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domingo, mayo 24, 2026

La plaza como escenario. Historia de los festejos del 25 de Mayo en la ciudad de 9 de Julio

Por Héctor José Iaconis.

Cada 25 de Mayo, como lo haremos mañana, los argentinos conmemoramos el primer grito de su independencia. En nuestra ciudad esta conmemoración tiene una trayectoria que atraviesa más de un siglo y medio y que refleja, como en un espejo, las transformaciones de la sociedad local. En efecto, se proyecta en sus instituciones, sus tensiones, su manera de entenderse como comunidad y de situarse ante la historia nacional común a todos.

El presente artículo recorre, sucintamente, ese itinerario desde los festejos más tempranos, allá por 1867, cuando la escuela de varones apenas contaba con una docena de alumnos estables, hasta los actos del Bicentenario de 2010, pasando por el esplendor del Centenario de 1910 y los festejos del Sesquicentenario de 1960. A lo largo de ese recorrido, la Plaza «General Belgrano» emerge como el corazón geográfico y simbólico de la ciudad. Su historia es, en más de un sentido, la historia de 9 de Julio.

EN LOS PRIMEROS PASOS

El registro más antiguo de una celebración oficial del 25 de Mayo en 9 de Julio data de 1867, apenas cuatro años después de la fundación del pueblo. Por entonces, el preceptor Santiago O’Donnel, al frente de la recién creada Escuela de Varones, solicitó a la Corporación Municipal una bandera y escarapelas para que los niños pudieran participar con decoro en el acto. Era un gesto modesto pero cargado de intención, pues buscaba, en cierta forma, introducir en esa comunidad incipiente, el hábito de la conmemoración patria.

La celebración tuvo lugar en el local de la Municipalidad y el Juzgado de Paz, con la presencia de autoridades civiles y militares de la Comandancia General de la Frontera. Allí, los alumnos entonaron el Himno Nacional. El pueblo era entonces tan pequeño y los alcances de la enseñanza tan limitados que, de los treinta y cinco niños inscriptos, apenas doce asistían con regularidad. Sin embargo, ese acto pionero inauguró una tradición que no se interrumpiría.

En los años inmediatamente posteriores, los festejos adquirieron cierta regularidad. En 1870, el Juez de Paz Enrique Bouquet promovió la erección de una pirámide en el centro de la Plaza Belgrano, imitación modesta de la que existía en la Plaza de la Victoria porteña, que fue levantada por el maestro albañil Luis Rumi e iluminada con doce faroles a kerosene traídos desde Buenos Aires. Aquella construcción, coronada por una estatua de la Libertad en tierra romana, sería demolida en 1887.

LA PLAZA “GENERAL BELGRANO”, EPICENTRO DE LA VIDA CÍVICA

La Plaza «General Belgrano» fue el escenario privilegiado, casi exclusivo, durante décadas, de los grandes rituales cívico-patrióticos de la ciudad de 9 de Julio. Esto no era accidental, por el contrario, la plaza representaba el espacio público del pueblo por excelencia, el lugar donde la comunidad, en cierta forma, se exhibía ante los demás. Su historia material acompaña la historia de los festejos, primero baldía y rodeada de cadenas, luego arbolada con eucaliptos, enseguida dotada de la pirámide y los faroles, y más tarde embellecida con los legendarios alcanforeros, las palmeras y los famosos tilos que durante décadas serían el orgullo de la ciudad.

Las celebraciones que allí se realizaban seguían un esquema relativamente estable a lo largo de las décadas decimonónicas y de las primeras del siglo XX: el Te-Deum en la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, los discursos patrióticos de alguna autoridad civil o eclesiástica, la participación de las bandas de música, los fuegos artificiales por la noche y el baile de gala como cierre festivo. A este esquema se sumaban, según el año, carreras en el hipódromo, funciones de teatro o cine, distribución de escarapelas y golosinas entre los escolares. Era una celebración civil que, con variaciones de forma, articulaba siempre los mismos propósitos, la cohesión comunitaria y, podemos decir, la afirmación de una identidad compartida.

La incorporación de las distintas colectividades inmigrantes le fue imprimiendo al festejo un carácter cada vez más heterogéneo. En esa convivencia de ritos y tradiciones culturales diversas (italianos, españoles, franceses, ingleses, etc.) que habían poblado estas tierras, la fiesta del 25 de Mayo funcionó como un vínvulo de integración, un espacio donde los hijos de inmigrantes comenzaban a reconocerse como argentinos.

