6 diciembre 2021

Juliana Masón. Corazón de artista

* Artista de fina sensibilidad y talento innato, ha incursionado de manera brillante tanto en la música como en el arte pictórico.
* Con apenas cuatro años advirtió su amor a la música, un hermoso legado familiar.
* Más tarde descubrió en la pintura un espacio de crecimiento, creando obras de significativo valor cultural.
* Días pasados realizó una presentación, en concierto, en la cual demostró su talento, la belleza de su voz y un natural dominio sobre el piano.

El domingo 13 de enero, tuvo lugar la realización del denominado “Concierto Inesperado”, dirigido por Emilio Di Nesta. En esa ocasión, la centralidad en su desarrollo estuvo enmarcada por las ejecuciones en piano.
Juliana Masón, cautivó al público que, sobrecogido y, por que no, gratamente sorprendido por la excelencia con que la artista tocaba el centenario piano de cola del Salón Blanco, desbordó en sostenidos aplausos.
Era la primera vez que Juliana se presentaba, como pianista, ante el público nuevejuliense. Y, tal como pudieron expresarlo quienes tuvieron la feliz oportunidad de asistir a la velada, lo hizo de manera magistral.
Nacida en 9 de Julio, 19 de diciembre de 1976, fueron sus padres, Domingo Angel Masón y Griselda Mabel Crosa. Su infancia, adolescencia y primera juventud transcurrió en la avenida Mitre y Agustín Alvarez, el barrio donde vivió durante treinta y tres años.
Juliana es la menor de tres hermanos, Jorge Luis y Carlos Alberto,
Sus primeros estudios, luego de asistir un año de nivel inicial al Jardín de Infantes Nº 901, los cursó en la Escuela Nº 4. Por esos días, especialmente cuando cursaba séptimo grado, tuvo ocasión de hallar una notable pieza literaria que le ayudó a abrir su mente al pensamiento crítico: “Rebelión en la granja”, de George Orweil.
La formación en el nivel medio la completó, los cinco años, el Colegio Marianista «San Agustín». Por esos años, recibió el influjo pedagógico de un excepcional docente, un profesor en el más amplio sentido de la expresión, Calixto Menoyo.
“Tener a Menoyo como profesor en la escuela secundaria fue lo que mejor pudo pasarme en esa etapa y, ciertamente, una de las mejores cosas que me sucedieron en la vida. Jamás volví a ver a un docente enseñar de la manera con que lo hacía. El entraba al aula e imponía un respeto absoluto”, recuerda.
“Tenía –comenta Juliana acerca de su antiguo profesor- la sabiduría de poder trasladar el conocimiento a lo concreto de la vida. Su didáctica en el aula también era muy particular, era único. Dictaba clases sin utilizar el libro, tomaba notas en el pizarrón y los alumnos usábamos un cuadernillo”.
Menoyo, en aquellos años, tenía a su cargo las materias de Literatura, Raíces griegas y latinas, Historia y Geografía.

VOCACION POR LA MUSICA
Puede decirse que, en Juliana, la vocación por la música es ante todo un precioso legado trasmitido por sus mayores. Si bien, a lo largo de los años ha perfeccionado su estilo y cultivado este arte a partir de diferentes expresiones, en las raíces familiares se encuentra la médula de su esencia como músico: su madre fue una excepcional pianista y su tío abuelo, Manuel Insua, un coreauta de alma y fundador del Coro Polifónico “Ciudad de 9 de Julio”.
En la pasión con que su madre tocaba el piano, en el amor que ella profesaba hacia la música, Juliana pudo encontrar el primer resplandor de ese fuego abrazador que es el llamado hacia una vocación.
El sueño de su madre era poder dictar clases de música en la Escuela. Aún siendo maestra, titular de grado y poseyendo el título de profesora de Piano recibida en un prestigioso conservatorio, no le fue posible dar clases de especialidad.
Sus hermanos también abarcaron con vocación este arte. Incluso formaron una banda, muy conocida en su época, que también era integrada por el recordado Martín Callegaro.
Juliana tenía apenas cuatro años cuando comenzó a ejecutar las primeras notas en el piano. Mientras observaba cuando su madre daba clase, aprendía los primeros rudimentos en la música, pero su práctica en soledad.
Entre los estilos que más llegan a su alma se encuentran la música clásica y música de autores extranjeros; tan variados y distintos como el canto gregoriano, con sus particulares matices y hasta la lírica combinada con el rock, un estilo que en nuestro días encuentra su espacio y una estética en el universo artístico.
Juliana también se emociona con la riqueza de las canciones patrias, con la belleza de esas melodías que, aún a pesar de los años, siguen conmoviendo.
A lo largo de los años, en su piano, ha creado hermosas melodía, que fluyeron de la improvisación y de una conjunción de estilos. Cada una de sus ejecuciones, aún tratándose de la misma pieza, tiene una connotación completamente diferente.
Juliana dota a sus ejecuciones de un riqueza expresiva única, logrando cautivar al auditorio por la riqueza de sus cambios tonales, de la incorporación de tonalidades y de sus improvisaciones.

