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martes, abril 21, 2026

Voces de una época: lo que pensaban los vecinos de 9 de Julio en 1904

Por Héctor José Iaconis.


El 21 de junio de 1904, el periódico “El Porvenir” (año X, número 1023, página 2) publicó un conjunto de pensamientos personales redactados por hombres y mujeres que habitaban por entonces la ciudad de 9 de Julio. No era una columna de opinión ni un manifiesto político. Era algo más íntimo, más difícil de encuadrar: una colección de reflexiones breves, casi aforísticas, en las que algunos vecinos, médicos, docentes, periodistas, hacendados, mujeres sin título profesional que firmaron con nombre y apellido, dejaron constancia de lo que creían, lo que temían y lo que esperaban del mundo.
No es frecuente hallar este tipo de registro, la voz pensante de personas comunes que habitaron un tiempo y un lugar precisos, y que eligieron, con esa economía expresiva que impone la máxima, decir algo verdadero sobre la existencia.

UNA CIUDAD, UNA ÉPOCA, UNA PÁGINA DE DIARIO
9 de Julio atravesaba, en los primeros años del siglo XX, una etapa de consolidación institucional y crecimiento demográfico. La llegada del ferrocarril décadas atrás había transformado su fisonomía económica; la educación pública ganaba terreno como promesa de movilidad social y la vida política local comenzaba a estructurarse en torno a fuerzas que, muy pronto, encontrarían en el radicalismo un cauce de organización. En ese contexto, “El Porvenir” ejercía su función de tribuna, con la seriedad que correspondía a un periódico con casi diez años de circulación ininterrumpida, que le otorgaban una autoridad implícita sobre el espacio público del partido. Por cierto era, asimismo, el órgano más crítico respecto de la gestión municipal de esa época, posicionándose con una mirada aguda en los problemas locales.
La decisión editorial de dar voz a los vecinos a través de sus propios pensamientos, sin mediación periodística, sin editoriales de por medio, resulta, a más de un siglo de distancia, tan curiosa como reveladora. Las que ofrecemos, ocho pequeñas declaraciones personales, constituyen ocho maneras distintas de entender la vida; ocho fragmentos escritos por vecinos de 9 de Julio que, en cierto modo y sin saberlo, estaban dejando un testimonio de su interior.

LA FELICIDAD COMO PREGUNTA IRRESUELTA
Dos jóvenes mujeres de apellido Chamans inauguran el recorrido con reflexiones que se complementan casi simétricamente. Isabel Juana Chamans pregunta retóricamente dónde hallar “las horas de la suprema felicidad” y responde con una ecuación que mezcla nostalgia y resignación: el consuelo de lo que ya fue, la paz que llega después del dolor. Su hermana o pariente, pues la coincidencia de apellido así lo sugiere, Paulina Francisca Chamans retoma el mismo asunto con una imagen de mayor vuelo poético: la felicidad como un hada que se aleja en la medida exacta en que uno se acerca a ella. Es la paradoja del deseo, enunciada sin pretensiones filosóficas pero con precisión afectiva.
No se sabe nada más de las Chamans que lo que ellas mismas quisieron revelar. En esa ausencia de datos biográficos hay, paradójicamente, un tipo particular de presencia: sus palabras llegaron hasta aquí sin el respaldo de un cargo, un título o un linaje. Llegaron solas. Y en esa desnudez, dicen más que muchos documentos oficiales sobre el universo interior de las mujeres de principios del siglo XX en 9 de Julio, aquellas que pensaban, que escribían, que firmaban con su nombre y se permitían dudar de la felicidad en voz alta.

EL PESO DE LA VIDA Y LA ÉTICA DEL TRABAJO
El doctor Tomás D. West, médico y figura pública de considerable relieve en la historia de 9 de Julio, quien fue el primer intendente municipal del Partido, elige para su pensamiento una imagen que oscila entre la resignación estoica y la advertencia moral: la vida no es larga, sostiene, porque lo que en ella importa no es su extensión sino el peso de lo que uno lleva. La carga, en su sentido más amplio: las obligaciones, las responsabilidades, las deudas con los demás y con uno mismo.

Doctor Tomás West.

Que West haya elegido esta reflexión no es un dato menor. Había conocido de cerca las exigencias del servicio público en una comunidad que aún estaba construyendo sus instituciones. Su frase tiene la austeridad de quien ha ejercido varios cargos públicos, además de la dirección ad-honorem del Hospital de los Pobres y sabe, por experiencia propia, que la vida pública consume.
Francisco Roca, un hacendado y también hombre público (concejal, intendente municipal y legislador provincial), ubicado políticamente -al menos por ahora- en las antípocas del pensamiento de Wets, complementaba esta línea con una sentencia que parece extraída de algún código de conducta rural: “Sé sobrio, activo y perseverante si quieres ir lejos”. La sobriedad como virtud, la actividad como obligación, la perseverancia como método. Tres palabras que resumen una ética del trabajo y la vida que era, para las clases propietarias de 9 de Julio de comienzos del siglo XX, casi un mandato generacional.

