20 septiembre 2020

Triduo Pascual: Homilías del Obispo Diocesano

[1º de abril de 2010] Con motivo de celebrarse la Semana Santa, reproducimos de manera textual los mensajes que, durante el Triduo Pascual ha dirigido a su feligresía el obispo de esta Diócesis, monseñor Martín de Elizalde.

HOMILÍA DE MONS. MARTÍN DE ELIZALDE OSB, OBISPO DE SANTO DOMINGO EN NUEVE DE JULIO

EN LA CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS

Iglesia Catedral, Nueve de Julio, 28 de marzo de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra celebración de hoy es, sin duda, una de las más participadas y sentidas por el pueblo cristiano entre todas las que nos propone el año litúrgico. Es el pórtico de la Semana pascual, y al ingresar en el templo, después de haber marchado en procesión con las palmas y los ramos de olivo en nuestras manos, estamos entrando con el espíritu, en el espacio y el tiempo de la liturgia, para participar de la Pasión y Muerte del Salvador. Durante las seis semanas de la Cuaresma hemos acompañado la peregrinación de Israel por el desierto, buscando apartarnos del pecado y renovarnos en el amor y el servicio de Dios, y al mismo tiempo, las lecturas evangélicas de cada domingo nos iban mostrando los signos que realizó Jesús, y que eran manifestación de su misión y de su poder y, paradojalmente, la causa de su persecución y condena. Es el drama de la contradicción que hoy contemplamos, y que es bueno y oportuno que la consideremos también presente en nuestras vidas, como lo hemos realizado en la celebración.

Atravesemos el pórtico. Entramos con Jesús en el templo, que representa a Jerusalén, y que un día como hoy lo aclamó con gozo y poco después lo hizo perecer. Entramos con Él, porque Jerusalén es nuestra meta, no la ciudad terrena sino la celestial, y es el mismo Jesús quien nos presenta e introduce, y nos invita a seguirlo, a tomar su cruz. Él nos invita a ser como Él, que se hizo en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Entramos, porque reconocemos que esta es nuestra morada, que el templo que ahora nos congrega es imagen de la ciudad definitiva, y al entrar, aceptamos permanecer junto al Señor, correr su misma suerte para merecer ser admitidos en el banquete celestial, del cual la Eucaristía es figura y anticipo. Pero al entrar con Jesús estamos sellando nuestro destino, si somos fieles a nuestra vocación. Esta llegada triunfal es, en efecto, el encuentro con la Pasión, cuyo relato descarnado y solemne, a la vez, acabamos de escuchar. Es preciso acompañar a Jesús, pues somos testigos de sus enseñanzas y milagros, y la Pasión es el altar del sacrificio, que en la Resurrección se vuelve para nosotros fuente de vida y ocasión de fiesta.

Entramos en el templo, para celebrar el banquete espiritual, alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre, gracias a la Pasión y Muerte que es el ofrecimiento definitivo para nuestra reconciliación con el Padre. La Pasión es inseparable de la Gloria, el Calvario del altar; el pan y el vino de la Eucaristía nos hacen participar de esa realidad profunda y comprometedora.

Como discípulos de Cristo, lo hemos seguido, como miembros de su Cuerpo nos unimos a Él en el silencio, ya que el silencio es la única actitud que cabe frente a la enormidad del sacrificio. Su generosidad al ofrecerse, su entereza para aceptar la voluntad del Padre, nos sostienen a nosotros, y es así que la liturgia prefigura el curso de nuestra vida. Pidamos que así como estuvimos con Él en esta celebración, podamos acompañarlo siempre, durante toda nuestra existencia, para que la entrada en el templo sea el anticipo eficaz de nuestra admisión en el Reino.

Para muchos hermanos y hermanos que participan en esta celebración, lo importante es seguramente la bendición de los ramos, que se llevarán a sus casas para conservarlos con respeto y veneración. Esos ramos son un signo, y como tal tienen su valor. Pero su importancia procede del misterio que celebramos: esos ramos nos recuerdan, si somos fieles, la alegría de recibir al Señor y la esperanza de encontrarnos junto a Él cuando nos dispongamos a entrar en la Jerusalén eterna. Por eso tenemos que llevar en nuestros corazones los sentimientos de Cristo, adhiriéndonos a sus enseñanzas, conservando la fe y practicando los buenas obras, acudiendo a su encuentro en la celebración de la Eucaristía dominical y en la escucha de la Palabra, proclamada y explicada.

