17 abril 2021

«… al dar mi último aliento, moriremos a un tiempo… mi bandoneón y yo».

* Nacido en 9 de Julio, descubrió su vocación musical siendo casi un niño.
* Sus primeros estudios de bandoneón los cursó con el profesor Víctor Frustacci, quien lo acercó a los principales elementos de la técnica instrumental.
* Durante su permanencia en esta comunidad integró algunas orquestas de su tiempo hasta que se radicó en la ciudad de Buenos Aires, donde cursó la carrera de abogacía.
* De la mano del eximio bandoneonista Julio Hasse volvió a redescubrir su vocación por la música.
* Integró, por espacio de tres años, la orquesta de la Academia Nacional del Tango, ocupando la línea del primer bandoneón.
* Su carrera en el arte puede ser tenida como ejemplo por las generaciones jóvenes

Esta nota tiene, sin dudas, en su habitual composición, una estructura diferente respecto de la que solemos brindarle. En razón que, acerca de la trayectoria de Roberto Rossi, nos ocupáramos hace un tiempo atrás, en esta misma sección, hemos querido hoy enfocar exclusivamente su vocación por la música.
Aunque radicado en la ciudad de Buenos Aires, Rossi es un nuevejuliense de ley. Aquí nació, el 7 de noviembre de 1942, en el hogar formado por María Cura (hermana del famoso “Turco”, que marcó una época en el Club San Martín) y Pedro Antonio Rossi. Vivió primero en la zona rural, en la localidad de Dennehy, en cuya escuela primaria cursó los primeros estudios. Con el tiempo, ya afincado en esta ciudad, completó su formación e ingresó como empleado en la recordada Casa Llorente.
El destino lo llevó lejos de su 9 de Julio. En Buenos Aires cursó la carrera de Abogacía en la Universidad de Buenos Aires, donde se graduó.
Su vocación por la música le ha permitido incursionar en un ámbito excepcional, donde día a día encuentra un motivo de satisfacción interior; esa luz, el sobrecogedor resplandor que el músico redescubre en el arte.
En Roberto Rossi se amalgama de manera propia, aquello que reflejan Rubén Juárez y Julio Martín, en la letra memorable de «Mi bandoneón y yo»:

A veces se me hace que nació conmigo
y durmió en mi cuna pegao a mis pies.
Que fue mi juguete y mi perro de pibe
y toda la infancia la corrí con él.
Que anduvimos juntos, atorro y milonga,
desde mi bohemia, cigarro y café.
Y a veces rodamos maneaos por el suelo
y nos levantamos con la misma fe.

Mi bandoneón y yo crecimos juntos,
emparentaos, tal vez, por la pobreza…
Muchas veces reímos de alegría
y otras veces, lloramos de tristeza.
Yo le hablo de hombre a fueye, mano a mano.
Lo mismo que si hablara con la vieja.
Y cuando él me responde, se me antoja
que Buenos Aires mismo me contesta.

Sí, hermano, como siempre
con vos hasta que muera…

Si yo a mi bandoneón lo llevo puesto
como un cacho de tango entre las venas.
Y está de Dios que al dar mi último aliento,
moriremos a un tiempo… mi bandoneón y yo.

En estos días, aprovechando sus vacaciones, ha viajado a 9 de Julio con la intención de organizar un trío de tango, una excelente iniciativa que ha encontrado acogida en otros dos músicos nuevejulienses.

SU VOCACION
– ¿Cómo fueron sus primeros pasos en la música, como bandoneo-nista?.
– Comencé a estudiar el bandoneón con don Víctor Frustacci, en 9 de Julio. Con él aprendí lo esencial en la técnica del instrumento.
Más tarde, en ese ímpetu propio de los jóvenes, comencé a tocar solo. Con el tiempo, a través de un amigo, supe que en una orquesta que se encontraba en formación, necesitaban un bandoneón. Héctor Mambelli (piano), Tito Bianchi (voz), Fitín Barreau (violín), Nepo-muceno Rivadavia (violín), Aldo Zunino (bandoneón) y José Doga (contrabajo) la mayoría de ellos provenientes del conjunto «Los zorros grises» se habían reunido para formar una nueva orquesta de tango.
En seguida me tomaron una prueba y, con gran paciencia, decidieron prepararme a mí. Mambelli, el mentor de la orquesta, era profesor de piano y en esa época estaba culminando sus estudios secundarios.

– ¿Con esa orquesta fue su debut?
– Sí. Estudiando mucho preparamos un buen repertorio. El debut de la orquesta fue en un baile realizado en un club de la localidad de Timote, localidad del partido de Carlos Tejedor.
En mi caso era la primera vez que tocaba frente al público, tenía apenas dieciséis años.
Poco después, en ocasión de los Carnavales, nos contrató el Club «El Fortín». Con el correr del tiempo, la orquesta se fue afianzando y se recibieron invitaciones de muchos otros lugares; al mismo tiempo se iba enriqueciendo repertorio.
Cuando Mambelli decidió, con su familia, radicarse en la ciudad de La Plata, la orquesta se desmembró.

– Pero el horizonte de abrió hacia otros conjuntos…
– En efecto. Durante un tiempo nos integramos a la Orquesta Típica Fénix, dirigida por Atilio Giannoni.
Más tarde, los músicos que conformamos la orquesta de Mambelli, se nos ocurrió volver a organizarnos. Necesitamos contar con un pianista y, así fue cuando se incorporó Armando Montalbano, que provenía de la orquesta de Castearena. De esta manera nació la Orquesta Típica Boedo, que estaba integrada por Tito Bianchi, Edgar Utello y Rubén Lombardo, Zu-nino, Rivadavia y Montalbano.
Por aquellos años tocábamos en la confitería «Alhambra» y en los bailes del Club Atlético «9 de Julio», entre otros lugares.
Después de un tiempo conformamos «Los Caballeros del Tango», que tuvo una duración más efímera. Puede decirse que, en esos años posteriores, las orquestas se armaban cuando comenzaba el Carnaval y luego dejaban de funcionar.