SUS PRESENTACIONES
Su primera presentación en público, ejecutando el piano, fue en la ciudad de Punta del Éste. Contaba veinticuatro años y se encontraba acompañando a su esposo, Gabriel, en una gira fotográfica en Uruguay.
Hace un par de años, Juliana junto a su familia se mudó a un nuevo domicilio, en un punto de la ciudad de casi diametralmente opuesto. La distancia la llevó a alejarse de su viejo piano, que por sus condiciones estructurales no puede ser trasladado del lugar. En consecuencia, queriendo orientar nuevamente su interés por la música, el año pasado comenzó a tomar clases de canto con Amalia, una profesora oriunda de la ciudad de Pehuajó y, más tarde, con “Toto” Arcucci.
Arcucci la incentivó para que se incorpore al grupo que dirige Emilio Di Nesta, con un estilo más afín a sus intereses artísticos. Siguiendo este consejo y vinculada con Di Nesta, logró un ámbito de perfeccionamiento y de crecimiento interior muy significativo.
Bajo la dirección de Di Nesta, en diciembre del 2011, Juliana integró el elenco de la obra musical «El amor nunca muere”, recreando la historia de Drácula.
En septiembre de 2012, también de la mano de Di Nesta, volvió a formar parte de otro musical: «Música en la Noche». En esta oportunidad, lo hizo acompañada por Lucía Cantero, Maricel Acuña, Mariel Neira, Daira Aita, Paula Salazar, Marianela Scuderi y Luz Garabano.
Días pasados, como se dijo al comienzo de esta semblanza, el 13 de enero último, Juliana efectuó su estelar presentación ante el público nuevejuliense.

LA PINTURA, UN REFLEJO DE SU ESENCIA
Las obras pictóricas de Juliana Masón, para quienes han tenido el privilegio de observarlas, constituyen una totalidad creadora, en la cual convergen, de manera admirable, talento, espíritu y una especial valoración de la belleza.
Su formación en las artes plásticas la comenzó en el Conservatorio Albistur que, por entonces, dirigía Isabel Torres, siendo pequeña aún. Más tarde, prosiguió por espacio de alrededor de dos años en el atelier de Lucía Carná.
Juliana también ha frecuentando el taller de Paula Gallego.
Con el devenir del tiempo, de las experiencias por las cuales debió atravesar, la pintura fue ocupando un lugar gravitante en su vida.
Así, pues, surgieron de su pincel magníficos paisajes, temáticas vinculadas con la naturaleza y los animales y retratos, entre otros.
Los soportes escogidos, las técnicas pictóricas y los materiales empleados fueron variando a lo largo de su prolongado derrotero.
Ha pintado con óleo y con acuarela.
“Me gustan las acuarelas –comenta- porque no permiten corregir el ‘error’, y no te da ningún margen de error para que alguna pincelada se escape. En cambio, el óleo tarda más tiempo en secar. He tenido la posibilidad de pintar en óleo. Es hermoso, pero, con el correr de los años tiende a envejecer, dando la sensación de que la obra comienza a marchitarse muy rápido…”.
Cuando residió en Punta del Este realizó unas exquisitas obras de arte en miniatura. Tomando como base un conjunto de caracolas recogidas en la playa cercana, efectuó pinturas en miniaturas. Desde una escena campestre, o de un paisaje aldeano, hasta un motivo o una idea vinculado a la existencia.
La artista tuvo la generosidad de obsequiar al autor de esta nota con uno de esos bellos caracoles, en el cual se recrea el amanecer en un visible paisaje de primavera. Varias veces, mientras escribe esta nota, lo ha observado incluso valiéndose de una lupa. ¡Cuanta belleza en la pequeñez de esta pieza!. Como inspirado en un estilo barroco, parece tener al mismo tiempo los rasgos del paisaje natural de Constable, con esa particular luminosidad en la atmósfera que parece querer mutar por el efecto de una luz –la del sol que nace en un horizonte lejano- que parece cargar la totalidad con innumerables matices.
Su obra, “La Bújula”, que se reproduce en esta página, permite dar una idea mucho más acabada aún del talento de esta artista.
Juliana es un artista que posee una gran memoria fotográfica al concebir mentalmente su obra. Antes de pintar un cuadro ya lo ha elaborado en detalle en su mente, después de haber retrasado la línea básica, en su pensamiento las formas del cuadro, no solamente un bosquejo inicial sino también la multiplicidad de colores, han cobrado vida.

