6 diciembre 2021

Avelino González

avelino1El recuerdo de una persona de bien, que supo dar se sí con bondad y altruísmo
* Querido por sus contemporáneos, valorado por sus virtudes, fue un hombre digno que en su paso por la vida jamás dejó de hacer el bien.
* Poseía, tal como uno de sus hijos supo describirlo, «la serenidad del bronce y la ternura de los árboles».
* De origen español se había afincado en esta tierra siendo todavía niño.
* Sus dones, aquellos con los que Dios lo había dotado, los puso al servicio del bien y de la verdad.
* Quienes tuvieron el honor de conocerlo aún lo recuerdan, sólo bastan dos palabras de su nombre para evocar esa personalidad tan inmensa: Don Avelino.

Querido y respetado por la comunidad de 9 de Julio, la sola evocación de su nombre  despierta gratitud en aquellas generaciones que tuvieron el placer de conocerlo. Dios le había conferido un don particular que no dudó en poner al servicio, desde joven, de sus semejantes.
Padre ejemplar, formado en la hidalguía de su tiempo, allí donde el espíritu se templaba a la luz de la virtud, fue un caballero cabal y honrado. Ante todo, fue Don Avelino González, un hombre esencialmente bueno. Su bondad se irradiaba por doquier a través de sus gestos sencillos pero profundos.
Tenía, en efecto, la inclinación natural a hacer el bien, la cualidad de la bondad que siempre se manifestaba en él disponiéndolo a ayudar a quien lo necesitaba. Sabía mostrarse compasivo con las personas que se encontraban sufriendo por distintas circunstancias y también sabía mantenerse en una actitud amable y generosa hacia los demás.
Había nacido el 13 de noviembre de 1900, en Robles de la Valcueva, una aldea pequeña ubicada norte de la provincia de León en la montaña central. Por esta población pasa aún, desde el siglo IX, el Viejo Camino de Santiago conocido como el “Camino de la Montaña”. Los peregrinos jacobeos seguían esta ruta porque se sentían más seguros ante el “terror sarraceno” que cundía por las tierras planas de la Meseta. Fuera del pueblo, aproximadamente a un kilómetro de distancia, sobre el margen izquierdo del río Torío, se levanta aún la ermita de Santa María de Boinas, un pequeño oratorio del medioevo muy visitado por los peregrinos.
En aquel contexto vio la luz Don Avelino, en un pueblo de  montana, cuyas casas estaban edificadas en piedra caliza, usando morteros bastardos de cal para su trabajo y para los revocos. También ahí recibió el sacramento del bautismo, el 19 de noviembre de 1900, en una pequeña capilla que aún se conserva.

EN ARGENTINA
A comienzos del siglo XX, España transitaba momentos difíciles. Las aldeas del interior provinciano atravesaban dificultades económicas, los insumos escaseaban tanto como la producción. Quizá ese deseo de buscar nuevos horizontes llevó a los padres de Don Avelino, Gregorio Luis y Encarnación Laiz a buscar un nuevo horizonte.
Así pues, en 1905, decidieron emigrar a la República Argentina en compañía de sus dos hijos, el pequeño Avelino y otra hermana.
Radicado en la zona de la localidad de El Tejar, partido de 9 de Julio, se dedicó a las tareas rurales. Más tarde, también lo hizo en la zona de Norumbega, criando animales vacunos y dedicándose al tambo.
Asociado con Guido Pironio incursionó en la cría de porcinos de pedigree.

