27 noviembre 2020

TRISTEZA Y ORFANDAD

antonio-dal-masettoEscribe Alejandro Casas

Hoy es un día triste. Murió Antonio Dal Masetto. Mi maestro, quien me ensenó a escribir, a articular las palabras en oraciones y en párrafos, para hilvanar historias con los fragmentos de recuerdos que la memoria, por alguna misteriosa razón, rescata del olvido. “El olvido que borra y la memoria que transforma”, dice Kun- dera.
Para apaciguar la tristeza repaso los recuerdos de mis encuentros con Antonio. Sus palabras y sus enseñanzas.
“Algo de espía tiene esta actividad de escribir, uno anda por el mundo acá y allá, acechando gestos, frases, caras. En realidad se ejercita para este permanecer alerta todo el tiempo, el ojo y el oído atentos, siempre listo para capturar algo. Diría que no solamente se es espía, sino también una especie de ladrón”.
Los sábados por la mañana yo viajaba a Buenos Aires a tomar clase con él. Uno de esos días estaba en una confitería enfrente de su departamento repasando el material que llevaba para corregir mientras hacía tiempo para ir a la clase. Después de un buen rato levanté la cabeza para echar un vistazo a alrededor y distraerme un poco observando a la gente, “acechando gestos, frases, caras”, y vi a Antonio sentado a una mesa, concentrado en la lectura de un diario. El gesto adusto, el ceño fruncido, la cabeza inclinada sobre el periódico. Muy concentrado, como si escudriñara algún misterioso sentido oculto en las palabras.
“Así debe leer un escritor como Dal Masetto”, pensé. Y me quedé un rato observándolo.
Llamé al mozo, le pagué y me acerqué a su mesa. Antonio me saludó y me invitó a sentarme. Después nos fuimos caminando juntos hacia su departamento.
Le comenté que quería hacer un evento que combinara la lectura de textos con la interpretación de canciones. Me escuchó atento e interesado.
“Los relatos leídos en voz alta producen un efecto especial en la gente”, me dijo. “Es interesante. Es interesante”, repitió con énfasis.
Un comentario escueto, telegráfico, seco, como era su estilo. Como eran las correcciones y las sugerencias que me hacía sobre mis trabajos. Sin embargo en su boca las palabras adquirían un peso, una densidad y una dimensión distinta.
“Esto está bien”, decía sobre algún párrafo o capítulo. Y esas tres palabras valían lo que un extenso comentario elogioso. No, valían mucho más, porque eran la expresión de un análisis agudo y minucioso que el maestro había elaborado a medida que leíamos el texto. Y porque él no dilapidaba elogios y sabía que una buena enseñanza no tiene que ser complaciente ni condescendiente.
Antonio era un escu- driñador de palabras. Un avezado conocedor del significado y de la connotación, de la forma y del tono. Y del modo en que éstas se muestran y se ocultan, aparecen y desaparecen, una y otra vez en la ardua tarea de contar historias.
“Acá está la idea. Trabajá sobre ella”, me indicaba subrayando una palabra, una frase o todo un párrafo. “Los otros párrafos sobran. Eliminalos y fíjate si funciona”.
Sabía que cuando un escritor corrige sus trabajos debe ser impia- doso.
“Hay escritores consagrados que nunca pudieron corregir sus textos”, me comentaba.
“Esto es exagerado. No hace falta. Bajale el tono”.
Como Hemingway, creía en el mot juste, en la única palabra que es correcto usar. Por eso Hemingway era uno de sus escritores favoritos.
“Ya está”, me decía cada vez que terminábamos de armar y rearmar una novela. “Ahora dejala descansar, y después volvé a leerla. Seguramente vas a ir encontrando nuevas cosas para corregir”.
Tristeza y orfandad son las dos palabras que puedo encontrar en este momento para describir lo que siento ante la muerte de Antonio Dal Masetto.
A partir de hoy ya no lo tendré para corregir los borradores que me quedaron pendientes (y los que vendrán). Tampoco para escribirle un mail diciéndole mi preocupación porque hace varias semanas que no logro escribir nada interesante.
“Es común eso que te pasa. A todos nos ha pasado alguna vez”, me responde, desde algún lugar de mis recuerdos. “Escribí todos los días algo, cualquier cosa, por más que te parezca insignificante. Vas a ver que en algún momento la historia aparece”.
Voy a mi cuarto de escritura. Repaso los libros de Antonio con sus dedicatorias, y sus comentarios de la contratapa de dos de mis novelas.
Saco de la biblioteca un libro de Hemingway, París era una fiesta, que él me recomendó y que tanto trabajo me costó encontrar en Buenos Aires.
En sus primeras páginas hay una nota suya: “Alejandro, espero que lo disfrutes, hay mucho para aprender en Hem. Antonio”.
Empieza un nuevo día. El primero sin mi maestro.
Me propongo para los próximos días sentarme a repasar los borradores de esa historia incipiente que en uno de nuestros últimos encuentros esbozamos, la de dos tipos de cincuenta años que deciden viajar al pueblo donde vivieron sus padres de jóvenes a buscar no saben bien qué.
Me propongo repasar los fragmentos dispersos que fui escribiendo últimamente para “no dejar que la mano se enfríe”.
Y me propongo algo más ambicioso: seguir mi camino por este mundo acechando gestos, frases, caras, como un espía y como un ladrón. Aunque sé que en ese camino, a partir de ahora, estaré un poco más solo.

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