Francisco Roca.

LA NATURALEZA, EL ARTE Y LA MIRADA FEMENINA SOBRE EL MUNDO
Claudina Vivarez de Vivarez, docente de reconocida trayectoria en 9 de Julio, nos aporta al conjunto una reflexión de orden estético y filosófico que resulta atrayente por su agudeza. Sostiene que la naturaleza, en su sencillez, supera al arte en sus manifestaciones más grandiosas. Es una afirmación que no carece de tradición, la contraposición entre la grandeza espontánea de lo natural y la artificiosa pompa de las construcciones humanas recorre buena parte de la filosofía romántica y del pensamiento iluminista. Empero, en boca de una maestra de escuela en un pueblo del interior hacia 1904, cobra una dimensión particular, pues nos revela a quien parecìa observar el mundo con atención, que leía o al menos pensaba más allá de los límites de su geografía inmediata.
El pensamiento de Antonio Di Siervi, periodista, introduce una nota diferente. Su exaltación de la mujer como “la escultura más perfecta que exhibe la naturaleza” podría leerse, desde la distancia, en claves diversas. Podríamos pensar, por un lado, que se trata de una galantería de época, también una admiración sincera o el gesto retórico de quien, sabiendo que iba a publicarse en un periódico, eligió una frase con efecto. En cualquier caso, el comentario no pasa inadvertido en un conjunto donde dos mujeres hablan por sí mismas con voz propia.
Si nos detenemos a analizar las palabras de Claudina, las de las Chamans, confrontándolas con las de Di Siervi, podemos advertir que hay, en esa yuxtaposición, una tensión discreta entre quien es objeto de admiración y quien sujeto de pensamiento.

DEBER CÍVICO Y CONVICCIÓN POLÍTICA
El doctor Antonino de Nucci, médico, graduado el año anterior, y con el tiempo prestigiso radiólogo, nos deja la reflexión más explícitamente política del conjunto. Su afirmación de que la patria sería grande si quienes administran sus leyes cumplieran con sus deberes es, al mismo tiempo, un ideal y una denuncia velada.

Doctor Antonino de Nucci.

En 1904, la Argentina vivía las tensiones del régimen oligárquico, donde la corrupción electoral y el clientelismo eran moneda corriente. Decir que los encargados de administrar las leyes deberían cumplir con ellas no era una obviedad inocente, sino un diagnóstico.
Por su parte, Benjamín Fernández va más lejos en la dirección cívica. Periodista sagaz e inteligente, dirigente de la Unión Cívica Radical de 9 de Julio y con el tiempo Consejero de Educación de la Provincia de Buenos Aires, su pensamiento es el de un hombre que ha elegido la acción como respuesta a la adversidad: las dificultades deben enfrentarse de frente y combatirse hasta vencerlas.
La frase tiene la contundencia de quien sabe que la vida pública implica conflicto, y que esquivar ese conflicto es una forma de rendición.

CUANDO LAS PALABRAS SON EL DOCUMENTO
Hay algo que llama la atención cuando se observa el conjunto de estas ocho voces no como piezas aisladas, sino como un coro accidental. La variedad de sus procedencias no impidió que convergieran en una misma página.
Un médico que, a su vez, fue primer intendente municipal y dos mujeres sin cargo público; un hacendado y dos periodistas; otro médico llegado de Italia siendo niño y recientemente graduado; una maestra de escuela. Ninguno fue convocado para representar a nadie, cada uno habló en nombre propio. Y sin embargo, al leerlos juntos, emerge algo que trasciende la suma de sus individualidades, una forma de perfil moral e intelectual de los miembros de una comunidad nuevejuliense todavía en formación.
Que esas voces hayan llegado hasta nosotros con sus nombres, sin el anonimato que suelen preferir quienes no confían en lo que dicen, habla de personas que habitaron su tiempo con una cierta seguridad de sí mismas. Tenían trayectorias, convicciones y algunas de ellas tendrían, con los años, un lugar reconocible en la historia. No eran voces al margen de la historia, sino una parte activa de ella.
La historiografía, desde los enfoques más tradicionales, ha tendido a preservar los actos formales. Rara vez conserva el pensamiento privado de quienes la protagonizaron, ofrecido voluntariamente al espacio público con la única autoridad que da la convicción personal. El 21 de junio de 1904, una página del periódico “El Porvenir” guardó, quizá sin proponérselo, algo más duradero que una noticia, la manera en que ocho vecinos se miraban a sí mismos cuando nadie les exigiera nada más que ser honestos.

Fuente: “El Porvenir”, 9 de Julio, año X, nº 1023, 21 de junio de 1904, pág. 2.

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