BUENOS AIRES Y EL REENCUENTRO CON LA MUSICA

– ¿Cómo llegó a vincularse con el eximio bandoneonista Julián Hasse?
– Cuando me radiqué en la ciudad de Buenos Aires para comenzar los estudios universitarios, dejé de tocar. Si bien, siempre he sido un gustador del tango, los estudios y el trabajo -en ese momento trabajaba en la Dirección de Vialidad Nacional- me mantuvieron un poco distanciado del bandoneón.
Con los años, cuando pude organizarme con las demás actividades, me decidí a volver al primer amor del bandoneón. Sentí necesidad de volver a tocar aquellas piezas, por un gusto personal.
A partir de la publicación de unos solos de bandoneón que él había efectuado, supe de su trabajo. Justamente él vivía en Palermo, cerca de mi casa.
Hasse además de ser profesor de bandoneón, pianista y guitarrista, era el arreglador de la orquesta de la Academia Nacional del Tango, había tocado en la orquesta de Rodolfo Mederos y, durante cuatro o cinco años, se había formado en los Estados Unidos.
Luego de una entrevista previa. A partir de entonces quedé embelesado con la técnica de este maestro y comencé a tomar clases con él.
El entusiasmo creció a partir de este hecho, al conocer las diferentes posibilidades que ofrece este instrumento, que es algo así como un órgano en miniatura.

– Eso abrió camino para su incorporación en la orquesta de la Academia Nacional del Tango…
– En cierta oportunidad, Hasse me invitó a participar de las prácticas que realizaba la orquesta de la Academia Nacional del Tango, que se reúne en los altos del Café Tortoni, en la Avenida de Mayo. Se me incorporó, primero, en la tercera voz de los bandoneones, luego pasé a la segunda y, más tarde, a la primera.
Fue maravillosa y emocionante la experiencia de tocar en esa orquesta, en ese ámbito privilegiado. En cada una de las interpretaciones, al finalizar, el público nos regalaba una ovación; para un músico, eso es cautivante.
Tres años después, Hasse contrajo matrimonio con una estadounidense y se radicó en Carolina del Norte, pues tenía un ofrecimiento muy importante en la Universidad. Si bien se encuentra fuera del país, seguimos manteniendo una comunicación fluida.

– Ahora, ha regresado a 9 de Julio con la iniciativa de conformar un trío. ¿Ha encontrado acogida en los músicos nuevejulienses?
– Efectivamente, con Armando y Leonardo Montalbano, en piano y contrabajo, respectivamente, estamos trabajando en la conformación de un trío. También, con algunos músicos de la ciudad de Buenos Aires estamos en tratativas para otro trío.
Julián Hasse ha efectuado los arreglos de veinticinco piezas para el trío; comprendiendo un rico repertorio, conformado por memorables obras, entre las que pueden citarse «Canaro en París», Milongeando en el ’40″, «¡Qué noche!», «A media luz», la milonga «Taquito militar», «Cuartito azul», una suite de Astor Piazzola con cuatro o cinco temas, una selección de los mejores temas de Julio Decaro, entre varios más. Por supuesto, este repertorio sería el comienzo del trío, pues con el tiempo se van agregando otras piezas.

EL BANDONEON, UN INSTRUMENTO CAUTIVANTE

– El bandoneón es un instrumento sumamente versátil. ¿Le permite colmar sus anhelos artísticos ?
– Por supuesto. Tocar el bandoneón constituye un gran desafío, porque posee una gran complejidad técnica. Abriendo o cerrando el fuelle el sonido es diferente, apenas cuatro o cinco notas se tocan de la misma manera. Asimismo, también es distinta la disposición de los dedos.
Existen 140 tonos diferentes en el bandoneón, los cuales deben ser conocidos por el ejecutante. A diferencia de otros instrumentos, no se pueden mirar los botones, que son treinta y tres de un lado y treinta y ocho del otro. El músico debe disponerlos al tacto.
El estudio de este instrumento demanda al menos cuatro horas diarias con un ideal de seis horas, tres a la mañana y tres a la tarde.
A quien le gusta la ejecución de este instrumento, el apasionamiento es muy grande. Uno comienza a tocar y puede hacerlo durante horas sin que sienta la necesidad de dejarlo.
El bandoneón tiene un influjo especial.

– ¿Qué lugar ocupa la música en su vida?
– La música y el bandoneón en mi vida ocupan un lugar importantísimo. Después de trabajar, cuando llego a mi casa, no dudo en recluirme en el cuarto donde ensayo para ponerme a tocar. Lo mismo los sábados y domingos.
Con el bandoneón, todos los días se descubre algo nuevo, un nuevo sonido, una nueva tesitura, una nueva forma.

PALABRAS FINALES

Roberto Rossi ha cultivado también otras facetas interesantes, como lo es el estudio del pasado histórico argentino. Pero sin duda, este será tema de una próxima entrevista.
En la nota de hoy hemos querido rescatar su dimensión como músico de gran vocación, en cuyos ojos se observa el fulgor de aquel que lo ha encontrado todo en ese fuelle que, por su magia, parece de naturaleza divina.

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