Estamos reunidos hoy, en este domingo solemne que nos introduce en la Semana pascual. No puede ser el único día de nuestra participación en la liturgia, pues las demás fechas, Jueves y Viernes Santo, y la espléndida Vigilia pascual, tan ricas de significado, completan y afirman la gracia que contemplamos en la celebración de hoy. Junto a nosotros, discreta, silenciosa, se encuentra la Madre de Jesús. María Santísima es el modelo de todo creyente, dispuesta a seguir y acompañar a su Hijo, sin queja ni lamento, con generosidad y desprendimiento; ella nos sostiene en la confianza de la alegría del encuentro final.

HOMILÍA DE MONS. MARTÍN DE ELIZALDE OSB, OBISPO DE SANTO DOMINGO EN NUEVE DE JULIO

EN LA CELEBRACIÓN DEL JUEVES SANTO

Iglesia Catedral, Nueve de Julio, 1 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

En la unidad de la Iglesia toda, celebramos hoy la institución de la Eucaristía, que es el memorial siempre presente del sacrificio de Cristo. Misterio de fe, aclamamos en cada celebración, después de la Consagración. Misterio de amor, debemos decir igualmente, cada vez que nos encontramos participando de tan grande gesto, gesto realizado por Jesús, el Hijo de Dios, en beneficio nuestro, y al que ha querido asociarnos por el sacerdocio bautismal. El Señor nos invita a hacer nuestro su mismo sacrificio. El Señor se ofrece por nosotros, para darnos la filiación divina, para incorporarnos a la Iglesia, y junto con Él ser también ofrenda viva y pura de santidad, por nuestros hermanos y por el mundo entero, completando así su obra redentora. La Eucaristía, cuya institución recordamos y celebramos en este día tan especial, es la ocasión siempre renovada de nuestro encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, para recibir de Él y para ofrecer con Él por la salvación del mundo.

Participar en la Eucaristía, el fruto del sacrificio y el alimento y la bebida espirituales, se da por medio del sacerdocio. Quiso Jesús, antes de morir, que sus discípulos, a quienes enviaría como misioneros de su mensaje y fundamento de su Iglesia, recibieran primero su Cuerpo y su Sangre en la Cena que compartía con ellos, y escucharan el mandato solemne: “Hagan esto en memoria mía”. Por la celebración de esta Cena pascual y la entrega del alimento que no perece, está motivada la destinación exclusiva de aquellos que el Señor elige para que sean sus sacerdotes, portadores de su gracia y ministros de su sacrificio para la vida del mundo. Nos reunimos para celebrar la Eucaristía que nos establece en la comunión con el Resucitado, porque hemos recibido en la Iglesia el sacerdocio de Jesucristo. La humanidad redimida, la que puede congregarse en torno del altar, la que, a veces desde la distancia solo puede participar con la fe y con el deseo, también aquellos hermanos nuestros que no están todavía plenamente integrados en la vida de la Iglesia, pero aspiran por llegar al centro de la unidad, idealmente reunida se fortalece y se forma en el misterio eucarístico, en la gran asamblea de la fe, la esperanza y el amor. Sin el sacerdocio que el mismo Señor instituyó, confiando a los apóstoles la continuación de su obra como fundamentos de su Iglesia, careceríamos de la gracia del encuentro espiritual con Él y del anticipo en la comunión que nos introduce ya en la vida de la eternidad. La sucesión apostólica, que se prolonga en los obispos, sostiene los vínculos de la caridad y de la verdad, asegura el pastoreo del Pueblo santo de Dios y nos procura la asistencia de los sacerdotes y demás ministros que están presentes en las comunidades y al servicio de ellas, especialmente por la celebración eucarística.

