24 noviembre 2020

Andrés Supeña

supeñaMás allá de la niebla del pasado
* En 9 de Julio fue Subcomisario de Policía, consejo de la Corporación Municipal y consejero escolar.
* Fue socio fundador de la Sociedad Española.
* Radicado en Buenos Aires, fue Prosecretario de la Cámara de Diputados y Secretario de la Cámara de Senadores.
* Dirigió, por espacio de varios años, la edición de una compilación legislativa anual.
* Activo luchador por el librepensamiento, fue masón, fundador de logias y Gran Maestre de la Masonería Argentina.

Miguel de Unamuno, en su grandiosa novela «Niebla», una obra capital por su propósito y por su estilo, ubica al personaje principal en el espacio nebular que, para él, significa el lugar donde habitan los personajes concebidos en la mente de un autor y plasmados luego en una obra literaria.
En «Niebla» se plantean, sin dudas, las más conocidas preocupaciones de Unamuno acerca del ser, del libre albedrío, de la trascendencia individual y, en suma, de la condición del hombre como tal dentro de esta sociedad.
En cierto modo, no solamente los personajes de ficción habitan en esa región nebulosa. Muchos seres reales, o al menos que lo fueron en vida, moran en ella; en esa especie de bruma que modela los márgenes del pasado, de los hechos históricos. Es una niebla que parece hacerse cada vez más espesa en la medida en que el río del tiempo discurre caudaloso, en retroactum, bañando la ribera del ayer, región estática y mustia, blanca y fría, blanca como la nieve y como la nieve fría.
Cada vez que volvemos la mirada hacia nuestra historia, la historia de 9 de Julio, y nos alejamos un poco más de nuestro tiempo, vemos la imagen de muchos protagonistas de la vida social, cultural o insti- tucional de la comunidad. En la mayoría de los casos, elegíaca realidad que subyace en el estudio del pasado, sus historias de vida son desconocidas, solamente han sobrevivido sus nombres (que no están grabados en calles, plazas o paseos públicos) y algunas pocas referencias preservadas en las fuentes que guardan los archivos. Nada, pues, podemos saber de sus ideas, sus pensamientos, sus preocupaciones o sus desvelos.
***
Andrés Supeña fue un nuevejuliense por adopción. Resulta, desde luego, falto de consistencia pretender otorgar el gentilicio de «nuevejuliense» a alguien que vivió en esta ciudad, por entonces un incipiente pueblo, en el tercer decenio posterior a su fundación. Los hombres que, por su roles gravitantes, se destacaban en la sociedad de entonces no habían nacido aquí y, salvo excepciones, aún no tenían marcada como propia la identidad de pertenencia al lugar.
Aunque, Andrés Supe- ña, vivió en 9 de Julio por espacio de pocos años,  su nombre se encuentra ligado a la historia lugareña. Comisario de policía, consejero municipal y consejero escolar  son algunas de las acciones que lo tuvieron como protagonista. Más aún, su nombre se encuentra ligado a los orígenes de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, entidad de la que fue socio fundador.
Había nacido, según el historiador Alcibíades Lappas, en Chasco- mús, en el año 1860. Si bien, como se verá más adelante, fue el barrio de Flores el entorno social que conoció de su derrotero, siempre estuvo vinculado a Chascomús.
Allí acostumbraba pasar sus veranos, disfrutando de sus lagunas y de la calma que, en aquellos años, reinaba en la  vieja ciudad. Para hacer más amenas las aletargadas noches estivales, llevaba consigo un considerable número de libros (o los adquiría en la legendaria Librería MacKern, en la estación Constitución, antes de tomar el tres), algunos de los cuales luego donaba a la antigua Biblioteca Popular «Domingo Faustino Sarmiento». En cierta oportunidad, donó una obra de Emile Zola que  provocó, en la institución, una acalorada polémica.
Una vez concluidos sus estudios se incorporó al servicio de Policía de la Provincia de Buenos Aires, condición en la cual se radicó en 9 de Julio.