9 DE JULIO, LA CASA SOLARIEGA
Radicado en 9 de Julio ubicó su hogar en la antigua casa de la avenida Urquiza, que aún se conserva en pie. Una antigua construcción de la década de 1880, la única esquina que se conserva en la ciudad sin ochava. Así había vivido un humano excepcional cuyo recuerdo se mantiene latente en esta comunidad: Don Eduardo Moledo.
La vinculación de Don Avelino con Don Eduardo fue muy significativa. La vida de ambos hombres estuvieron ligadas por un don que ambos cultivaron.
Aquella casa que por entonces estaba ubicado a las afueras del centro urbano fue un punto de referencia para muchos hombres y mujeres de la época. Allí encontró consuelo el afligido y ayuda el desvalido; los consejos esclarecedores de Don Avelino permitieron a muchas personas encauzar su vida, ordenar sus negocios o hallar respuestas existencia les que solamente un corazón con tamaña nobleza podía brindarles.
Un influjo de luz irradiaba de su voz, de su mirada. La profundidad de su mirada fue, en efecto, uno de sus rasgos característicos. Muchos testimonios orales recogidos de labios de quienes habían conocido a Don Eduardo Moledo, fallecido en 1930, coinciden en que, así como en Don Avelino, la mirada de ambos tenían una profundidad que iluminaba.
Don Avelino durante varios años se dedicó, asimismo, a la actividad comercial. En la esquina de Libertad y San Luis (hoy Maestro Cavallari) poseyó una tienda y mercería. Aquel edificio, cuya fachada a un conserva rasgos de la época, era muy conocido en la comunidad por el nombre de «El Aguila», pues una efigie de esta ave, construida en cemento, remataba la plataforma del cornisamento.

SU PERSONALIDAD
El 3 de mayo de 1973, cuando contaba 72 años de edad, Don Avelino González dejó de existir en esta ciudad. El sepelio de su restos evidenció el enorme cariño que le tributaba la comunidad que lo había acogido como hijo adoptivo. Muchísimas personas lo acompañaron hasta su última morada; ese sepulcro que se encuentra en el cementerio de esta ciudad, donde aún hoy, muchos años después de su muerte, sigue con muchas flores frescas en su memoria.
La bondad es una inclinación universal. La historia está llena de personas que hicieron el bien a la humanidad. Por todos lados se ve el heroísmo y el sacrificio de los padres a favor de sus hijos; de los vecinos en favor de sus pares, de infinidad de personas que día a día se disponen a hacer el bien. Muchas veces la historia no da cuenta de esos anónimos comportamientos; pero, sin ellos, sin dudas, la historia sería diferente.
La bondad puede desarrollarse sin discursos, con el simple ejemplo, con la imitación por admiración de los que son buenos. Se puede enseñar a reconocer nuestro interés individual; no guiados por el simple principio de lo que nos agrada, sino buscando ser amables con nosotros mismos, pero sin lastimar a los otros ni a la naturaleza.
Así vivió don Avelino González, un ser que, desde su espiritualidad, fue bueno.

SANAR EL ALMA
La espiritualidad de don Avelino era el fruto de su contemplación interior. Una espiritualidad que integraba la formación de la identidad en la
dimensión de lo cotidiano y de la religiosidad humana o divina; una comunión de totalidad e individualidad, expresión de amor y esperanza.
En su persona, la espirtualidad marcaba una unidad inseparable entre lo religioso y lo ético, basada en los valores de amor, paz, justicia, solidaridad y dignidad humanas.
Don Avelino fue un ser espiritual por excelencia. Pero, no se contentó con serlo para sí. Conciendo el don con que Dios le había dotado,  se dispuso a ayudar a otras personas a recorrer el camino de sanar el alma para así ayudar a curar los males del cuerpo. Tenía la convicción interior de que el orden que Dios ha dado al hombre, para que se gobierne a si mismo, establece que su espíritu debe gobernar sobre su alma (emociones, mente y voluntad) y sobre su cuerpo.

