25 noviembre 2020

Docentes y padres

* Por Marta Bettoli.

Se ha hecho referencia a que la anulación de tabúes del lenguaje sexual es un requisito imprescindible para una labor eficaz. El tabú del lenguaje es de una magnitud similar a las actitudes.
De ahí, la necesidad de que los niños/as aprendan sexualidad en un lenguaje adecuado, con un vocabulario correcto dada la carga emocional y el estigma social que la impregna. Si queremos que respeten, quieran y cuiden su cuerpo, deben hacerlo a través de un lenguaje hecho de expresiones respetuosas y sanas sin connotaciones de ningún tipo.
Sin embargo nos enfrentamos a un problema complejo y dificultoso dadas la actitudes socio – históricas ante el fenómeno sexual que han pretendido, intencionadamente, dotar de un lenguaje grosero y sucio de la sexualidad. Este lenguaje tiene una carga erótica sumamente importante. Hemos aprendido sexualidad en un lenguaje distorsionado y casi pervertido. Muchas de las fantasías de los adultos tienen ese componente.
De ahí que pueda hablarse de un lenguaje científico (el pene), otro popular (el pito) otro simbólico (la serpiente diabólica) y uno más prejuicioso (las partes). Si multiplicamos cada uno de estos términos más frecuentes, el resultado es un maremágnum desproporcionado.
Pero es necesario comenzar a desmitificar, a sustituir los términos incorrectos por otros más adecuados, siguiendo un criterio más objetivo. A la nariz, se la denomina generalmente nariz aunque existen lógicamente otras acepciones. La desmitificación y desculpabilización del cuerpo y de la sexualidad humana, comienza por la utilización de un lenguaje exento de culpa y de connotaciones no sexuales. No podemos pretender valorar nuestro cuerpo o aceptar determinadas partes del mismo, con un lenguaje absurdo lleno de contenidos perniciosos y a veces nefastos.
Cuanto antes comience este aprendizaje, antes se evitará su corrección y se posibilitará una nueva visión, en la que estarán ausentes o al menos disminuidos, la frecuencia de problemas relacionadas con esta cuestión.
Los niños/as, realidad incuestionable, aprenden a partir de lo que observan en su entorno, particularmente en sus progenitores. Imitan lo que ven, especialmente los roles paternos con los que se identifican.
La sexualidad, nuestra sexualidad, es lo que nosotros somos, la expresión de nuestra relación con nosotros mismos y los demás. Incluso a algunos padres se les ha sugerido que recuperen lo perdido, que hagan lo posible por limar esos obstáculos. Sus hijos, se lo agradecerán.
Un vocabulario adecuado y objetivo permite hablar más y mejor de sexualidad. Pero deberemos tener en cuenta lo que cada uno entienda por una palabra vulgar o no. Probablemente lo que va a determinar un uso correcto o incorrecto, es la intención y su utilización en un contexto concreto.
Para Lecoq, las palabras “no son nunca vulgares, sino a veces los que las pronuncian y, con frecuencia, los que escandalizan”.
En esta misma línea, Soifer es partidaria de utilizar palabras simples y directas, las que usan habitualmente los niños/as, no términos técnicos, ya que al hacerlo de esa manera se consigue “comunicarle prejuicios, ocultamientos y tabúes perniciosos”; señalando más adelante que “se puede utilizar una mesurada pulcritud en el lenguaje de niños/as, mientras se delata toda una correcta perversión oculta en la disimulada caricia pseudopaternalista y cargada de lucidez. Por último es partidaria de utilizar el lenguaje popular ya que, “nuestro pueblo habla así y el niño/a se irá formando dentro de una cultura en particular. Alejarlos de ella es alejarlo de la realidad”
El criterio más adecuado debiera ser la utilización del lenguaje técnico, asegurándonos de que se comprende, teniendo en consideración las diversas acepciones que el niño/a está encuentra en la calle. Ambos son inseparables. Es preciso que el educando conozca todos los términos aunque subrayemos el más objetivo. Por otra parte, si en el hogar el niño/a está acostumbrado a un lenguaje familiar, no conviene cambiarlo radicalmente, sustituyéndolo por otro más técnico, sino de una manera gradual.
No debemos tener temor de que el niño/a se asuste al oír determinadas palabras. Si ello sucediera, no sería más que la sorpresa de oír “napia” en vez de “nariz”, siguiendo con el ejemplo anterior. Si hacemos gestos particulares o con nuestra actitud añadimos connotaciones, no debemos extrañarnos que el chico/a se impregne de ella y, al pronunciarlas, las repita.
Algunos educadores utilizan métodos complementarios, tales como el utilizar libros adecuados a la edad del niño/a en los que aparecen dibujos o fotografías con un lenguaje específico.
Como técnica auxiliar puede ser útil, lo que sucede es que los libros sobre educación sexual para niños/as, en su mayoría, dejan mucho que desear en su concepción de la sexualidad. Pero bien, lo importante es tener en cuenta, como señala C. Lejeune, que “la imagen secunda a la palabra, no la sustituye”.

* Marta Bettoli, oriunda de 9 de Julio, es Profesora en Ciencias Biológicas (U. N. L. P.) – Orientadora en Educación Sexual C. E. T. I .S)

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