EL CENTENARIO DE 1910, APOTEOSIS Y MEMORIA FOTOGRÁFICA

En 9 de Julio, los actos del Centenario de la Revolución de Mayo se desarrollaron bajo la gestión municipal de Nicolás H. Robbio y constituyeron, quizá la “fiesta maya” de mayor envergadura que la ciudad había presenciado hasta entonces. El programa fue ambicioso: el oficio del Te-Deum y el acto central en la Plaza “General Belgrano”, donde se montó un escenario en la entonces llamada “Rotonda”; una función de teatro al aire libre; la inauguración de la iluminación “a giorno” y la colocación de la piedra fundamental de un pabellón para niños y un quirófano en el Hospital de los Pobres.

Pero el episodio más perdurable de esa jornada fue el descubrimiento de una placa conmemorativa que impuso el nombre de “Primer Centenario Argentino” a la entonces Boulevard “Buenos Aires”, rebautizada así por ordenanza del Honorable Concejo Deliberante el 28 de mayo de 1910, a solicitud de la Comisión de Fiestas Pro Centenario, presidida por el doctor Pablo A. Subirá. Esa denominación perduró cuatro décadas, hasta que en 1950, con motivo del “Año del Libertador”, la arteria recibió el nombre de “Libertador General San Martín” que mantiene hasta hoy. La placa original (en su tipo, la más antigua preservada en los edificios que rodean la plaza) continúa empotrada en la esquina de las actuales avenidas San Martín y 25 de Mayo.

Oficio del Te-Deum en la Plaza «General Belgrano». El escenario, ubicado en el centro, era la denomina «Rotonda.

El Centenario dejó además un testimonio gráfico excepcional, merced a la labor del fotógrafo Rafael Adobato, corresponsal de las revistas “Caras y Caretas” y “P.B.T.”. Sus imágenes fueron publicadas en la edición extraordinaria del 8 de junio de 1910 de esta última, un semanario ilustrado fundado por el editor español Eustaquio Pellicer y dirigido entonces por el genial Eduardo A. Holmberg, y constituyen hoy documentos visuales de inapreciable valor para la historia local. Entre los asistentes a los actos de aquel día podían reconocerse el propio intendente Robbio, su padre Nicolás L. Robbio, los médicos Pedro San Martín, Tomás West y Pablo Subirá, el comerciante Fernando Zubieta y  el periodista Antonio Millán, entre otros vecinos prominentes. La jornada tuvo su sello de distinción con un banquete en el Bar “San Martín”.

CONTINUIDAD Y VARIACIÓN. DE LA AUSTERIDAD A LA MASIVIDAD

Entre el Centenario de 1910 y el Sesquicentenario de 1960, los festejos del 25 de Mayo en 9 de Julio siguieron consolidándose como el principal acontecimiento cívico del calendario local. La modalidad de asociar las efemérides patrias a inauguraciones y obras públicas tuvo larga vigencia: en 1877 se había inaugurado la Casa Municipal un 25 de Mayo; en 1896, la inauguración del Teatro Rossini. En 1929, el Automóvil Club de 9 de Julio estrenó su circuito de carreras un 25 de Mayo; y en 1931, el Club Libertad inauguró su campo deportivo en la misma fecha. Las efemérides, en definitiva, eran también ocasión propicia para materializar el progreso.

El esquema festivo se diversificó notablemente a lo largo de las décadas de 1920 y 1930. En 1928, por ejemplo, el día comenzaba al amanecer con una salva de bombas y diana en la Plaza “General Belgrano”, seguía con el Te-Deum, el desfile con delegaciones extranjeras, una fiesta deportiva de fútbol, una función de gala en el Cine “9 de Julio” y el baile organizado por el Centro “Orfeón” local.

En 1934, el Círculo Tradicional “Los 25” añadiría al programa el desfile de carretas y paisanos, instituyendo la dimensión gauchesca del festejo.

EL SESQUICENTENARIO DE 1960

El 25 de mayo de 1960 fue, probablemente, una de las celebraciones más nutrida que 9 de Julio había vivido hasta entonces. Así lo revelan las crónicas de prensa publicadas en esos días. En efecto, son los ejemplares del Diario EL 9 DE JULIO de ese año, conservados en el Archivo de Publicaciones Periodísticas «Esc. Ricardo Germán López» los que nos permiten acercarnos retrospectivamente a esas jornadas históricas.

