanjuanino aparece una referencia sobre la biblioteca popular que, hacia 1875, funcionaba en el pueblo de 9 de Julio. No deja de ser curioso, y más aún notable, la existencia de una biblioteca popular, en una comunidad relativamente pequeña, fundada poco más de una década atrás.
El hecho es aún más auspicioso si  se denota que, aún no habían llegado al lugar los principales adelantos tecnológicos para ese siglo (el telégrafo o las líneas férreas), cuando un grupo de vecinos ocupaba su atención en crear un centro donde irradiar el saber.
Las primeras reuniones tendientes a dar forma a tan altruista iniciativa comenzaron a concretarse en torno al mes de mayo de 1873. Buenaventura Vita, en su eximia obra, recoge los nombres de aquellos quienes comenzaron a trabajar desde las primeras horas: Enrico Bigliani, Emilio Carballeda, Manuel Lafulla, Raymun- do y Anastasio Prieto, Pastor Dorrego, Juan Esteban Trejo, Enrique Beltrán, Enrique Bouquet, Edelmiro Moura y Manuel María Pérez. Si se observa la lista de nombres, podrán advertirse la presencia de hombres bastante caracterizados en la sociedad de entonces, referentes de una clase más o menos acomodada, formada por los comerciantes importantes, algunos industriales y los hacendados.
El trabajo de la comisión inicial fue bastante productivo, pues el domingo 19 de julio de 1874 fue inaugurada la “Biblioteca Popular del 9 de Julio”. La asociación constituida al efecto de sostenerla obtuvo una subvención que le permitió adquirir elementos necesarios para la apertura. La Corporación Municipal, por su parte, tenía a su cargo el pago de los gastos demandados por el alquiler de la vivienda donde habían sido colocados los anaqueles.
La entrega de los diplomas a los socios de la entidad, debieron realizarse el viernes 2 de septiembre del mismo año, en el marco de un evento hípico organizado por la Sociedad de Carreras de Salto y Tiro de Rifle.
La labor de la biblioteca fue fructífera desde sus comienzos. Aunque, desde el principio, debió hace frente a determinados problemas: la revolución mitrista desatada en septiembre y los sucesos posteriores afectaron su normal funcionamiento. No es de olvidar, gran parte de los miembros de la comisión protectora pertenecían al partido de Mitre o, de forma alguna, estaba ligados a éste, y fueron duramente reprimidos a fines de octubre cuando arribó al pueblo el Batallón “Victoria”.
El vicepresidente de la comisión de la biblioteca era el destacado médico Pedro Zavaleta (1831-1878), quizá uno de los que más duramente debió soportar la presión “antimitrista”.  Hombre culto y activo integrante de las instituciones existentes entonces, se había destacado un par de años antes en Buenos Aires.
El primer encargado de la floreciente biblioteca, según algunas referencias, fue el boticario Enrico Bigliani. Más tarde, alrededor de diciembre de 1875, se le designó al teniente coronel Dolveo Guevara, quien había sido dado de baja del Ejército después de los sucesos del año anterior.
Aún se conserva la copia de los estatutos de la comisión directiva de la biblioteca, un texto de 11 páginas.  De allí se puede obtener algunos detalles interesantes acerca del funcionamiento de la misma. La sociedad encargada de la biblioteca se encontraba formada por “socios propietarios fundadores”, “socios propietarios”, “socios honorarios” y “abonados a la lectura”; mientras, la junta directiva debía ser integrada por un presidente un vicepresidente, un secretario, un tesorero, dos vocales y cinco suplentes, cuyas funciones duraba un año.
El funcionamiento administrativo de la biblioteca no difería, en gran medida, del realizado en nuestros días. Sólo que se llevaban tres libros, uno para el catálogo, otro para el inventario y el restante para el registro del préstamo de los libros; asimismo, a la sala de consultas -donde se accedía gratuitamente- sólo se permitía el acceso de personas mayores de 15 años.
