25 septiembre 2021

Hoy: « La última cena», de Leonardo Da Vinci

notamoscato17* Por Cristina Moscato.
Hacia 1492, Ludovico el Moro, encarga a Leonardo Da Vinci un fresco para el refectorio de la iglesia Santa María delle Grazie. Quiere algo grande, una obra que transforme a Milán en la meca del arte, una pintura de la que hable el mundo y que, de paso, le abra las puertas del paraíso. Leonardo acepta el desafío y se pone a trabajar. Hacia 1498, después de más de cinco años de ardua labor, “La última cena” queda terminada y el anhelo de Ludovico, más que satisfecho.
La obra es un mural al temple y óleo ejecutado sobre enlucido de yeso de 460 cm de alto por 880 cm de ancho, que ocupa la pared norte del refectorio de los dominicos. Inspirado en el evangelio según San Juan, el artista aborda los instantes posteriores a que Jesús anuncie la traición de la que será objeto, cuando todavía no ha realizado el acto de señalar a Judas. La escena está contenida en una habitación que, gracias a la perspectiva, nos da la ilusión de estar desarrollándose delante de nuestros ojos. Tres ventanas en el fondo, por dónde se ve un paisaje árido y montañoso, nos sitúan en la hora del crespúsculo. Jesús se ve en el centro de la mesa, en compañía de los discípulos agrupados de tres en tres, a uno y otro lado de él. Está muy triste. Tiene los brazos abiertos en cruz y mira hacia abajo. Da la impresión de que no quisiera ver “La crucifixión”, mural de Giovanni Montorfano situado en la pared opuesta a La última cena, que fuera realizado unos años antes, también a pedido de Ludovico. ¨Uno de ustedes me entregará¨- acaba de anunciarles y esta revelación será el motor de la composición. A partir de entonces, cada uno de ellos, acusará el efecto de estas palabras, -conforme lleguen a sus oídos- a través de gestos, ademanes y movimientos que serán tan variados como los sucesos que discurran en sus mentes. Así, Pedro se acerca a Juan -a la derecha de Jesús- para pedirle que lo interpele. Le habla al oído y le apoya una mano sobre el hombro, mientras en la otra, que pasa por detrás de su propia espalda, esconde el cuchillo que, apenas unas horas más tarde, cortará la oreja del agresor del Maestro. Juan, el discípulo amado, de una belleza casi femenina – Leonardo utilizó el mismo modelo de la Virgen de las Rocas – inclina, desconcertado, la cabeza hacia Pedro. Lo escucha con atención. En tanto, Judas, de perfil aguileño y sentado a la mesa, gira la cabeza hacia él, como quién desea escuchar lo que otros dicen, a la vez que aprieta la bolsa de monedas que acaban de pagarle. (Hasta entonces Judas era pintado separado del resto. Solo. Esta innovación logra colocar la traición en el círculo más íntimo de Jesús y darle a la escena mayor dramatismo).
Bartolomé, en la cabecera derecha respecto de Jesús, se pone de pie e inclina el torso hacia sus compañeros. También quiere escuchar. Al lado, Santiago, el Menor, alcanza la espalda de Pedro extendiendo su brazo por detrás de su compañero Andrés, que mira estuporoso hacia Jesús, con las dos manos abiertas delante del pecho, como defendiéndose de una acusación. Santiago el mayor, a la izquierda de Jesús, tiene el ceño fruncido en señal de enojo y abre los brazos de par en par. Por sobre su brazo derecho, Tomás, tan sólo un perfil, levanta el índice que, días adelante, incrédulo, introducirá, en la heridas de Jesús resucitado. Felipe, de bellísimo rostro, está de pie. Las manos apretadas contra el pecho son una clara señal de su consternación. Mateo, se levanta y se inclina hacia Simón, -sentado en la cabecera izquierda de la mesa-, en tanto sus brazos van hacia Jesús. Judas Tadeo, -quizá la cara del artista- asoma, preocupado, entre medio de los dos.
Este verdadero texto pictórico marcará un antes y un después en la historia del arte y llegará a ser tan sagrado como el tema que aborda. La vida del mural, sin embargo, será una larga historia de supervivencias y adaptaciones. En primer lugar, a las filtraciones de la superficie con que experimentó el artista. (Leonardo no respetó la conocida técnica del fresco en razón de que necesitaba más tiempo para la composición). Más tarde, a las sucesivas restauraciones, a las tropas de Napoleón que allí acamparon, a un corte en la pared que borró los pies de Jesús y de algunos de los discípulos. Por último, a los bombardeos anglo-americanos que en agosto de 1943 asolaron Milán, ocasionando, además del caos y la muerte, la destrucción casi total del refectorio, excepto, de la pared norte. Algunos expertos agregan a esta larga lista, el éxito editorial y cinematográfico del Código Da Vinci.
Milagrosamente, la obra de Leonardo, aunque en un estado de conservación fragmentario y con gran deterioro en su color, sigue en pie. Actualmente, se la ve tal como quedó después de la última restauración que, durante veinte años y con un criterio casi arqueológico, acercó tanto como fue posible, la pintura al original.
La muestra está abierta al público durante todo el año. Las entradas deben anticiparse –se puede hacer en el sitio oficial vía internet- ya que las visitas son sólo de quince minutos y en grupos muy reducidos. Pero bien vale la espera. Quién tenga la dicha de entrar al refectorio, será testigo de esos instantes dramáticos que nos ponen tan sólo a horas de la crucifixión, momento de la vida de Jesús que, más allá de las creencias, será junto con la muerte de Sócrates, piedra angular de la cultura de occidente.

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