En abril de ese año, la Federación Cultural Nuevejuliense presentó el Ballet de Cámara de la Ciudad de Buenos Aires en el Teatro Rossini. Seguidamente,  el 22 de mayo, el Club Libertad albergó un festival de payadores locales y trovadores uruguayos. El Concejo Deliberante de 9 de Julio aprobó por unanimidad la ordenanza por medio de la cual fue designada una calle de circunvalación como “Primera Junta”.

El día 25 de mayo congregó en el palco oficial al intendente Adolfo R. Poratti; al Obispo de la Diócesis de 9 de Julio, monseñor Agustín Adolfo Herrera, a los funcionarios municipales, docentes e invitados.

El Diario EL 9 DE JULIO, en un artpiculo publicado al día siguiente, describía la jornada con entusiasmo:

“No creemos que en ocasión alguna la celebración patriótica haya alcanzado a reunir tal multitud como la que ayer participó en nuestra ciudad”, decía.

Entre los episodios más celebrados estuvieron el desfile de los niños de la Escuela N° 1 con trajes de época, las carrozas alegóricas y el paso de los alumnos de la actual Escuela de Educación Técnica N° 2 en tractores. Los fuegos artificiales, por su parte, se llevaron a cabo en el Parque “General San Martín”.

El programa del Sesquicentenario incluyó además un torneo de ajedrez, una función de títeres frente al Municipio, un concurso de afiches para escolares, carreras de automóviles estándar, competencias ciclísticas y pruebas atléticas. Bailes de gala cerraron la jornada en el Club Atlético “9 de Julio” y en el Centro de Empleados de Comercio, fiel a la caracterización social que primaba en la época.

La Junta Diocesana de Acción Católica, por su parte, convocó al prestigioso historiador y sacerdote jesuita Guillermo Furlong, miembro de la Academia Nacional de Historia, quien disertó sobre “La paradoja de la Revolución de Mayo” en el Salón Blanco Municipal. Era, en suma, una celebración que articulaba sin tensión aparente la dimensión cívica, la deportiva, la cultural y la religiosa.

Durante un desfile en 1960, realizado en la avenida Mitre, con motivo del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo. Don Remigio Brescia, conocido vecino de 9 de Julio, ya fallecido, poeta y legendario hombre de campo, conduce uno de los coches de Casa Luna, empresa en la que trabajaba.

EL BICENTENARIO DE 2010. LA PIRÁMIDE VUELVE A LA PLAZA

Cuando en 2010 la Argentina conmemoró el Bicentenario de la Revolución de Mayo, 9 de Julio se preparó para la ocasión con suficiente antelación y empleado un despliegue mayor, respecto a las décadas precedentes. Ya desde el 14 de abril, la Municipalidad había comenzado la construcción de una pirámide en el centro de la Plaza “General Belgrano”, próxima a la fuente ornamental, en homenaje a los fundadores de la Patria. Era, en un sentido preciso, la restitución de un objeto que la ciudad se había arrebatado a sí misma más de un siglo atrás.

A comienzos de mayo, con la obra al noventa por ciento de avance, sólo restaba el revestimiento final, la comunidad de 9 de Julio comenzó a movilizarse en múltiples frentes. Edificios públicos, establecimientos educativos, templos religiosos, sedes de entidades no gubernamentales y comercios fueron refaccionados y engalanados como una forma de “vestirse de fiesta”, según la expresión que recogía el Diario EL 9 DE JULIO esos días.

En la Semana de Mayo el uso de escarapelas se hizo ostensible y se estimaba que el 25 de mayo el embanderamiento alcanzaría o superaría toda expectativa precedente.

El tejido institucional respondió con una amplitud inusitada: la Inspectora Jefe Distrital convocó a una conferencia de prensa en la que los responsables de cada nivel educativo detallaron sus proyectos. Nivel inicial, educación primaria, secundaria, adultos y centros educativos complementarios presentaron actividades coordinadas a lo largo del año. Se conjugaron exposiciones de objetos históricos, destrezas criollas, radioteatro, muestras fotográficas, periódicos estudiantiles, un documental sobre los mundiales de fútbol y la producción de una escultura en Patricios que sería emplazada el día del festejo.

