5 diciembre 2020

El bombardeo a Plaza de Mayo

A partir del mediodía decenas de aviones de la Marina de Guerra  y de la Fuerza Aérea bombardearon y ametrallaron la Plaza de Mayo  lanzando ese día unas 14 toneladas de bombas, equivalentes a la mitad del explosivo con el que aviones alemanes e italianos destruyeron la ciudad vasca de Guernica en 1937, durante la Guerra Civil Española.

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El bombardeo del 16 de junio de 1955 a Plaza de Mayo, antesala del golpe que derrocó al presidente Juan Domingo Perón en septiembre del mismo año, exhibió el mismo código genético que la dictadura terrorista de estado de 1976-83.
La masacre de Plaza de Mayo dejó 308 muertos, la mayoría civiles, según estableció una investigación del Archivo Nacional de la Memoria (ANM) divulgada en el 2009 por el entonces secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde.
Sólo 12 de los fallecidos (4 por ciento del total) estaban adentro de la Casa de Gobierno, donde impactaron 29 bombas, de las que estallaron seis.
«El resto de las bombas, proyectiles y fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga que los infantes de Marina estrenaron ese día estuvieron dirigidos a la población», según el informe con las principales conclusiones de la investigación del ANM.
En «connivencia con sectores políticos y eclesiásticos», las Fuerzas Armadas «descargaron sus bombas y ametralladoras» contra la población civil «como forma de implantar el terror y el escarmiento, para lograr la toma del poder», puntualizó.
El régimen genocida surgido del golpe del 24 de marzo de 1976 heredó -y llevó al paroxismo- estas características, pero también a varios participantes del bombardeo de junio del 55, entre ellos a Emilio Massera, Oscar Montes y Guiller mo Suárez Mason.
Las dictaduras implantadas en 1955 y en 1976 compartieron también similares matrices cívico-militares.
Por otra parte, la impunidad de los responsables de la masacre de junio de 1955 contrasta con los fusilamientos de 1956 en José León Suárez y otros lugares, en represalia por el intento de levantamiento que encabezó el general Juan José Valle contra el régimen de la autodesignada «Revolución Liberta dora».
«Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específi camente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina», escribió en 1969 Rodolfo Walsh.
En el prólogo a la reedición de ese año de su libro «Operación Masacre», Walsh alertó, premonitorio: «Que (la oligarquía) esté temporalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos».

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