LOS MANDALAS
En los últimos años, comenzó a sentir especial interés por pintar mandalas. En rigor, su encuentro con estos diagramas o representaciones esquemáticas, tiene su génesis mucho antes.
“Mi interés por mandalas –explica- surgió alrededor del año 2001, en Uruguay, donde residíamos con Gabriel y nuestra hija mayor Mili, que entonces era pequeña. Allí vivimos durante tres meses, primero en Punta Ballena y, más tarde, en Punta del Este”.
En uno de esos días se realizó una exposición de Carlos Páez Vilaró en homenaje a Picasso. Juliana tuvo ocasión de acompañar a su esposo, Gabriel, quien tenía que tomar fotografías de ese evento.
“Me cautivó la simpleza con que Páez Vilaró ha podido llegar a tanta gente, con la singular energía que ha puesto en cada una de las cosas; pero, lo más importante fue que, en aquel lugar, me encontré con una de las obras de su hija, Agó: un mandala gigante que abarcaba toda una pared”, rememora.
Precisamente, Agó Páez Vilaró es una artista especializada en mandalas. Tanto así que en sus conferencias recurrentemente habla acerca de los mandalas, recomendando su práctica para alcanzar el bienestar a través del arte.
Juliana ha pintado el año pasado un fascinante mandala, sobre un plano en madera de 80 por 60 centímetros, con base de látex blanco y acrílico.
“Cada día de mi vida, cuando me levanto y lo observo, lo veo distinto. Al mismo tiempo, cada persona que lo ve, siempre rescata una óptica diferente, un detalle distinto, una explicación siempre singular. De todos quienes vieron el mandala, ninguno manifestó una interpretación igual”, dice.
En el mismo sentido, Juliana precisa que, “dependiendo de la cultura a que pertenezca su autor, los mandalas pueden ser muy diferentes. Hay quienes les incorporan iconos emblemáticos, imágenes de sus dioses o vinculadas a sus creencias; sin embargo, otros prefieren simplemente colocarles simetrías”.
“Los mandarlas, en la actualidad, también se están utilizando mucho en los niños, para que ellos los coloreen. Pienso que la parte más linda del mandala es hacerlo, porque en la búsqueda de la simetría en el dibujo, el niño ponen en ejercicio su motricidad fina”, describe.
Ahora, Juliana, trabaja en la elaboración de un nuevo mandala, esta vez de mayor tamaño. Ya ha efectuado los primeros trazos sobre la madera que servirá como soporte para la obra. Puede decirse que, el mandala, en toda su dimensión expresiva, ya se encuentra concluido en la mente de la artista. Ahora, solo resta el paso que consiste en materializarlo, llevar lo que ya habita en potencia al acto creador.

LA FOTOGRAFIA
Desde la cercanía con la fotografía, a partir de la profesión de su esposo, Juliana Masón descubrió otra expresión artística que la ha prendado. En el arte fotográfico encuentra el recurso, según sus propias palabras, para “capturar el momento que pasa instantáneamente”.
Sus fotografías, algunas de las cuales pueden observarse en el espacio virtual, son de un grandioso valor estético.
Desde la captura de un colibrí que se ha posado sobre una flor hasta la apertura de la lente frente a un estudiado paisaje, sus fotos parecen buscar lo trascendente y, en ello, la belleza. Su cámara parece apuntar a aquello que es revelador de su propia esencia, eludiendo las generalidades.