En la Escuela Normal Superior tuvo lugar, el 20 de mayo, una “Justa del Saber” destinada a los alumnos de tercer y cuarto año del nivel secundario, declarada de Interés Legislativo Municipal, con eje temático en las transformaciones político-sociales y económicas entre 1800 y 1820. El mismo día, en el Salón “11 de Marzo” de la Sociedad Rural, el licenciado Juan Cruz Jaime ofreció la charla “El Campo Argentino con el Bicentenario”, con la que fue inaugurada la programación oficial de la Semana del Bicentenario. El Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires convocó, por segundo año consecutivo, a un concurso de pintura y dibujo cuya temática central era, precisamente, el Bicentenario de la Patria.

La jornada del 25 de mayo fue concurrida y fervorosa. La ciudadanía nuevejuliense se volcó a las calles con los colores de la patria, en una celebración que EL 9 DE JULIO describió, en una crónica de esos días, como desprovista de “distinciones partidarias ni ideológicas”.

El Gobierno municipal inauguró ese día cuatro obras: la refacción integral del Palacio Municipal, la restauración del recinto de Concejo Deliberante, la apertura de tres cuadras de ramblas en la Avenida 25 de Mayo y el Monumento del Bicentenario, la pirámide recién concluida. En la base del edificio se descubrió una placa del Bicentenario y en el recinto deliberativo se emplazó otra que le imponía el nombre de “Antonio Abel Rodríguez”, en cumplimiento de una ordenanza de 2009.

Tras el Te-Deum, se descubrió la placa inaugural de la pirámide en la Plaza “General Belgrano”. En su base fue ubicada una “cápsula de tiempo” con documentos y testimonios de la época, destinada a ser abierta dentro de cien años.

Cinco años más tarde, el 20 de mayo de 2015, la obra quedaría definitivamente completada. Personal municipal y de la Cooperativa Eléctrica “Mariano Moreno” instalaron, mediante una pluma elevadora, la escultura de la República en la cúspide de la pirámide. La obra fue realizada por el artista nuevejuliense Oscar Tabbita mediante la técnica del cemento directo, sin molde, modelando el material en estado fresco y dando los retoques finales con espátulas y cincel. La pieza pesa aproximadamente cuatrocientos kilogramos y fue diseñada con un hueco en la base para encastrar en el vértice de la pirámide.

Cerrábase así, con la figura de la República mirando desde lo alto hacia los cuatro puntos cardinales de la ciudad, un ciclo que había comenzado con aquella pirámide de ladrillos inaugurada en 1870 y destruida antes de que terminara el siglo XIX.

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PALABRAS FINALES

Recorrer la historia de las celebraciones de Mayo en 9 de Julio es, en definitiva, recorrer la historia de una comunidad que fue aprendiendo, a lo largo de un siglo y medio, a nombrarse a sí misma. Desde aquellos doce niños que entonaron el Himno Nacional en 1867 en el local del Juzgado de Paz, hasta las multitudes que desbordaron la Plaza “General Belgrano” en 1960 y en 2010, media un largo proceso.

La fiesta pública, con sus rituales reiterados, sus discursos, sus desfiles y sus fuegos artificiales, cuando los hubo, cumplió durante décadas una función que trasciende lo meramente ceremonial. Ha sido  el espacio donde los hijos de inmigrantes comenzaron a reconocerse como parte de algo más grande que sus propias tradiciones de origen; que los propios extranjeros radicados definitivamente en 9 de Julio se sintieron parte de la patria, su nueva patria.

Desde luego, fue, también, el escenario donde la comunidad exhibía su progreso, asociando las efemérides a inauguraciones y obras que materializaban ese avance.

Hay algo que el registro histórico revela con nitidez: los momentos en que esa identificación colectiva se hace más visible (el Centenario de 1910, el Sesquicentenario de 1960, el Bicentenario de 2010) son también los momentos en que la ciudad decide dejar una huella material en su propio paisaje. Una placa en una esquina, una pirámide en el centro de la plaza, una escultura coronando esa pirámide. Como si cada cien años la comunidad sintiera la necesidad de inscribir en el espacio urbano la prueba de que estuvo aquí, de que celebró, de que no olvidó. Es probable que el tercer centenario, en 2110, encuentre a otra generación de nuevejulienses ante el mismo impulso. La historia sugiere que así será.

 

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