27 mayo 2020

En el nombre del padre

Por Guillermo Blanco

“Mamá era más brava, pero él llegaba, se sentaba con todos alrededor, y sin mirar ya sabíamos qué pensaba y qué había que hacer…”. Ana tiene bajo sus ojos los signos del cansancio, como todos los que están ahí y llevan la sangre Maradona-Franco, que es decir la de ese don Chitoro cuyo cuerpo descansa a pocos metros, y de Dalma, quien seguro está esperando ansiosa que termine de subir para reencontrase después de cuatro años. Ana es una de las doloridas hijas que tienen la tranquilidad del deber cumplido porque tanto ella, como Kity, Lili, Mary, Diego, Raúl, Hugo y Claudita, la menor, han hecho lo imposible para espantarle la muerte que zumbó por dos semanas. Todos sabían que tenían que estar. Y hasta el hijo mayor llegó desde Dubai y el menor, Hugo (el “Turco”) desde su actual residencia en Nápoles.

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Todos están ahí, firmes como el roble que fue papá. Y vieron cómo iba dejando de moverse la raya de la pantalla, que de un firme zigzag de arriba abajo intenso comenzó a mermar la velocidad hasta que una rayita horizontal predecía el inminente final, que llegó con el apagón final.
Hasta siempre, Papá. El que se hacía entender como en el truco, el que un día de los ’50 llegó con una de sus hijas mayores en un barco precario por el Río Paraná tras embarcarse en la correntina Esquina, para frenar en esa Villa Fiorito al comienzo algo esquiva, donde lo esperaba su esposa con la hija, con quien había arribado poco antes.
Pero no todo iba a ser como un gol de los que haría más de veinte años después el varón mayor. Eran tiempos terribles para los pobres. La única carta disponible con la que ellos pensaban que podrían pelearle al destino se la rompían en mil pedazos los militares de la Revolución Libertadora. Chau sueños, chau todo. Un trabajito en la molienda apenas alcanzaba para el pan diario, y los que estaban y los que se fueron agregando en la hoy ya enajenada casa de Fiorito, en Azamor y Mario Bravo, se acostumbraron a jugar al ritmo que los obligaba ese partido diario.
“El se sentaba y todos sabíamos qué hacer”, dice Ana, rodeada de hijos, sobrinos y nietos. “El” está referido a Chitoro, condenado en su juventud a ser empleado en negro de un capanga correntino llamado Lupo Galarza, hasta que la pelota que un día su sobrino Beto Zárate le regaló a su primer hijo varón, llamado Diego, como él, se fue transformando en una varita mágica. Aunque este correntino de ley nunca cambió, ni de silencios, ni de mujer, ni de convicciones. Siempre humilde, sacrificado, como cuando se dormía de cansado nomás en el colectivo, acompañando a Diego al complejo “Las Malvinas”, de Argentinos Juniors. Y fue tan fiel a sus convicciones que hasta le negó a River la posibilidad de que se lo llevase a los 12 años, porque se lo había confiado al primer entrenador, Francisco Cornejo.
Chitoro se subía a la caja del Rastrojero de don “Yayo” Trotta con todos los pibes, y surcando calles llegaban para el próximo partido de los infantiles. «Polvorita» Delgado, el “Pelusa” Escobar, el “Chino “Ojeda, “Pando” Trotta -hijo de don “Yayo”-, “Veneno“ Dalla Buona, y los también de Fiorito Juan Carlos Montaña y “Goyito” Carrizo, entre otros pibes que se fueron sumando desde comienzos del ’69…
Este hombre que se fue a los 87 años fue un padre del fútbol, como Dalma (“Tota” para los más cercanos) fue la madre. Siempre cerca y respetuoso de todos, hasta en los momentos más difíciles, tanto deportiva como íntimamente. El equilibrio fue su bandera en las canchas, y el dolor que le caminó por dentro cuando su hijo mayor cruzó la línea de cal fue tan disimulado como profundo.
Quien esto escribe tendría mucho para decir de aquellos primeros tiempos, cuando todo era candor, pero imagino la mirada diciendo “para qué”. Cada vez que compartíamos algo, no hacía falta apelar a palabras superfluas. Era como un truco sin cartas, el mismo que compartió una tarde en 9 de Julio con mi padre, el que está jugando ahora Ana y con todos los que llevan la sangre Maradona, más algunos otros que fueron llegando más tarde, de madrugada, cuando él ya tenía los ojos cerrados. Como para no ver a algunos. Como para irse en paz -como dijo Diego-, después de haber podido juntar a sus ocho hijos para el momento del adiós, en el que no habló, porque no hacía falta.

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