23 septiembre 2020

Recuerdos: Muchachos que andaban en la ciudad de ayer

[2 de marzo de 2010]

*  Por el Doctor Roberto Rossi (Desde la ciudad de Buenos Aires)

Ya sabemos que el diario suele publicar una sección especial dedicada a personajes que desarrollan o han desarrollado diversas actividades o profesiones. De ahì que se me ocurrió poner a prueba mi memoria en un retrospectivo recorrido por el aquél ya lejano  9 de Julio de calles de tierra que  yo viví y transité mucho, tratando de evocar  algunos individuos (hombres y mujeres) de ese tiempo (1950 – 1965), que  en su momento tuvieron también y a su manera, cierta “notoriedad doméstica”, digamos así, por su forma de ser, por su simpatía o antipatía, por su aspecto, por sus costumbres, por su fisonomía, por sus andanzas,  por su quehacer, por sus ocurrencias, por su gracia, por su estilo de vida, incluso por su arte. En fin, daban que hablar para mal o para bien. Casi todos pertenecieron esa fauna autóctona, producto genuino de un determinado tiempo, que se fue desarrollando en un ámbito vital propicio, cuando sobrevivir quizá no era tan problemático y  había todavía algún margen como para no tomarse muy en serio la aventura de la existencia.


Dr. Roberto Rossi en su última visita a la redacción de EL 9 DE JULIO.
Dr. Roberto Rossi en su última visita a la redacción de EL 9 DE JULIO.

En estas líneas intentaré rescatar a algunos de ellos para acercarlos a los lectores de las nuevas generaciones, en una suerte de galería de imágenes y caracteres muy particular. Aclaro que la mayoría de los evocados  ya se ha marchado de este mundo. Para arrancar presentamos a la primera joya de esta colección, el otrora muy conocido Fausto. Tirando a petiso, amplia frente con abrupta caída a pique hacia las cejas bien pobladas. Trabajaba como auxiliar de portería en la Escuela N° 1, colaborando con el cantor Tito Bianchi en esa tarea. Vestía siempre de saco y corbata, ajetreadas prendas que el guardapolvo blanco cubría piadosamente. Alegre e irresponsable era este Fausto, pero muy buena persona y eso es lo que cuenta. Bianchi lo marcaba de cerca. Le habían encomendado la tarea de traer al colegio – sin que falle un día – el recordado y delicioso pancito  que se servía a los alumnos a media mañana. Pero en una oportunidad Fausto  no apareció en horario y ni se acordó del pan ni de nada . Se armó el consiguiente revuelo y la reprimenda del Director se la deglutió Bianchi, que quedó hirviendo de bronca. Por allá, a las perdidas aparece Fausto, con voz aguardentosa y total desparpajo, como si no tuviera nada que ver en la cuestión, interpeló severamente a Tito  – ¿¿¿ Y el pan, viejo ??? ¿¿ Cómo que no se repartió??? Y vos ni te calentaste !! . –  “Lo corrí hasta la fuente de la plaza”, me contó luego Bianchi. También tenía Fausto “ berretines de cantor”. Su tema favorito era el viejo tango ”Muñeca Brava” y la interpretación que le hacía nuestro amigo quedó en la historia, por supuesto que no por la calidad vocal, sino por la teatralización  de la pieza. La letra comienza diciendo “Ché Madam que parlás en francés….” etc. y Fausto lo cantaba acentuando vigorosamente el tiempo de tango con el pie, en un picante 2 x 4. Pero he aquí que tenía la costumbre de entalcar mucho el interior de los zapatos y como éstos estaban muy averiados, al marcar Fausto enfáticamente el compás, despedían los “tarros” por los  fatales buracos un chorro de talco en suspensión que parecía la erupción del Vesubio. El tradicional “chan-chán” tanguero era reemplazado –sin pudor – por el  “chíf-chíf” talqueado  del temperamental intérprete.

