
Hay vidas que no se miden en años sino en compases. La de Norberto Luis Utello, conocido por todos como «Tito», perteneció a esa estirpe infrecuente, la de quienes sostienen, casi sin proponérselo, la memoria sonora de un pueblo. El sábado último, la comunidad de 9 de Julio perdió a uno de sus más destacados bandoneonista.
Tito Utello había nacido en 1931 en 9 de Julio. Tenía cuatro años cuando sus manos tocaron por primera vez un bandoneón. No fue un gesto premeditado sino una epifanía doméstica, de esas que los niños protagonizan sin saber que están eligiendo su destino.
Ese instrumento de origen alemán, hermético, exigente, caprichoso, que el tango hizo propio y convirtió en su voz más íntima, no abandonaría jamás las manos de Utello. Cuando en 2014 el Concejo Deliberante de 9 de Julio lo declaró Ciudadano Distinguido del Partido, uno de los concejales presentes señaló, con admiración no exenta de asombro, que Tito llevaba entonces ochenta años ejecutando ese instrumento “con una maestría singular”. No era hipérbole: era matemática pura aplicada a la devoción.
Quienes lo vieron tocar en sus últimos años refieren que el paso del tiempo no había mermado la precisión de sus dedos ni la profundidad de su fraseo. El bandoneón, para Utello, no era un objeto ni siquiera un instrumento en sentido estricto: era el medio a través del cual se comunicaba con el mundo.
“Todo lo vivo con el corazón y lo expreso como puedo -dijo aquella noche de agosto de 2014, emocionado ante el homenaje del público-, y con el bandoneón me siento más cómodo.» Era una confesión, pero también una poética.
La vida pública de Tito Utello no se circunscribió a los escenarios. Durante largos años, ejerció sus funciones en el Juzgado de Paz de 9 de Julio, institución a la que llegó a instancias de su suegro, Hipólito Morelli. En ese ámbito de la justicia de proximidad, Utello desplegó la misma constancia y discreción que lo caracterizaban frente al atril.
En esa tarea se caracterizó por ser solícito y siempre cordial.
La carrera artística de Tito Utello excedió con amplitud los límites de ciudad. A lo largo de su prolífica vida musical, tuvo la oportunidad de acompañar con su bandoneón a figuras de primera línea de la música popular argentina: Enrique Dumas, Raúl Lavié, Abel Córdoba y María Graña, entre otras personalidades que dejaron huella en el cancionero ciudadano. Esas actuaciones lo ubican no como un intérprete meramente local, aunque también lo fue, con orgullo y plenitud, sino como un músico que medió con solvencia entre el tango de exportación y el tango de barrio.
En 9 de Julio, su nombre está inextricablemente ligado al “Cuarteto Callejón”, con cuyos integrantes (Roberto Lozano, “Tití” Lozano y “Pelusa” Montalbano) cultivó una fraternidad artística que iba más allá de la partitura. “Son mis hermanos”, dijo de ellos en el homenaje de 2014.
También compartió escenario con los cantores Roberto Videla y Rubén “Bocha” Farías. Horacio Lozano, músico y amigo entrañable, lo definió con sobriedad elocuente: “Está quedando el último bandoneón”.
El tango es, entre otras cosas, una meditación sobre el tiempo que pasa y lo que deja. 9 de Julio, con la muerte de Norberto «Tito» Utello, pierde hoy no solo a un bandoneonista excelso sino también a uno de esos vecinos que, sin clamar atención, encarnan la continuidad de una cultura. El silencio que deja Tito Utello no es el silencio ordinario que sigue a la muerte de un vecino, se apaga el instrumento que en sus manos sabía contar, con sus propios fraseos y sus propias respiraciones, la historia de una ciudad.
Sus restos fueron velados en la Sala 3 del Complejo de Salas Velatorias del Servicio Solidario de Sepelios de la CEyS “Mariano Moreno” y las exequias se llevaron a cabo ayer.