En 1879 comenzaron a sentirse los primeros inconvenientes de orden estructural y  financiero. La adjudicación de un subsidio, si así cabe expresarlo, por la Municipalidad, el que jamás fue pagado; la formación de una nueva institución, con el fin de salvaguardar su continuidad; y un traslado a otro edificio, sólo contribuyeron a atenuar levemente un final previsible. Ya en 1881, el caudal bibliografico se había incrementado considerablemente, alcanzando a los 900 volúmenes; y, ante del cierre, ese número habría llegado a duplicarse.
La biblioteca pública de 9 de Julio cerró sus puertas en 1887. Algunos motivos que, al parecer, fueron insalvables, la llevaron al ocaso.

Otras bibliotecas
Tras el cierre de la primera biblioteca de 9 de Julio, sus libros fueron ubicados en cajones y depositados en una habitación del antiguo edificio municipal. Entre aquel millar de volúmenes se encontraban no pocas ediciones de obras clásicas que hoy son casi inhallables. Algunos años más tarde, un dirigente político, figura vigente en la vida social lugareña, que tenía aspiraciones a ocupar una banca en la legislatura provincial, deseoso de conquistar los favores de posibles electores, no dudo en favorecer con los libros de la desaparecida biblioteca nuevejuliense a la sociedad de un pueblo vecino.
Así pues, envió los cajones con los libros a otro pueblo, para una biblioteca que se hallaba en formación. De esta manera, el caudal de textos que había donado el propio Sarmiento y las demás obras que, con denodado esfuerzo, habían adquirido los vecinos del pueblo, desaparecieron para siempre.
Poco se pudo hacer entonces para preservar aquel acervo bibliográfico, poco interés hubo en quienes, poseedores de una situación económica floreciente, podrían aportar los recursos para disponer nuevamente su funcionamiento.
Desde entonces debió transcurrir más de una década hasta que, el 20 de abril de 1899, se había concretado la creación de una institución, con fines sociales, que fue denominada «Circolo Italiano» y cuya sede abrió sus puertas el 23 siguiente. Integrada, en su mayoría, por vecinos del pueblo de 9 de Julio, emigrados de Italia, entre sus miembros, debió surgir la idea de formar una biblioteca, en torno a la cual pudieron reunirse importantes ediciones. En consecuencia, el 4 de septiembre del año siguiente, una comisión especial, fundó la llamada «Biblioteca Sarmiento».
Tal como lo expresa un artículo publicado en una edición especial del periódico «El Orden», para conformar la «Biblioteca Sarmiento», se logró «por medio de donaciones formar un regular caudal bibliográfico, instalando una pequeña biblioteca y liberándola al servicio público; pero los azares de la fortuna, al no ser propicio para la institución madre, hizo que al clausurarse aquélla, tuviera que terminar vida también la biblioteca».
La existencia de la «Biblioteca Sarmiento» y del «Circolo Italiano» favorecieron la difusión de las obras en lengua italiana entre los integrantes de la colectividad; al mismo tiempo, la recepción de publicaciones periódicas editadas tanto en Europa como en Buenos Aires. De entre aquellas, aún se conservan ejemplares (correspondientes al período 1896-1899) de dos publicaciones italianas, enviadas a  9 de Julio por medio de suscripciones: el periódico (giornale) “L’Italia al Plata” y la revista “L’Italia Illustrata”, suplemento mensual del anterior. Si bien no eran redactadas por cronistas nuevejulienses, debieron influir en la formación e información de los  italianos radicados aquí; en primer lugar, por el alcance del lenguaje nativo; luego, por el nivel periodístico, para la época, de las ediciones.
Por fortuna, entre los integrantes de la comisión directiva de la «Biblioteca Sarmiento», se encontraba Victoria Cavallari, director del colegio particular que, desde 1893, funcionaba en el pueblo. Al producirse la clausura de la Biblioteca, el educador solicitó parte de aquella colección de libros, especialmente las escritas en idioma español, para incorporarlas a la biblioteca que proyectaba formar en su colegio.
De esta manera, llegan a nuestro tiempo algunas ediciones que conservan el ex-libris del «Círcolo Italiano».
