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Nueve de Julio
domingo, octubre 18, 2026

Adorar, educar y servir. 150 años de las Siervas de Jesús Sacramentado y su presencia en 9 de Julio

PRIMERA PARTE: LA CONGREGACIÓN EN SU CUNA PORTEÑA

El 21 de noviembre de 2026 se cumplirán ciento cincuenta años de la fundación de la Congregación de las Siervas de Jesús Sacramentado, instituto nacido en la ciudad de Buenos Aires al calor de una singular devoción eucarística y de un acendrado amor por los desvalidos. Efemérides de tal magnitud invitan a la gratitud y reclaman, a un tiempo, el ejercicio de la memoria, pues ninguna obra duradera se explica sin el rastro de quienes la sembraron y la sostuvieron en las horas de prueba.
Nuestra ciudad tiene motivos particulares para asociarse a la celebración. Desde 1910, cuando el pueblo carecía todavía de un establecimiento confesional de enseñanza, las Hermanas instalaron su comunidad religiosa en 9 de Julio y abrieron un colegio que, con el correr de los años, habría de formar a millares de niñas y jóvenes.
En este artículo que hemos dividido en dos partes, evocaremos primero los orígenes de la Congregación en su cuna porteña y, luego, su arraigo en tierra nuevejuliense. Se pretende, con ello, rendir un justo tributo a una obra que ya es patrimonio de nuestra historia local.

UNA VOCACIÓN EN LA SANTA CASA
La Congregación debe su existencia a María Benita Arias, nacida el 3 de abril de 1822 en La Carlota, provincia de Córdoba, y descendiente de linajes ilustres en los anales rioplatenses, pues la tradición la hace heredera de sangre de Garay, de Cabrera y de Hernandarias.
Tan nobles ascendientes no estorbaron en ella la sencillez, rasgo que sus contemporáneos ponderaron como el más característico de su índole, dulce, afable y siempre ecuánime.
Siendo aún muy joven, y movida por el anhelo de consagrarse a Dios, ingresó como beata en la Santa Casa de Ejercicios de Buenos Aires, donde habría de permanecer por espacio de treinta años.
En el retiro de aquellos muros concibió el designio de fundar un instituto dedicado a la adoración perpetua del Santísimo Sacramento y al servicio de la Iglesia y de la sociedad.
Entre tanto, abría las puertas de su morada a niñas huérfanas y desamparadas, a quienes procuraba cuanto remediase sus necesidades más perentorias, y en ellas hallaba, según solía decir, sus margaritas y sus piedras más preciosas.
No le faltaron contrariedades. Cuentan las crónicas que, ante los obstáculos opuestos a su proyecto, emprendió viaje a Roma, donde el papa Pío IX la recibió, la aconsejó y la alentó con paternal benevolencia, y que más tarde peregrinó a Tierra Santa, a fines de 1870 y principios de 1871.
De regreso, y tras prolongadas diligencias, obtuvo el 9 de febrero de 1872 la licencia para dejar la Santa Casa y dar comienzo a su obra.

Madre María Benita Arias.

LA FUNDACIÓN DEL 21 DE NOVIEMBRE DE 1876
Alcanzada la aprobación canónica del arzobispo de Buenos Aires, la fundadora vio al cabo coronado sus desvelos.
El 21 de noviembre de 1876 quedó erigido el Instituto de las Siervas de Jesús Sacramentado, que tendría su Casa Madre en la capital de la República. Lejos de ser un acontecimiento fastuoso, aquella jornada fue la modesta inauguración de una empresa que descansaba, antes que en recursos materiales, en la fe y en la perseverancia de unas pocas mujeres.
La divisa que la Madre Benita legó a sus hijas encierra todo un programa: adorar y servir. Ordenó que se ocupasen siempre en el ejercicio de la adoración perpetua de Jesús Sacramentado, y les recomendó, con igual vehemencia, la búsqueda de los pobres y la práctica del bien sin mirar a quién. Obra de Dios y no mía, repetía con humildad, porque se tenía a sí misma por un simple terrón de tierra del que el Señor se había valido para llevar a cabo sus designios.

EL CARISMA DE LA ADORACIÓN Y DEL SERVICIO
El Instituto se concibió como una congregación de vida apostólica, hoy de derecho pontificio, en la cual la contemplación y la acción se dan la mano.
Su vocación se despliega en una adoración constante del Dios oculto que se manifiesta por la fe, pobre en el despojo total de quien se entrega sin reservas, silenciosa en la entrega de una vida consagrada a la extensión del Reino, y eucarística en la gozosa acción de gracias.
De esa raíz brota su misión específica, que es la formación integral de la niñez y de la juventud, en especial la más menesterosa. A ella se suman la asistencia de los enfermos, la promoción de los ejercicios espirituales, la catequesis y el trabajo misionero. Para llevarla a cabo, el Instituto ha sostenido colegios, hospitales, hogares para niños, guarderías y casas de retiro, y su acción alcanzó, además de la Argentina, a España, el Paraguay y el Uruguay. En 1894, el 25 de septiembre, falleció la fundadora. Sus restos reposan en la cripta del Santuario de Jesús Sacramentado, en Buenos Aires, y su memoria es venerada por la Congregación, que la recuerda bajo el título de Venerable.

LA MADRE AGUSTINA PRIETO Y EL TIEMPO DE LA CONSOLIDACIÓN
Muerta la fundadora, la conducción del Instituto recayó en la Hermana Agustina del Corazón de Jesús Prieto, quien había tomado el hábito en 1885 y fue durante ocho años maestra de novicias, además de consejera de la Madre Benita. Designada segunda superiora general por el prelado que a la sazón regía la arquidiócesis, le cupo la tarea de consolidar lo edificado y de ensanchar su radio de acción, tarea que cumplió con prudencia y con firmeza.
A ella habría de dirigirse, en 1909, el cura párroco de 9 de Julio.
Fueron aquellos los años de expansión del Instituto, que cruzó el Río de la Plata, pasó a España y fue sembrando casas en distintas provincias, siempre con el mismo propósito de enseñar a los pequeños y de acompañar a los enfermos.
Aguardaba todavía el reconocimiento definitivo de la Santa Sede, que llegaría el 16 de enero de 1911, de suerte que la casa de Nueve de Julio nació, por así decir, a las puertas de la aprobación pontificia.

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