14 abril 2021

Combate entre el carnaval y la cuaresma – Peter Brueghel, el Viejo

Escribe Cristina Moscato

Históricamente y socialmente, las celebraciones del carnaval y de la cuaresma están vinculadas, aunque sus orígenes y significado son bien diferentes. Mientras el primero hunde sus raíces en fiestas paganas clásicas, como los saturnales y las bacanales donde se da rienda suelta a los placeres carnales, la cuaresma tiene su origen en la tradición cristiana y es un llamado al ayuno, la penitencia, la reflexión y la abstinencia, para rememorar los 40 días que pasó Jesús en el desierto antes de abandonar el mundo terrenal. (La cuaresma adquirió su sentido penitencial en el año 384 dC).

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Durante la edad media, las celebraciones carna valescas ocuparon un lugar importante en la vida de la población. En algunas ciudades llegaron a durar hasta tres meses y se convirtieron en una práctica en la que toda la población, sin distinción de clases sociales, (nobleza, clero, campesinos etc) se daba cita en plazas y calles originado un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales.
En consecuencia, surgió una vestimenta (disfraces) y un lenguaje propio del carnaval, basado en groserías, gestos soeces o expresiones verbales que con el tiempo fueron prohibidas y eliminadas del uso cotidiano.
A partir del Siglo XVI, por diferentes razones inherentes a las reformas eclesiásticas, a persecuciones y a la presión de la nobleza, se asiste a una creciente domesticación de la celebración popular y el carnaval comienza a transformarse en simple humor festivo y en antesala de “la cuaresma”.
Es por esos tiempos que desde la iglesia católica se propone una etimología del carnaval para integrarlo a la liturgia y a los rituales cristianos. Del latín vulgar, carne levare, el carnaval pasa a significar el abandono de la carne, convirtiéndose en la excusa perfecta para cometer todo tipo de excesos en vísperas de consagrar el cuerpo al ascetismo de la cuaresma.
En 1559 Pieter Brue ghel, el Viejo, en un óleo sobre tabla de 118 cm x 164,5 cm, pinta una pelea en un pueblo flamenco, durante un miércoles de ceniza, entre Don Carnaval y Doña Cuaresma, componiendo una suerte de disputa similar a la que relata en el Libro del Buen Amor (1330) el clérigo Juan Ruiz, conocido como Arcipreste de Hita; dónde Don Carnal es un hombre mundano y dado a los placeres y Doña Cuaresma una mujer recta y flaca.
Aquí el señor Carnaval es el hombre barrigón a horcajadas de un barril de vino, que vemos en primer plano a la izquierda del cuadro. En lugar de estribos lleva en los pies unas cazuelas y en el lugar del sombrero, un pastel por el que asoman las patas del ave con que fue elaborado.
En la lanza se ve ensartado la cabeza de un cerdo, un pollo, carne y salchichas. Completan su indumentaria un par de cuchillos a la cintura (probablemente sea la figura de un carnicero que era el proveedor de la festividad). Detrás de él, va todo un séquito enmascarado para pecar sin ser visto, con instrumentos musicales más o menos improvisados y, según costumbre aún vigente, un niño lleva dos candelas envueltas en paja encima del bastón.
Enfrentado al Señor Carnaval, está La Cuaresma, una señora seria y reseca vestida de monja. En la cabeza lleva una colmena que recuerda la miel de los días de abstinencia y su lanza es una larga pala de panadero con un par de arenques. Un fraile y una monja tiran del carro en el que va sentada que sirve también para transporte de una marmita con mejillones y los dulces del día del ayuno. Los niños que la acompañan llevan cosas por el estilo, un sacristán acarrea el agua bendita del Sábado Santo.
Subiendo por el lado izquierdo, ante la taberna, llena de malvivientes y de borrachos, se representan un farsa típica del carnaval flamenco llamada la novia andrajosa que narra en clave de burla, una de las historias de amor de las Églogas de Virgilio (casamiento bajo una tienda de campaña que utilizarán como cámara nupcial). Subiendo por el lado derecho, haciendo frente a la taberna, encontramos una iglesia con las puertas abiertas. En su interior se observa la imagen de un santo tapado con una sábana como era costumbres tenerlas desde esta fecha hasta la Pascua de Resurrección. Las mujeres de negro que salen de la iglesia llevan en la frente las marcas de las cenizas que les ha puesto el cura.
No faltan en el cuadro mención a los calvinistas representados por los tullidos con colas de zo rro en las capas (rechazaban la celebración de la cuaresma) ni tampoco imágenes de las burlas que los ¨carnava leros¨ hacían a los católicos y que se habían hecho mucho más virulentas luego de la reforma.
El cuadro se halla actualmente en el Museo de Historia del Arte de Viena, Austria. Puede verse en la totalidad de sus detalles en distintas páginas de la web.

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