Por Héctor José Iaconis.

Hay fotografías que no solo documentan un instante, nos lo preservan, lo congelan en una densidad casi táctil, y nos devuelven con una fidelidad que ninguna crónica escrita puede igualar, la textura de un tiempo que ya no existe. La imagen que aquí se presenta pertenece a esa categoría excepcional. Tomada en 1918, en el marco de las romerías organizadas por la Sociedad Española de Socorros Mutuos de 9 de Julio, esta fotografía constituye uno de los testimonios visuales más elocuentes conservados sobre la vida pública de nuestra ciudad en las primeras décadas del siglo XX. Su valor es, simultáneamente, etnográfico, urbanístico e histórico.

LA ESCENA: MULTITUD, BANDERAS Y SOLEMNIDAD FESTIVA
La imagen muestra una concentración numerosa de personas reunidas en lo que claramente es la vía pública, la calle Libertad entre Bartolomé Mitre y Primer Centenario (hoy avenida San Martín), frente a la fachada principal de la Municipalidad de 9 de Julio. El carácter del evento se manifiesta con nitidez en los elementos simbólicos que dominan la composición. En primer plano, varios estandartes y banderas son sostenidos con visible orgullo por los portadores. Entre ellos se destaca un pendón de gran factura, de tela bordada, el histórico estandarte de la institución organizadora que aún se conserva.
Los concurrentes, en su mayoría hombres adultos y jóvenes, visten con la formalidad que la época imponía para las ocasiones de relevancia social. Algunos portan bandas cruzadas al pecho, indicio de que ejercían roles ceremoniales o representativos dentro de la asociación organizadora. La actitud general no es la del jolgorio desordenado sino la de una festividad contenida y orgullosa, que combina la alegría de la reunión comunitaria con el peso simbólico de la pertenencia identitaria. En el fondo se advierte la presencia de niños y de figuras que, por su posición en el encuadre, pertenecían a los márgenes del evento oficial pero no eran ajenas a él.
LA FOTOGRAFÍA COMO DOCUMENTO TÉCNICO E HISTÓRICO
Desde el punto de vista técnico, la imagen fue tomada con luz natural en condiciones de pleno sol, como lo indica la dureza de las sombras proyectadas sobre las superficies. La nitidez es notable para los estándares de la época, lo que sugiere el uso de equipo profesional, probablemente una cámara de gran formato con placa de vidrio, y el fotógrafo del estudio de Rafael Adobato, con experiencia en la captación de escenas al aire libre. El encuadre es deliberadamente horizontal y amplio, con el objetivo de documentar tanto la muchedumbre como el entorno arquitectónico, lo cual convierte a esta toma en algo más que un retrato colectivo. Es, en rigor, una imagen urbana que quizá sería enviada también a alguna revista de Buenos Aires, “Caras y Caretas”, “PBT” o “Mundo Argentino”, de las cuales Adobato era corresponsal.
La profundidad de campo lograda nos permite leer con claridad elementos situados en distintos planos, desde las expresiones de los protagonistas más cercanos al objetivo, hasta los detalles ornamentales de las fachadas del fondo. Esta condición hace de la fotografía un documento de lectura en capas, donde cada plano aporta información diferente y complementaria sobre la ciudad y sus habitantes.
EL PAISAJE URBANO: TRES EDIFICIOS, TRES RELATOS
El fondo arquitectónico de la imagen no es un mero telón decorativo. Es, en sí mismo, un texto que debe leerse con atención. Tres edificios aparecen en la escena, y los tres remiten a dimensiones distintas de la vida urbana nuevejuliense de principios del siglo XX.
En primer plano y a lo largo de casi toda la extensión lateral de la imagen se despliega la antigua fachada de la Casa Municipal, sede del gobierno local. Su arquitectura de inspiración italianizante, con arcos de medio punto, pilastras, frisos y cornisas de yeso, que perduró hasta entrada la década de 1930, representaba el ideal de modernidad institucional promediando la década de 1870, en que fue construido.
Podemos afirmar que aquel no era solo un edificio administrativo, sino la materialización del ejercicio cívico, el lugar donde la comunidad se reconocía como tal.
En la esquina aparece el edificio de dos plantas que albergaba la sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Su presencia en este espacio céntrico habla de la consolidación económica de 9 de Julio como nodo comercial y financiero de la región. El banco en la esquina de la plaza principal era, para el imaginario social de 1918, la confirmación de que la ciudad había alcanzado un rango de relevancia reconocido por las instituciones del Estado.
Al fondo, apenas perceptible, se insinúa la fachada de la tienda “Blanco y Negro”, antes de su remodelación, cuya silueta confirma que la calle que alberga esta escena era entonces, como lo es hoy en día, un corredor de actividad comercial cotidiana.
LAS ROMERÍAS ESPAÑOLAS Y LA IDENTIDAD COMUNITARIA
Las romerías eran, en la tradición peninsular, celebraciones populares a veces ligadas a la devoción mariana o a santos patronos locales. Tra{idas al Río de la Plata por las oleadas migratorias de fines del siglo XIX y comienzos del XX, las romerías adquirieron en el nuevo contexto una dimensión adicional de reafirmación identitaria. Para los españoles y sus descendientes radicados en pueblos del interior bonaerense, estas celebraciones anuales eran una oportunidad de reencontrarse con el origen, de transmitir a las nuevas generaciones un sentido de pertenencia que la distancia y el tiempo amenazaban con diluir.
En 9 de Julio, la presencia española era significativa. Las romerías de 1918 no fueron un festejo improvisado, sino el acto celebrativo de una comunidad asentada, una colectividad que ya se había ganado un lugar en la ciudad y que lo festejaba con la dignidad que ese logro merecía.
PALABRAS FINALES: LO QUE LA IMAGEN NOS DEJA
Más de cien años después, esta fotografía nos interpela con una fuerza que no ha mermado. En ella conviven la fiesta y la solemnidad, el individuo y la comunidad. Nos muestra a hombres que creyeron en el valor del origen y en la posibilidad de construir algo nuevo sin renunciar a lo que habían sido. Por otra parte, nos revela una ciudad que, en 1918, tenía ya la confianza suficiente como para exhibirse ante el lente de una cámara con la compostura de quien sabe que merece ser conocido.


