“Dios, en la distancia, mira con benevolencia a un gentil maestro”
(Robert Browning, «The Agamemnon of Aeschylus», Ag. 944).
Han transcurrido poco menos de cuarenta años desde aquella jornada de marzo en que ingresábamos por primera vez al taller de la Escuela Nacional de Educación Técnica N.° 1 (hoy Escuela de Educación Técnica N.° 2) de 9 de Julio. Trasponíamos aquel portón del patio, dejando atrás los salones de clases de la escuela primaria, para ingresar a las secciones del taller, entonces más amplias y despejadas que las actuales.
Casi niños aún, mirábamos con entusiasmo las áreas de mecanizado, donde estaban los tornos, las limadoras mecánicas y las fresadoras. Para los alumnos de primer año aquello era un mundo al que solo accederíamos con los años, al transitar el ciclo superior. Pero ya comenzábamos a observar, con curiosidad y respeto, a los profesores que con el tiempo serían nuestros más estimados maestros. Entre ellos estaba Juan Raimundo Cardozo, el inolvidable «Tula», a quien aprendimos a querer y a quien hoy, ante su fallecimiento, comenzamos a echar de menos.

UNA VOCACIÓN DE CUATRO DÉCADAS
Nacido el 4 de marzo de 1953, Juan Cardozo descubrió su vocación docente a los 21 años. El 18 de marzo de 1974, el entonces director de la vieja Escuela Técnica, Oscar Rubén Bolies, ubicada en el hoy demolido edificio de la esquina de Santa Fe y La Rioja, lo recibió como profesor.
Desde entonces, por espacio de cuatro décadas, fue ininterrumpidamente maestro de enseñanza práctica y profesor. El transcurrir de los lustros le encontraron dictando clases de dibujo de máquinas, así como ejerciendo como maestro de taller en la especialidad de tornería, oficio que dominaba con la misma maestría en su vida privada. Durante años sostuvo una tornería propia, contigua a su casa, en la esquina de las avenidas Nicolás Avellaneda y Agustín Álvarez.
Con el correr de los años fue convocado a desempeñarse como jefe de Taller, cargo en el que se destacó por su rectitud moral y su disciplina. Podríamos decir que en aquellos años de grandes transformaciones sufridas por la enseñanza técnica, Juan, era algo así como el bastión incólume en el que se mantenían inalterables los valores más auténticos de aquella vieja escuela.
En julio de 2015 se acogió a los beneficios de la jubilación. Cuando dejó los claustros de la Escuela Técnica, una multitud de ex alumnos de diversas promociones se congregó para homenajearlo y despedirlo.
LA ÚLTIMA LECCIÓN
Había en Juan una firmeza de acero. La misma exactitud que requería en el trazo de una pieza la exigía también en la conducta de sus alumnos. Pero bajo esa disciplina latía la calidez de un compañero de ruta, capaz de una broma justa o de una mirada cómplice que aliviaba la tensión de un examen. Fue de esos maestros que se tienen apenas dos o tres años (el tiempo breve de un ciclo lectivo) y que, sin embargo, se recuerdan toda la vida.
Luego de hacer frente a una dura enfermedad, en torno a la medianoche del 11 de julio nuestro maestro entregó, a quienes fuimos sus alumnos, su última lección de vida. Con su muerte no solo se ha perdido un buen educador; sino, también, una persona honorable, de bien.
UN RECUERDO IMPERECEDERO
Juan Cardozo deja entre quienes le conocieron un recuerdo perpetuo. Fueron memorables, para aquellos que fuimos sus alumnos, su simpática forma de calificar con signos positivos y negativos, su estilo peculiar para dictar velozmente los contenidos numéricos de las tablas de cálculo y la modalidad con que corregía las láminas, en la época en que aún usábamos acuarela aguada para diferenciar los componentes metálicos de las máquinas despiezadas. Cada educando de aquellos años, sin duda, conserva de Juan una anécdota diferente.
Descansá en paz, inolvidable profesor. Que la tierra que tantas veces recorriste con paso firme rumbo a la Escuela te reciba, y que el rumor de las aulas donde enseñaste te acompañe como un eco fiel en la memoria de quienes fuimos tus alumnos.
No te decimos adiós, Juan, sino hasta siempre. En cada joven que hoy enseña lo que vos nos enseñaste, seguirás presente. Que Dios te mire con benevolencia, querido y gentil maestro.