El siguiente personaje es ( o era) un  italianito que apareció allá por el quinto grado de la Escuela N° 1, en la mitad de la década del 50.  El padre era relojero y recaló en 9 de Julio con su mujer y dos críos más. Este pibe era el mayor y se llamaba (bien tano) Rino Renato pero para nosotros fue, desde el primer momento y sencillamente, “El Gringo”. Enfundadas las manos en guantes de cuero marrón claro, pelo negro con “jopito”, delgado, ojos vivarachos, su acento era más de acá que del país de origen. Se las traía. Como alumno estaba de la mitad de la tabla hacia abajo, se agarraba a trompadas seguido con los compañeros porque, mal que mal “se la bancaba”. Su  relación con el padre era malísima porque –además de aquellos motivos – el viejo, viudo, se había vuelto a casar.  Para colmo, Rino Renato no tuvo un día más feliz idea que teñirse el cabello de un rubio fulgurante. Claro, eso ahora es moneda corriente, pero en los 60 era un rareza total y le gritaban de todo. Cuando el viejo vio al hijo luciendo muy campante su blonda cabellera con cejas renegridas casi le da un ataque y la “tanada” le surgió con todo: – “¡¡Questo puuuttt… atorrrrante,  mándese a modare, rrrrrecontra puuutt…., dónde ha ido a parare!!. Lo  rajó de la casa ipso ipso y Romano se refugiaba en casa del vecino. Aparecía cuando el viejo no estaba y meta lavarse la cabeza para que se le diluya el color rubio. Con los naipes no tenía mucha suerte: al jugar por necesidad, perdía por obligación y “clavaba” a medio mundo pues no tenía un mango y teminaba a las piñas. Ya el 9 se le había hecho insalubre.  Fue así que se las tomó para la Capital a ver si encontraba vientos mejores. Incluso más tarde toda su familia se fue del 9. Lo perdí de vista durante muchos años – 30 tal vez – hasta que (vueltas de la vida) una mañana, trabajando yo en un organismo  muy importante en Bs.As., entra a la oficina una persona a vender diversas chucherías, desde peines a ballenitas, exhibiendo un carnet o algo parecido de discapacitado y haciendo entender por señas de que era mudo.

Me pareció haber visto antes esa cara (de granito) y observando mejor ¡ Oh, sorpresa! compruebo que se trataba de mi viejo conocido Rino Renato. El se acercó a todos ofreciendo su mercancía pero –sugestivamente – a mí como que me esquivó. Estoy seguro que me reconoció pero se hizo el sota . Y se fue  -imperturbable – con unos mangos. Después me entero por amistades en 9 de Julio que solía volver  de paseo y  que de “mudo”, este pillo no tenía nada. Otro simpático y afamado “gringo” de esos tiempos fue Horacio Láttaro. Trabajador como todos los de su raza, fue quintero al principio, en terrenos que labraba allende el “Puente Negro”, si mal no recuerdo. Afincado luego en la ciudad, supo dar rienda suelta a su gran afición: cantar . Amaba la música del país que le abrió los brazos y el tango fue su pasión.

Era una de las atracciones de aquél mítico concurso de cantores que algunos memoriosos recordarán y que semanalmente levantaba su escenario en distintos barrios de la ciudad.

La presentación de don Láttaro era muy esperada y aplaudida, más que nada por su particular acento al cantar, ya que resultaba una simpática mixtura de criollo aporteñado y tano. Tenía su “caballito de batalla”, un viejo tango que él entonaba así: ..”percanta que me moraste nel morayón de lo parque…sapiendo que te quería, que vos eras mi alecría y me sueño abrazadore..” y “…lecano buenosarie, que lindo que ha de estare…” y asì por el estilo . Se ufanaba afirmando que “..lo mecore cantore sono ío  e’ Tito Bianchi..”. El, en primer lugar, por supuesto.  Otro valor muy aclamado en aquél famoso concurso lo fue “El Cantor de las Madres y Las Novias”, Omar Borromeli, así bautizado por el público por su almibarado repertorio que se componía de antiguos valsecitos y temas cuyos versos evocaban a la viejita, a la novia ausente, al amor imposible,  a la muchacha enamorada que espera ansiosamente que su galàn acuda a la cita , al matecito espumoso  que alguna vez nos trajo la vieja amorosamente a la cama . En fin, le cantó a  sentires tal vez ahora olvidados, pero que en la sensibilidad del trovador no perdieron vigencia. En una de esas noches de leyenda, un conocido y desmemoriado participante anunció que iba a interpretar una hermosa canción campera titulada “Fogón de Huella”. Expectativa general, tanto por lo bello del tema como por el audaz que se le animaba. Para alertar al lector que no  conozca la letra, le informo que comienza así: “Al costado del camino y en larga fila apretada, las carretas se han dormido, bajo la luna plateada…”. Por desgracia, a nuestro cantor ya le falló la memoria casi en el arranque, porque llegó hasta  “fila apretada” y ahí se trabó; fueron segundos terribles; era evidente que buceaba desesperado en los hemisferios cerebrales y, en un esfuerzo supremo , afloró su creatividad y se  mandó con todo como para salir del apuro: “..y en larga fila apretada los bueyes se mueren de hambre todos c…gados de frío…”. Atronador aplauso en medio de jocosos comentarios que duraron toda la semana. A otro que cantaba folklore ( bah, él creía que cantaba)  otra histórica noche lo fue a ver toda la barra de sus amigos, porque justo era en la esquina del barrio (La Rioja y Cosentino) por supuesto que para divertirse a costa de èl. Y el candidato se las hizo fácil. Fue un desastre. Un verdadero lamento vernáculo. Le gritaban de todo hasta los de la familia. Entonces el trovero – ofendido -les vociferó por el micrófono: – “ ¡ Y bueno viejo, qué carajo quieren, demasiado todavìa !”.-

