5 diciembre 2020

Camino al Bicentenario de la Patria (Primera Parte)

[15 de abril de 2010]

Por el Padre Carlos Mullins (*) (Desde Estados Unidos)

«Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Antonio Machado.

Padre Carlos Mullins.
Padre Carlos Mullins.

Vamos lenta, pero inexorablemente, caminando hacía la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Tal vez alguien piense que la historia de la República Argentina comenzó el viernes 25 de mayo de 1810, a las tres de la tarde, en la sala de cabildo de Buenos Aires. O que nuestra historia se inició en 1516 con la llegada de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata, o con la primera fundación de Buenos Aires, en 1536, por Pedro de Mendoza o con la segunda fundación, en 1580, por Juan de Garay.

Cuando los conquistadores españoles llegaron a nuestras playas, el actual territorio de la República Argentina ya había sido habitado por diferentes poblaciones, cuyos orígenes se esfuman en las sombras de la pre-historia. Conocemos los nombres de las diferentes etnias nativas, cuya ubicación geográfica y su grado de evolución ha llegado hasta nosotros.

Ante la imposibilidad de hacer un recuento exhaustivo de todas las poblaciones autóctonas, se calcula que hubo más de 400 en Sudamérica, vaya esta síntesis de tribus cuyos nombres son algunos familiares y otros menos conocidos. Comencemos nombrando a los «pampas», que le dieron el nombre a la extensa llanura que va desde el Río de la Plata hasta la cordillera de los andes. Los pampas estaban divididos en diversas naciones, desde los «araucanos» o «mapuches» que habitaban en los valles andinos y llegaron a la otra ladera de la cordillera, hasta los «querandíes», que vivían a orillas del Río de la Plata.

Los mapuches fueron diezmados a causa de su tenaz oposición a la dominación española. En la región de Corrientes y misiones encontramos a los «guaraníes» que cultivaban la tierra y producían zapallo, mandioca y maíz, además de la caza y la pesca.

Cerca de ellos, en los bosques chaqueños, estaban los «matacos» y dos «guaucurúes», dedicado también a la caza y la pesca y a una rudimentaria agricultura.

Por las regiones vecinas se extendían los «tobas» o «chanes», menos evolucionados, pero que sabían convertir un tronco de árbol en una frágil embarcación para dedicarse a la pesca en los grandes ríos.

En la vasta meseta patagónica vivían los «tehuelches», menos evolucionados, eran cazadores que utilizaban las pieles de los animales para cubrirse y para techar sus rudimentarias chozas, luego de comer la carne cruda.

En las islas meridionales encontramos a los «onas» y «yaganes», que eran nómadas del mar y fueron hábiles pescadores con arpón, a bordo de ligeras canoas de madera.

En las regiones montañosas del noroeste habitaban los «diaguitas», que vivían en pequeñas aldeas formadas por casas con paredes de piedra. Eran hábiles alfareros, cultivaban la tierra y utilizaban el cobre y la Plata.

Desde el Cuzco, el imperio de los incas se extendió hacia el sur y dominó a los diaguitas a los cuales les impusieron su ritos religiosos y la lengua quichua que se extendió por las valles hasta convertirse en el idioma preponderante.

El paisaje montañoso y solitario inspiró a los diaguitas una poesía y una música espiritual y melancólica que perdura hasta nuestros días. Con la llegada de los conquistadores españoles se va a producir la gestación del «mestizo», que conservará los rasgos de los pueblos nativos y la fisonomía propia del europeo.

De la fusión de ambos nacerá un pueblo nuevo, al que se unirá la corriente africana, que hoy identificamos con el nombre de hispano, latino o iberoamericano.

Esta breve síntesis de los pueblos autóctonos, que son los verdaderos dueños de las tierras conquistadas por los europeos, puede servir como una respuesta válida a quienes pregunten, quienes fueron los primeros pobladores de la actual República Argentina y cuando comenzó su historia?.

En la próxima columna seguiremos el Camino al Bicentenario recordando otra etapa de nuestra historia nacional.

(*) El padre Carlos Alejandro Mullins, nacido el 13 de julio de 1931, fue ordenado sacerdote el 11 de diciembre de 1955. En 1957 cuando fue creada la Diocesis de 9 de Julio, pasó a pertenecer al clero de esta y prestó servicio como vicario cooperador en la Catedral. Si bien continúa incardinado en esta Diócesis, desde hace varios años reside en la Arquidiócesis de Nueva York, desempeñándose actualmente en la parroquia de St. Brigid’s R. C. Church, en el 409 de la calle Linden Street en Brooklyn.

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