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EN 9 DE JULIO
El 10 de Junio de 1882, Andrés Supeña fue nombrado al frente de la Comisaría de Policía de 9 de Julio, con el cargo de Subcomisario. Ciertamente, su permanencia en este puesto fue relativamente breve ya que aspiraba a poder incorporarse a la vida política lugareña.
En octubre de 1884 fue nombrado consejero escolar, ocupando el puesto de Subinspector, siendo presidente de ese Cuerpo el doctor Alberto Vivot.
El 23 de diciembre de 1884, de acuerdo con la ley que separó las funciones del Juez de Paz, de las administrativas del Presidente de la Municipalidad, el Poder Ejecutivo designó, para 1885, a Nicolás L. Robbio al frente de la comuna. En esta ocasión, Supeña, lo acompañó como consejero municipal, junto a Gabriel Olmos, Enrique Bouquet Enrique Maderna, Benigno Saínz y Juan P. Cabrera.
El 25 de enero del mismo año, debió presentar su renuncia para volver a desempeñarse como Comisario en 9 de Julio.
Por entonces, al parecer, tenía intenciones de incursionar en el comercio. Junto con el doctor Alberto Vivot, en septiembre de 1884, había solicitado a la Municipalidad el otorgamiento de una concesión exclusiva para instalar y explotar en el pueblo un mercado de abasto.
El 2 de enero de 1886 la Dirección General de Escuelas, designó los nuevos consejeros escolares. En esa ocasión, junto con Andrés Supeña fueron nombrados Estevan Sayavedra y Raimundo Salazar. Pocos días después, al constituiste el Cuerpo fue designado Subinspector.
El 16 de julio de 1882 participó de la fundación de la Sociedad Española de 9 de Julio. Lo hizo en su carácter de socio fundador.
Promediando la década de 1880 retornó a Buenos Aires. Pasó por Baradero donde ejerció funciones policiales pero, sin dudas, su destino estaba mercado por la carrera vital que le restaba acometer en Buenos Aires.
Durante las revoluciones de 1880, 1890 y 1893 tuvo destacada actuación.

EN LA FUNCION PUBLICA Y
EN LA LEGISLATURA
En el último decenio del siglo XIX comenzó a vincularse con la función pública de nivel nacional.
Quizá debió tener un poco de arriscado y su gallardía le permitió abrirse paso en las circunstancias de su tiempo para acceder a un puesto político relativamente encumbrado, Más bien, debió contar con el espaldarazo de sus amigos autonomistas, lo que le permitió acometer una carrera larga en la función pública.
En mayo de 1895 trabajó durante la realización del segundo Censo Nacional de Población.
A partir de 1896 y durante muchos años fue Prosecretario de la Cámara de Diputados y Secretario de la Cámara de Senadores. En tales condiciones tuvo a su cargo la edición anual de la colección de Leyes Nacionales que, originalmente, había comenzado a recopilar Máximo P. González y a publicar Uladislao Frías.
No fue, en efecto, esa condición de editor la única vez que se lo encontró vinculado al periodismo. En 1904, bajo su dirección, apareció el periódico «El Autonomista», que tenía su administración en Rivadavia 6822. Supeña fue sucedido en la dirección de este periódico por  Juan José de Soiza Reilly (1879-1959), periodista de raza, «el primer cronista internacional argentino», como se lo califica en el prólogo de uno de sus libros.

ACTIVISTA DEL LIBREPENSAMIENTO
Según una definición generalizada, el Librepensamiento es una doctrina que reclama para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural. Para quienes militan en esta concepción, el Librepensamiento, «es la más elevada de las manifestaciones del ser humano porque es la facultad que posee cada individuo de utilizar con entera libertad la razón, para conocer la esencia de todo lo que existe y ocurre, en la realidad».
Andrés Supeña adhirió al librepensamiento “natural y puro”, aquel que permite al individuo alcanzar el conocimiento y la percepción de la realidad, por si mismo, en forma independiente, sin atenerse o apoyarse en suposiciones, teorías y métodos ajenos o impuestos.
Supeña participó activamente en el Congreso Internacional de la Federación Internacional de Librepensadores, celebrado en Buenos Aires, desde el 20 hasta el 23 de septiembre de 1906. Integró la comisión organizadora, primero como secretario, a cargo de la Correspondencia del Exterior.
Constituida la Comisión Ejecutiva del Congreso fue nombrado Secretario de Relaciones Exteriores. Entre otros, integraban esa Comisión figuras destacadas de la talla de Alfredo Palacios, Agustín Alvarez, Emilio P. Corbiere, Joaquín Castellanos y Lepoldo Lugones, entre otros.
Se dice que en este Congreso, Alicia Mo- reau de Justo comenzó su acción feminista que, luego, la llevaría a sumarse al Partido Socialista.