LA MUSICA, LA PINTURA Y LA POETICA COMO REFUGIO
Cuando contaba quince años, Juliana, sufre un duro golpe, la pérdida de su padre. Esta difícil situación le impulso a hallar refugio en la música. Cinco años más tarde le tocó hacer frente a una segunda gran fractura interior, frente a la muerte de su mamá.
A partir de entonces, de esas difíciles circunstancias, Juliana, comenzó a vivenciar la cotidianeidad de otra manera, poniendo énfasis en aquellas realidades existenciales y espirituales que sabía importantes.
Silvia Médica, Marta Tarantino de Callegado y Delia Vivani fueron, en esas horas difíciles, tres puntales importantes; así como también Marina Vivani, a quien considera su hermana, y su amiga Fernanda Baltuzzi y su familia.
El arte, tanto la música como la pintura, fueron para Juliana un espacio importante de contención. Por entonces comenzó escribir poesía, pensamientos y algunas canciones.
De esta manera, el arte ha sido en su vida no solamente un disparador para perfeccionarse y ascender gradualmente en la búsqueda de su identidad artística, también le ha significado un cobijo en instantes aciagos.
“Aprendí a ver a la sociedad como una colmena, donde existen jerarquías que deben ser respetadas. Están la cabeza y quienes vienen más abajo; después aquellos que organizan y luego los que funcionan bajo la organización. También están los artistas y las personas que embellecemos, para que esa gente también pueda seguir organizando”, sugiere, desde su experiencia.

LA EDUCACION, UNA VISION
En 1998 Juliana obtuvo el título docente en el Instituto Superior de Formación Docente Nº 4. De amplias cualidades docentes, con un excepcional dominio del grupo y de los recursos didácticos (de eso puede dar fe con absoluta certeza el autor de esta semblanza, quien la ha observado en el aula, durante prácticas pedagógicas), tiene las condiciones de una buena docente. Empero, algunas circunstancias la han mantenido alejada de la profesión.
“Cuando cursamos –expresa- los estudios terciarios, lo hicimos sobre la base de un sistema educativo que había fallado en España y que, más tarde, también terminó fracasando la Argentina. Debo confesar que, en todas las ocasiones en que daba las prácticas docentes, no lo hacía tanto con los lineamientos que recibía entonces de nuestros formadores en el Instituto, sino con todas las lecciones que había recibido de la pedagogía empleada por Calixto Menoyo y por las enseñanzas de mi madre”.
Según la apreciación que hace Juliana, “resulta muy difícil ser docente en un sistema como el actual, cada vez más vacío de contenidos; una reproducción de la sociedad civil actualmente, donde el docente debe contener a sus alumnos primero y luego enseñar”.

SUS REFERENTES
Juliana, al ser consultada, no duda en citar sus referentes artísticos. En la música, además de un innumerable conjunto de compositores clásicos, sobresales Elton John; Axl Rose, líder de los  Guns N’ Roses; y el compositor y pianista italiano Ludovico Einaudi. Juliana, asimismo, siente especial admiración por la notable soprano británica Sarah Brightman.
Entre los pintores más significativos en su cosmología se destacan Claude Monet, Rembrandt, Miguel Angel, Vincent van Gogh y Salvador Dalí, entre muchos otros. Precisamente en varias obras de Dalí ha encontrado mociones inspiradoras. En el famoso lienzo, “La persistencia de la memoria”, también conocido como “Los relojes blandos”, encuadrado dentro del surrealismo, Juliana encuentra el afluente de un interesante pensamiento acerca de la fugacidad del tiempo y de una forma de esclavitud creada por la rigurosidad del reloj frente al devenir humano.
En este sentido, la idea expuesta durante esta entrevista por Juliana es por demás interesante. Si bien la brevedad del espacio periodístico nos priva de la factibilidad de desarrollarla ahora, descontamos que será tema de una futura entrevista.
En otros géneros, Juliana, también admira a Hans Zimmer y James Horner, a quienes califica como “los mejores productores de música de películas”; como de igual manera a Andrew Lloyd Webber (productor musical, esposo de Sarah Brightman).

SU FAMILIA
Juliana Masón contrajo matrimonio con Gabriel Amato, reconocido fotógrafo en esta ciudad. De esa unión nacieron, Milagros (doce años), Sabrina e Isidoro (seis años), a quienes ella define como “su mejor obra de arte”.

PALABRAS FINALES
Juliana, en su largo camino de la mano con el arte, ha sabido conquistar un lugar en el ámbito cultural nuevejuliense y eso, el pasado domingo, ha quedado demostrado. Tiene, esta artista, la humildad de quien desea seguir estudiando y perfeccionándose en cada una de las manifestaciones culturales que la animan; de quien considera que “aún falta un poco más”, según sus propios términos.
Hay, en la grandeza de su ser, la luz interior que brilla en los espíritus inspirados, en el corazón del artista que ama, piensa y sueña. Como irradiando el fulgor de la aurora, con la belleza de ese cálido amanecer del paisaje de su trazo, sigue fundiéndose en el crisol de la inspiración, el trabajo y el perfeccionamiento, como el cristal del rubí, que aún habiendo conseguido la realeza del mejor pulido, sigue buscando el más diáfano brillo.

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