11 abril 2021

Adán y Eva. Alberto Durero

Escribe Cristina Moscato.

Según relata el Génesis, Dios, luego de  colocar en  el Jardín del  Edén al primer hombre y a la primera mujer,  les prohíbe, expresamente,  alimentarse del  árbol de la ciencia  del Bien y del Mal que,  junto con el  árbol de la Vida, son  únicos  entre las muchas especie  comestibles  que se encuentran   allí. ¨El día que comas de él –sentencia a  Adán- ten la seguridad de que morirás¨.

Albrecht_Dürer_-_Adam_and_Eve_-_Museo_del_Prado
Pero Eva llena de curiosidad comienza  a preguntarse  si será verdad.   Finalmente, llevada por  el  consejo  de la serpiente quién le ha dicho que lejos de morir, el fruto prohibido le  abrirá  los ojos al conocimiento,  desobedece, come de él y  convida a su marido.
¨Ahora el hombre es como uno de nosotros  pues se ha hecho juez de lo bueno y de lo malo.  Que no vaya también a extender su mano y tomar del árbol de la vida, pues viviría para siempre¨  – reflexiona  Dios y acto seguido los expulsa del Paraíso.
En adelante el  dolor,  la vergüenza,  el trabajo y  la muerte caerán sobre la pareja  y toda su descendencia.
En el año 1507, Alberto Durero, pintor alemán,  escoge  este  tramo del relato bíblico  para  mostrar  en dos tablas independientes,   sus estudios sobre desnudos masculinos y femeninos  y sus  perfectas proporciones,  tema crucial de los pintores  del renacimiento en el que  nuestro artista  se especializó tras un par de  visitas a Italia.
Adán, óleo sobre tabla, de 209 cm x 81 cm, aparece de cuerpo entero, levemente ladeado hacia la izquierda, sobre un fondo oscuro  y un terreno irregular lleno de piedras en el que apenas apoya uno de sus pies.  De bello rostro, pelo rubio y rizado, el joven que encarna un ideal de belleza y armonía  propia del clasicismo griego (bien podría ser Apolo),  mira anhelante hacia afuera de la composición  mientras, sensualmente, entreabre la boca.   Si no fuera por la manzana que porta y la cercanía de su compañera nos resultaría difícil reconocerlo  como Adán.
Eva, óleo sobre tabla, de 209 cm x 80 cm, es a diferencia, mucho más fácil de identificar.  La serpiente enrollada que muerde por el cabo la manzana que  ella  sostiene  de pie  junto al árbol,  rápidamente, nos  pone sobre la pista de la primera mujer y el pecado original.
Tan armoniosa como su compañero, aunque de  piel más blanca (bien podría ser Venus) tiene un  hermoso rostro enmarcado  en  largos cabellos rubios que ondulan con  el viento.  También aparece de cuerpo entero, sobre un fondo oscuro  y  en el mismo terreno irregular,  sólo que adelanta el pie derecho como si fuera a salirse del cuadro o porque no,  como si estuviera unos pasos adelante de Adán.
La mirada casi furtiva que dirige  hacia su compañero disfrazan el momento en que ambos van a quebrar la prohibición de comer el fruto del árbol de la ciencia del Bien y  del Mal que crece en el Paraíso.
La  tablilla que cuelga de  las ramas  de la derecha sirve al pintor para incluir su firma.  Dice textualmente:
¨Alberto Durero, la pintó después del parto de la Virgen, en el año del Señor  de 1507¨; recurso con que el artista, además de dejar su rúbrica,  relaciona a Eva con  María, la primera y única mujer libre del pecado original.
El hecho de que  ambos personajes aparezcan con los genitales cubiertos  obedece puramente  a la censura que existe en el momento de la creación del cuadro. (En este tramo del relato bíblico aún el hombre no posee conocimiento  por lo tanto no tiene nada que ocultar).
La candidez e inocencia  de sus rostros refuerzan esa idea, sugiriéndonos, además,   que ninguno de los dos tiene la menor idea del  drama que desencadenará  la desobediencia y el conocimiento que van a adquirir: nada menos que de  la conciencia de la desnudez y  de la propia muerte.
Ambas tablas fueron pintadas en Núremberg  tras el regreso de Durero  de su segundo viaje a Venecia pero se desconoce su destino original.  A fines del siglo XVI el Ayuntamiento de la ciudad las dona al emperador Rodolfo II. Robadas en Praga por las  tropas suecas, fueron regaladas por Cristina de Suecia a Felipe IV.
En el siglo XVIII, Carlos III, ordena que sean quemadas por su contenido obsceno.  Por fortuna, la orden no se llevó a cabo y las tablas son   utilizadas para  enseñar pintura a los jóvenes,  siempre a condición de que se mantuvieran en una sala de acceso restringido.  Recién en el siglo siguiente se  presentan  al público.
Recientemente restauradas, se exhiben en  el Museo del Prado de Madrid. Pueden verse en todo su esplendor en distintas páginas de la web.-

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