Se sentaba en el Rossini en las filas centrales, pero al fondo, cerca de los    cortinados que separaban la sala del pasillo de entrada. Muy a menudo acompañado por un amigo. Atildado siempre, de saco y corbata, muy pulcro, de buena presencia, incluso con visos de solemne seriedad. Pero cuando lo que ocurría en la pantalla resultaba cómico o gracioso, estallaba en la penumbra la sonora y muy particular carcajada del nuestro evocado dividida en compases de tres tiempos cada uno : “Kiájj, Kiájj, Kiájj……Kiájj, Kiájj, Kiájj… y así en cada pasaje jocoso del film. El amigo lo secundaba riéndose a su vez de la risa del otro y al  final teminábamos riéndonos todos por contagio, porque aquél Kiájj..Kiájj se escuchaba en todo el cine. El  autor de la singular risotada era el mayor de los Charbel, familia, además,  de mujeres hermosas. El papá de ellos –Don Moisés – vendía billetes de lotería y también era muy simpático. –“Mi presencia cura el empacho” – solía asegurar.

Noche de bailongo en el barrio “Los Materos” años 60/61 tal vez. Tocamos “Típica Fénix” y “Castearena – Citro”. Con mi querido amigo y colega Aldo Zunino fuimos temprano para Santa Fe y Río Paraná, así nos sacudíamos con un buen coñac (era invierno) antes de empezar a tocar. Yo me empinaba uno de esos y un torrente de fuego me recorría el cuerpo y a partir de ahí podía tocar desde “La Marsellesa” y el “Himno a Garibaldi” hasta la marcha de Boca. Llegamos con Aldo y comenzamos a percibir un delicioso aroma que – proveniente de una humeante e improvisada parrilla instalada en la vereda – se nos colaba en la pituitaria. Un famoso parrillero estaba preparando choripanes, publicitados de esta original manera en un cartelito cercano : “Chorizos Aparato; Ud. los come y explota al rato”. Los vendió a todos.

“Aparato” Bustamante se dedicaba al oficio de pintor. Pero también le gustaba tocar la guitarra, cantar y compartir unos vinos con los amigos. Alegre y bonachón, resultaba una persona  querible y se había hecho popular a partir de esas rondas bien regadas y aderezadas con canciones y jarana que duraban la noche entera.

En esos tiempos se utilizaba mucho el alcohol de quemar para el calentador “Primus”   y hubo un período de mucha escasez  de dicho elemental combustible. Recuerdo que se hacían colas en “Los Inglesitos” cuando se lo proveía desde un camión tanque. Un día “Aparato” llega a su casa (vivía en las entonces San Luis y Río Uruguay) y le dice –excitado –  a su mujer -¡ vieja,  mirá, mirá, traigo alcohol !  ¡ Qué suerte –dijo la señora contenta – pero donde está ? Acá, vieja, acá –le responde él – señalándose la barriga – me lo tomé todo”. Por ser así, y pese al prevenido  peligro de “explosión”, sus chorizeadas resultaban un éxito.

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