24 septiembre 2021

La mano de Dios tuvo un aviso divino

curas* Por Guillermo Blanco.

Como una anunciación divina, indavertida para la aldea global cosmopolita ya que sobrevino e una canchita alejada del mundanal ruido ciudadano, aquel desleal gol con la mano del cura Luis Díaz Varela se adelantó veinte años al de Diego Maradona a los ingleses del 22 de junio de 1986 en el Mundial de México.
Ocurrió un inestable domingo de agosto en ese 1966 durante el cual la dictadura de Onganía clavaba otro puñal en la historia argentina y en la ciudad bonaerense de 9 de Julio se jugaba una nueva fecha del torneo de ascenso de la liga local.
Díaz Varela era un sacerdote español marianista que había llegado al oeste bonarerense para dar clases en el ascendente colegio San Agustín, cuyas autoridades decidieron formar equipos de fútbol para tener una participación más activa dentro de la comunidad. Y, nobleza obliga, su disivión mayor era buena de verdad. Tenía algo de elitista, como aquel Buenos Aires High School que gestó al glorioso Alumni, más un par de hermanos al estilo de los Brown, los Paternó; o de los Moore, los Zabala, uno de los cuales, José Luis, llegaría a a jugar en la primera de Boca.
San Agustín aún no tenía cancha y era local en Once Tigres, cuyo equipo superior había sido dirigido poco tiempo antes por Francisco «Pancho» Varallo, el último en morir entre los protagonistas del primer mundial, jugado en 1930 en Uruguay. El encuentro ante 12 de octubre -áspero por cierto- estaba por concluir con un empate en tres goles cuando casi en la penumbra de la tarde de pronto vino un centro de «Pirulo» Longarini y el centrodelantero, nada menos y nada más que el espigado cura Luis, se tiró en palomita y con los nudillos del puño derecho mandó la pelota sin marca hacia la red de piolines de hilo lonero.
Los chacareros del 12, equipo conformado en su mayoría por jugadores católicos apostólicos romanos, creyeron que el sacerdote reconocería la deslealtad y les reconocería que esa acción había sido un simple chiste de gallegos. Pero ese hombre no era gallego, era catalán, y no era risa. MInga ese hombre ese hombre criado en plena función franquista y que había llegado a incursionar en las inferiores del Real Madrid iba a reconocer lo que el árbitro Claudio Cossú no advirtió en medio de la polvareda en la zona del penal del arco que daba a la calle Salta.
-Perdón, padre, que dude, pero es tanta la protesta de esta gente que necesito escuchar su verdad. Dígame, padre, ¿fue con la mano…?, suplicó el referí ante los compañeros del cura, que con suscamisetas bordó se hacían los boludos, y delante de fornidos campesinos cuyo aliento pampero le soplaba en la nuca.
-Yo no voy a mentir, comenzó a responder el bueno de Luis, hasta entonces famoso en el ámbito escolar solo por algún mamporro con la misma mano pícara a algun alumno díscolo como el Negro Pirez -esa tarde suplente-durante sus clases en el colegio religioso.
-No le voy a mentir, repitió ante el abrupto silencio general. Yo soy sacerdote y no voy a mentir, gritó con el dedo índice de su mano izquierda hacia arriba y el ceño fruncido, mientras los visitantes ya imaginaban la marcha atrás del referí anulando el gol y los locales -al menos algunos-, pensando en lo otario del cura al deschavarse así. Pero fabricó una gambeta mucho mejor que cualquiera que hubiera intentado en su vida de jugador…
-El gol lo hice…, dijo interrumpiendo la frase para mirar a todos como en el momento de suspenso mayor de una obra dramática… lo hice… repitió, mientras la vista volvía hacia el lado opuesto…
-… Lo hice con una parte de mi cuerpo remató remarcando que no agregaría nada más.
Cuatro a tres y a cobrar. El encuentro no terminó por razones obvias y el Tribunal terreno no modificó el resultado a pesar de las dos solicitadas del club 12 de octubre en el diario El 9 de Julio y en El Orden (aunque hubo también una defensa»reglamentaria» del club San Agustín, firmada por su presidente.,el padre del luego multicampeón de automovilismo Guillermo «Yoyo» Maldonado y de su hermano futbolista mayor, «Coto». No fuera que Dios pasara una factura no prevista a los integrantes del cuerpo colegiado.
Al poco tiempo, el antecesor del gol de Maradona a los ingleses fue trasladado a Chile y no se supo de otros mamporros ni goles truchos. Sí se comentó que un buen día don Luis revoleó la sotana, se casó y tuvo hijos. Según contó el «Negro» Pírez, el cura no quiso entrar nunca más a una cancha «por lo mal que se sintió desde entonces». Acaso haya tomado esa decisión en soledad, de rodillas en la capilla del colegio marianista, conversando en silencio cun un árbitro a quien no podía responderle con la misma displicencia que al pobre Cossú, que se había esmerado durante mucho tiempo para ser bueno en su actividad, sin imaginar que alguna vez tendría que transformarse en confesor.

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