El Papa Benito XVI ha propuesto este año como un Año sacerdotal, para que los presbíteros se renovaran en la santidad de vida que debe siempre acompañar el ejercicio del ministerio al que fueron llamados, y para cumplir con más dedicación sus deberes para con los hermanos y ayudar espiritualmente a aquellos a los que han sido enviados. El Pontífice invita a los sacerdotes a hacer más generosa su entrega, más solícito su servicio a los fieles, más firmemente orientado hacia los objetivos y las cualidades esenciales de su ministerio, que es el anuncio del Padre de Nuestro Señor Jesucristo por la mediación de este y por la comunión del Espíritu Santo. Nos han conmovido recientemente las noticias de tristes acontecimientos de infidelidad y de pecados cometidos por quienes estaban llamados de una manera especial a la santidad y al testimonio de discípulos verdaderos de Jesús. Frente a las faltas cometidas, con el dolor por ellas, corresponde que como miembros de la Iglesia nos unamos en un espíritu sincero de conversión, para fundamentar con mayor profundidad esa calidad de vida espiritual y de dedicación apostólica que se espera de los sacerdotes y que es la respuesta debida a la elección divina y a la misión confiada a ellos. A lo largo de los meses transcurridos – desde junio de 2009, para concluir en la próxima solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – los presbíteros hemos rezado y reflexionado, así como hemos revisado el espíritu y el estilo de nuestro sacerdocio. Nos hemos encomendado a la oración de los fieles, y ellos nos han acompañado con solicitud y afecto, y siguen haciéndolo, pidiendo por sus ministros y por quienes se preparan para la ordenación y por el surgimiento de santas vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. Al agradecerles su cercanía y su colaboración, que es de todos los tiempos, les ruego que consideren con los ojos de la fe y con una disposición inteligente y abierta su propia tarea como laicos y su manera de estar junto a nosotros, asumiendo el lugar que les corresponde en la Iglesia. Los bautizados están llamados a ejercer su sacerdocio universal, que es el ofrecimiento a Dios de su vida y obras, en unión con la entrega misericordiosa de Cristo, sostenidos por la participación en la Eucaristía.

Este Jueves Santo nos da la oportunidad de valorar el sacerdocio que nos legó el Maestro, y hacerlo desde la participación en la Eucaristía. Ella da sentido y sostén a la vida cristiana, y lo hace con el ministerio de los sacerdotes:

Nos reunimos junto al altar, especialmente cada domingo, el día del Señor, para honrar a Dios, darle gracias y comprometer nuestra vida, unidos al sacrificio de su Hijo Jesucristo

Para alimentarnos, nosotros peregrinos, con el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Proclamar la fe y alentarnos en la práctica de las buenas obras, atentos a la predicación y la catequesis

Testimoniar la caridad pastoral en la atención de todos los hermanos, especialmente los pobres, enfermos, ancianos y niños

Hacer la siembra en las familias y en la sociedad de las semillas de la fe y la transmisión de la doctrina de salvación

Acompañar a los hombres y mujeres, invitándolos a ser fieles y asiduos en la práctica de los sacramentos, para que se realice en ellos la llegada del Reino que esperamos

Estas tareas, así como todas las demás que podríamos agregar en la enumeración, proceden de la Eucaristía, donde se nos da la Vida divina, y conducen a la Eucaristía, donde hallarán su pleno sentido.

El lavado de los pies, que es otra nota característica de nuestra celebración de hoy, es un ejemplo elocuente, legado por el mismo Jesús, y que deseamos imitar, al recordarlo aquí. Jesús se muestra humilde, al lavar los pies a sus discípulos, y ellos se entregan con obediencia sencilla aceptando que Jesús cumpla el gesto. Es humilde la Iglesia, que quiere aliviar la pena y las fatigas de los hombres, haciéndose cargo con este gesto solidario de su camino de búsqueda. Son dóciles y amigos los hombres de todos los tiempos y lugares que aceptan ser tocados por la mano de la Iglesia que llega hasta ellos. El lavado de los pies nos ilustra sobre el espíritu con que celebramos – como Jesús – y sobre la conciencia con que llevamos este encargo – como una propuesta de servicio y compasión. La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia, la culminación de la iniciación cristiana y por eso a partir de ella se edifica y fortalece la fe, se consolida la esperanza, se expande la caridad. El lavatorio de pies nos invita a realizar en la práctica eclesial y sacramental, en la vida apostólica, en toda acción social incluso, que es propiamente humana, el llamado de Jesús a ser humildes, abiertos, generosos, dispuestos a recibir a todos y a salir en busca de todos, como nos lo enseña su ejemplo lavando los pies a sus discípulos.

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