EN LA MASONERÍA
Andrés Supeña fue iniciado en los misterios de la Masonería en la Logia Caridad Nº 22 hacia 1882.
El 15 de marzo de 1902 pasó a integrar la Logia Libertad Nº 48, en la cual cumplió un papel relativamente preponderante.
En la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones en la Argentina se desempeñó en diferentes puestos en la comisión directiva. El 24 de junio de 1924 fue instalado como Gran Maestre de la Masonería, cargo que ocupó hasta el 3 de julio de 1926.
En 1921 fue uno de los fundadores de la Logia Bernardino Rivadavia Nº 364 y su primer venerable maestro.
El Supremo Consejo del Grado 33 de la Argentina le otorgó, el 7 de noviembre de 1907) el grado máximo a que puede acceder un Masón en el Rico Escocés. En 1922 se lo incorporó al Supremo Consejo de una manera más activa aún..
En representación del Supremo Consejo del Grado 33 participó de los homenajes tributados a la memoria de Joaquín V. González, con motivo de la traslación de sus restos a la tierra natal, a pedido del pueblo y gobierno de La Rioja.
A González le había unido una larga relación de fraternidad masónica.
Colaboró con su hermano masón Martín V. Lazcano cuando éste redactó su brillante estudio titulado «Las Sociedades secretas, políticas y masónicas», publicado en 1927.

HOMENAJES
Andrés Supeña recibió algunos homenajes. La Revista «Caras y Caretas» del 8 de septiembre de 1906, publica una fotografía de un homenaje tributado por sus amigos en Flores
En el año 1919, en la frondosa quinta de Ventura Martínez, en Flores, se le realizó otro homenaje. Andrés Supeña había promovido, en el ese barrio,  la construcción y habilitación del Hospital «Teodoro Alvarez», el adoquinado al Cementerio de Flores, el adoquinado de la calle Donato Alvarez y la construcción de varios edificios escolares.

PALABRAS FINALES
Andrés Supeña falleció en 1933. Le sobrevivió su hija, Angela Celina Supeña de Cisneros, ya viuda,  a quien -en mérito de los servicios prestados por su padre- la Legislatura le acordó una pensión. Cual sereno orvallo en un atardecer otoñal, llega desde el pasado la figura lejana de Andrés Supeña. Su imagen, aunque ligada por algunos años a la historia lugareña, ya no pertenece a nosotros, nuevejulienses del siglo XXI. Como muchos otros personajes de nuestra historia, su vida, sus connotaciones existenciales, su cosmología, forman parte de un contexto completamente diferente. Al interpretarlos desde nuestro presente, corremos el riesgo de abordarlos de manera equívoca, sobre todo cuando son tan pocos los elementos documentales de los que se dispone.
Aún así, hemos querido traer el recuerdo de su figura, rescatándola del territorio hetéreo de lo histórico.
En la delimitación de ese campo histórico es donde parece cernirse, una y otra vez, la niebla. Como en la proyección de un praxinosco-pio  de imágenes brumales pasan las figuras y los hechos, lejanos y borrosos, vagos y difusos. Desde allí parecen dirigir su mirada hacia nosotros, nuestra época; hacia su comunidad, su pueblo, el 9 de Julio en el que vivieron, sus calles y sus instituciones centenarias; donde quedaron sus sueños, anhelos, fervores e inquietudes.
Desde la niebla del ayer, hoy nos siguen soñando.

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