El 10 de septiembre de 1907, Victorio Cavallari, quien había conocido de cerca las dificultades que se presentaban para el sostenimiento de una biblioteca popular, decidió conformar una, cuyo funcionamiento quedará enmarcado dentro de la gestión educativa desarrollada por el Colegio. De esta forma, garantizaba que la misma tuviera el carácter de popular, para que todos los vecinos pudieran acceder a consultar volúmenes y, al mismo tiempo, para preservarla de que los avatares y las circunstancias políticas o sociales que suelen afectar en esos años a las instituciones culturales de las comunidades pequeñas, la terminarán precipitando a un final no deseado.
La feliz iniciativa de Cavallari fue recibida con beneplácito por la opinión pública. Los medios de prensa de entonces se hicieron eco de la inauguración de la nueva biblioteca y, el doctor Tomás West, entonces intendente municipal, en un discurso, cuyo texto todavía se conserva, destacó la gravitación que poseía este hecho: «inaugurar -dijo- una biblioteca, cualquiera que su importancia intrínseca sea, es siempre un acontecimiento plausible que, debemos celebrar».
Durante casi tres décadas, la Biblioteca del Colegio Cavallari fue la única que tuvo el carácter de «popular». Al menos tres generaciones de nuevejuliense tuvieron la posibilidad de recorrer sus anaqueles y estudiar a la luz de las obras que la conformaban. Promediando la década de 1930, el Centro de Estudiantes del Colegio Cavallari, conformó otra biblioteca que funcionaba anexa, bajo la doble denominación de «Florentino Ameghino».
En la década de 1950, tras la desaparición del Colegio Cavallari, la biblioteca fue dividido, siendo enviados sus libros a la Biblioteca Popular «José Ingenieros» y a la biblioteca de la Escuela Nacional de Comercio.
No menos significativa, para la historia de 9 de Julio, ha sido la creación de otras dos bibliotecas, antes de la década de 1930: la Biblioteca Escolar «General Mitre» de la Escuela Nº 1 «Bernardino Rivadavia» y la Biblioteca Popular» Juan Bautista Alberti» del Club Atlético «9 de Julio».
La Biblioteca Escolar «Bartolomé Mitre», fundada en 1909, surgió por iniciativa de la directora de la Escuela Nº 1, Cirila Irigoitía. Con el cometido de reunir de manera ordenada diferentes obras que se encontraban dispersas en el establecimiento y, sobre todo, a partir de dos incorporaciones bibliográficas valiosas: la edición del Archivo del General Mitre y las Obras Completas de Domingo Faustino Sarmiento. A ellas se añadieron, más tarde, varias decenas de libros de autores argentinos o traducciones conocidas donada por descendientes de Justo José de Urquiza. Esta biblioteca que aún existe, aunque sin los volúmenes que conformaron su acervo original, sirvió como instrumento indispensable para la formación de maestros cuando, hacia 1913, fue creada la Escuela Normal Popular, de existencia prolífica aunque efímera.
La Biblioteca Popular «Juan Bautista Alberdi» fue instalada en 1914 un año después de la fundación del Club Atlético «9 de Julio», la institución que sentó sus bases fundacionales. A partir de entonces debió sufrir toda suerte de avatares hasta que, en 1936, una nueva comisión organizadora le devolvió un funcionamiento relativamente regular, imponiéndole en nombre del destacado jurista. Con el correr de los años, ya instalado el Club Atlético «9 de Julio» en la antigua sede de la calle Hipólito Yrigoyen entre Bartolomé Mitre y San Martín, se le otorgó el nombre de Anastasio Prieto, propietario original del edificio que ocupaba.
En el último cuarto de la década de 1920 el club y biblioteca «Agustín Álvarez» ofreció otra alternativa, reuniendo algunas obras literarias que fueron puesta a disposición de los lectores. Pero, deberán pasar varios años hasta que, la biblioteca que hoy lleva el nombre de Arturo Cano sea erigida como tal.
El 20 de marzo de 1997 fue fundada la Biblioteca Popular «Antonio Aita», con sede en la Sociedad de Fomento del Barrio Luján en la calle R.N.Poratti 2052, brindando sus servicios a la comunidad de esa zona de la ciudad.

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