21 septiembre 2020

…Y apagaron el alumbrado…

[10 de agosto de 2010] Existió una época, que hoy parece remota, en que 9 de Julio todavía era un pequeño pueblo en el oeste bonaerense, que crecía lentamente en la medida en que progresaba el comercio, la industria y las actividades agropecua- rias. A fines del siglo XIX, la comunidad tuvo el privilegio de estar entre las diez primeras poblaciones en el país que contaba con el servicio público de energía eléctrica. Pero, en ese momento no todo era color de rosa, desde el comienzo contar con este adelanto costó a la comuna una erogación importante y no pocos dolores de cabeza.

La primera usina, ubicada en la avenida Buenos Aires (hoy San Martín) entre Santa Fe y Corrientes, contaba con una maquinaria bastante precaria que, a la larga, con el crecimiento de la ciudad habría de resultar insuficiente. De hecho, desde el comienzo la prensa había comenzado a alertar acerca de la mala calidad del servicio.

Aunque hoy parezca imposible pensarlo, los pocos usuarios al servicio de energía eléctrica, solamente podían disponer del mismo una pocas horas, desde el atardecer hasta la una de la madrugada. A partir de entonces, tanto en las viviendas como en las calles, era interrumpida la iluminación.

UN HECHO INSOLITO

Entre el 7 y el 27 de marzo de 1903, el obispo de La Plata, monseñor Juan Nepomuceno Terrero y Escalada, había emprendido una gira apostólica por varias localidades de su dilatada diócesis. Entre ellas, visitó Trenque Lauquen, Pehuajó, Bragado, Rawson, Lincoln y 9 de Julio (1).

El arribo del prelado a esta última fue recibido con júbilo, tanto  por la feligresía de la parroquia de Santo Domingo como por las autoridades del pueblo. En efecto, el controvertido intendente municipal Rafael Prieto, en la noche del jueves 19 de marzo, brindó al prelado un cálido  agasajo, un banquete ofrecido en el salón de recepciones de la casa municipal (hoy Salón Blanco municipal). Para dar mayor intensidad a la iluminación a ese recinto, que contaba con tres grandes arañas, de unas veinte lamparitas cada una, debieron ser apagados “gran parte de los focos de luz eléctrica del servicio público”, quedando las calles a obscuras.

De esta forma, mientras algunos gozaban del feliz convite, iluminados con el último adelanto técnico, otros debían sortear charcos y baches en las calles y vereda, con suerte ayudados por la penumbra que provenía de la luz de alguna ventana o zaguán abierto. Lo que era aún peor, esa noche no había luna y el negror se hacía más espeso.

Un conocido vecino se dirigía al banquete, caminando y ataviado con elegante traje de fino casimir y galera inglesa, a presentar sus respetos al obispo. Nunca llegó a destino, pues como consecuencia de la oscuridad, generada por el apagón del alumbrado, perdió pié desde un escalón alto, fracturándose una pierna al impactar de lleno contra la acera.

Tres días después de este curioso episodio, la prensa tiró su pesada munición  contra  Carlos Núñez Monasterio, concesionario del servicio de energía eléctrica, reclamando que, “…podrá ser muy cómodo para el señor empresario y conveniente para sus intereses, pero no consulta en nada las necesidades y las conveniencias del público pagano”.

“Nos parece –prosigue el artículo del periódico “El Porvenir- ridículo que para vestir un santo se desvista a otro, y bien valdría la pena de que quien lo puede, impida que en lo sucesivo se repitan esos abusos” (2).

Unos meses después, la opinión publica, continuó fustigando contra lo que consideraba “un servicio de luz eléctrica pésimo”.

“La amistad del señor empresario -se leía en la misma hoja- con el intendente municipal no debe traducirse en perjuicio para el vecindario, y uno  y otro haría bien en cumplir con su deber, el empresario haciendo el servicio como está obligado por el contrato y el intendente preocupándose de que las cláusulas de éste no se burlen” (3).

NOTAS

(1) “Boletín Eclesiástico de la Diócesis de La Plata, año V, nº 4, 10 de febrero de 1903, página 79. Cfr. El nº 7, 2 de abril de 1903, página 140.

(2) “El Porvenir”, año VII, nº 884, 22 de marzo de 1903, página 2.

(3) Ibidem, año IX, nº 910, 21 de junio de 1903, página 3.

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