LA SERENIDAD DEL BRONCE Y LA TERNURA DE LOS ARBOLES
Una descripción muy acabada acerca de la personalidad de quien nos ocupa, así descrita con acierto por su hijo, el presbítero Gregorio Luis González, el prestigioso sacerdote que tanto bien hiciera a la comunidad de Junín. En ocasión de su fallecimiento, bajo el título de «Padre y Amigo», escribió sobre Don Avelino:
Tuvo la serenidad del bronce y la ternura de los árboles que son fuertes y dan sombra cuando deben darla; y permanecen perdidos cuando es hora de mirar al cielo y no a la tierra.
HOMBRE DE FE: Vibró siempre en su corazón y en su inteligencia una fe vigorosa y ardiente. Fe inquebrantable en Dios y toda su vida fue un testimonio de ello.
HOGAR: Supo formar un hogar cristiano y hacer de él un templo, del que Dios recibió honor y adoración. Dios era el bien soberano y era también su destino y fin supremo y obró siempre de acuerdo a las palabras de Cristo: « Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».
A lo largo de los años formó una numerosa familia. Patriarca riguroso y bueno, severo y dulce; en lo íntimo de su alma sólo anhelaba ser blando, tolerante, generoso, sin un gesto con mirada de dureza. Así logró la armonía de una gran familia, muy unida, con todos sus defectos y cualidades.
Se dio por entero a su familia, como un sirio pascual se fue consumiendo, pero su luz brillante no se borra, no se puede ni debe borrar lo particular e individual y menos en sus hijos. Su figura está y estará grababa siempre como el fuego en el transcurso de los días, de los meses y de los años; en el corazón de su familia y de sus amigos.
DON DE GENTE: Supo ganarse, con su amabilidad y corazón generoso, el amor de su esposa, de sus hijos y de toda una gran columna de amigos, pues nunca hubo doblez en su alma y brilló por su sinceridad, humildad y caridad.
DON DE CONSEJO: Dios adornó su alma con el don carismá- tico del Consejo. Eso lo prueban los miles de personas que han acudido a él buscando alivio, consuelo, consejos y siempre tuvo las palabras justas y suaves como el bálsamo que suaviza las heridas.
Sus hijos encontraron al padre, al amigo, al confidente, que los aconsejaba y orientaba.
VIDA ETERNA: Vió y previó esos días se terminaban y con toda entereza dijo: «Señor Dios, que se haga tu voluntad». Así se puso en las manos de Dios con la conciencia de un verdadero hijo suyo; de haber cumplido su deber a quien la tierra. Fue una solemne partida, del alma progresivamente llena de Dios, dejando aquí el cuerpo y dejándose.
Ahora estará viendo cara a cara a su Redentor, Cristo, y en su eterna presencia contemplar con los ojos felices la clarísima luz de la Verdad. Colocado así entre los ejércitos de los bienaventurados, estará gozando de la dulzura de la contemplación de Dios por todos los siglos de los siglos. Muriéndose resucita a la Vida Eterna.
EL ADIÓS: profundo, piadoso y doloroso de su esposa, sus hijos y amigos es de esperanza. Ya nos reuniremos con él en el reino de los cielos. Este hombre, el amigo, que pasó haciendo el bien, al que todos llamaban DON Avelino, es mi padre y este es su retrato.

PALABRAS FINALES
El 16 de febrero del 2001, en la esquina de la avenida Nicolás Avellaneda y Coronel González, tuvo lugar el acto en que se le impuso el nombre de Avelino González a la plazoleta que se encuentra en ese lugar. Allí, un monolito erigido por la Sociedad de Fomento del Barrio la Boca, rinde el homenaje de su pueblo a quien tanto bien hizo.
En aquella ocasión, el poeta Raúl Menéndez, al referirse a la personalidad de don Avelino, pronunció unas décimas que lo reflejan tal cual fue, en la esencia de su vida. Con ellas concluiremos esta semblanza con la que, de manera sucinta, hemos querido evocarlo:
Como una estrella errante desde el cielo
Por designio de Dios, aquí bajaste
Y a las almas dolidas le brindaste,
Tú enorme fe, esperanza y consuelo,
Y desde el pequeño niño hasta el abuelo,
Encontraron en ti al dulce hermano,
Y se sintieron felices y lozanos
Con ese dulce influjo de tu voz,
Sintiendo en ellos la luz de Dios,
Por el físico contacto de tu mano.

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