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Nueve de Julio
martes, febrero 17, 2026

Hace 100 años la avenida Vedia se vestía de fiesta: los Carnavales de 1926

Por Héctor José Iaconis.

En enero de 1926, la ciudad de 9 de Julio comenzó a experimentar ese movimiento particular que antecede a las grandes celebraciones colectivas. Aún faltaban semanas para la llegada formal del Carnaval, pero la prensa local ya registraba señales inequívocas: comerciantes que adquirían materiales propios de las carnestolendas, empresas musicales que gestionaban contratos ante la Municipalidad para intervenir en el corso y un clima social en el que la expectativa festiva empezaba a hacerse visible en las conversaciones cotidianas.

Las noticias publicadas el 17 de enero de 1926 por EL 9 DE JULIO permiten advertir que el Carnaval no era un acontecimiento improvisado ni espontáneo. Por el contrario, implicaba una preparación previa, tanto en el ámbito comercial como en el institucional. La referencia a las solicitudes de empresas musicales ante el gobierno municipal revela un esquema organizativo formal, en el que la autoridad pública evaluaba propuestas y determinaba contrataciones. Desde los primeros días del año, la ciudad se encaminaba hacia una celebración estructurada y reglada.

El lenguaje periodístico de la época evoca la figura de Rey  Momo, símbolo clásico del Carnaval, como presencia inminente, asociada a la risa, la camaradería y el encuentro social. Sin embargo, esa dimensión simbólica convivía con un proceso administrativo concreto que se activó inmediatamente.

UNA COMISION DE VECINOS

El 18 de enero de 1926, la Intendencia Municipal dio un paso decisivo al dictar un decreto que formalizaba la organización de los festejos, con la creación de una comisión de vecinos encargada de la planificación y realización del Carnaval. La nómina de integrantes, extensa y detallada, incluía a figuras representativas de la sociedad nuevejuliense: profesionales, comerciantes y hombres vinculados a la vida pública local. Entre ellos se encontraban Ramón N. Poratti, Miguel B. Navello, Pablo A. Subirá, Ernesto Poggi, Ventura Arciprete, Onofre Rey, Diego Pajó, Eduardo Prieto, José V. Tassara, Buenaventura N. Vita, Tomás Cosentino, Gregorio Zabala, Ciriaco Mugarza, Andrés R. González, Sigmond Kulberg, Luis A. Mondelli, Ambrosia Martínez, Alfredo S. Núñez, Guillermo Larrañaga, Graciano Sendoya, Manuel Miranda, Lucas Gómez, Lorenzo Fernández, Adolfo Poratti, Julián Nogales, José Gornatti, Ángel Maldonado, Pedro Rodríguez, Pedro Ojeda, Raúl Hayes, Ceferino Moraga, Roberto Muzio, Liborio Maidana y Andrés Manasero, entre otros mencionados en el decreto.

La comisión no sólo debía organizar los festejos, sino también reglamentar su desarrollo, fijar el recorrido del corso oficial, percibir derechos de entradas, autorizar la instalación de kioscos y palcos particulares y promover suscripciones públicas destinadas a asegurar el éxito económico de la celebración.

El municipio, por su parte, comprometía una contribución de mil pesos para sufragar gastos, suma que sería imputada a la partida correspondiente. Asimismo, el decreto disponía que, una vez concluidas las fiestas, la comisión rindiera cuentas ante la Intendencia y entregara el superávit resultante a la Sociedad Protectora de los Pobres. El Carnaval, de este modo, adquiría también una dimensión solidaria y benefactora.

LA ELECCION DE LA AVENIDA VEDIA

Uno de los aspectos más reveladores de las crónicas de enero de 1926 es la discusión en torno al emplazamiento del corso. La Comisión de Fiestas había determinado que el desfile se realizara en la Avenida Vedia, una arteria por la cual venían ya efectuándose los anteriores corsos.

La decisión no estuvo exenta de debate. Existieron posturas que proponían la avenida Bartolomé Mitre o las inmediaciones de la plaza principal como escenario alternativo. La resolución final se adoptó mediante votación dentro de la Comisión de Corso, y la opción primera se impuso por un margen ajustado.

La argumentación destacaba criterios de funcionalidad urbana, tales como, la amplitud de la arteria, su iluminación y la posibilidad de permitir un tránsito cómodo. No se trataba sólo de elegir un lugar central, sino de garantizar condiciones materiales adecuadas para el desarrollo del desfile y la concurrencia de público.

El 31 de enero, EL 9 DE JULIO comunicaba que en breve se iniciaría la instalación del corso en la Avenida Vedia y que el piso de tierra sería arreglado a fin de procurar el mejor tránsito posible. Esta información es significativa porque documenta el estado físico de las calles en 1926 y la necesidad de acondicionarlas especialmente para el evento. El Carnaval implicaba, por lo tanto, una intervención concreta sobre el espacio urbano.

EL RECORRIDO

El semanario «El Paladín», en su edición del 31 de enero de 1926, aportó detalles adicionales sobre la organización interna. Reunidos en la Casa Municipal, los vecinos designados por el Departamento Ejecutivo que constituyeron la Comisión del Carnaval, confeccionaron el programa y la reglamentación del corso, que serían difundidos mediante carteles colocados en lugares visibles de la ciudad. También se resolvió que el recorrido oficial se extendiera, como dijimos, por la Avenida Vedia, desde Bartolomé Mitre hasta Río Negro, con posibilidad de prolongación si las circunstancias lo requerían.

La prensa subrayaba que, como en años anteriores, el superávit de las fiestas sería destinado a la Sociedad Protectora de los Pobres, entidad que estaba cargo del Hospital,  lo que reafirma la continuidad de una práctica que vinculaba celebración y asistencia social.

EL DISCURSO FESTIVO DE LA PRENSA

El 3 de febrero de 1926, «El Pueblo» publicó una nota titulada “Del Carnaval”, donde se describía el movimiento activo de los preparativos y se evocaba el retorno del llamado “Dios de la locura”. El texto adopta un tono literario que combina entusiasmo y reflexión moral. Se presenta al Carnaval como renovación de alegrías y emociones, bajo la simulación de disfraces y caretas, en una tradición compartida por pueblos y villas.

El 13 de febrero, el mismo periódico, bajo el encabezado “Salud Dios-Momo!”, volvió sobre la temática, anticipando la entrada triunfal de la festividad. La retórica empleada exalta la risa, las máscaras, las sonatinas y el espíritu de alegría, pero también introduce una dimensión meditativa acerca de la vida y sus contrastes. El Carnaval aparece como espacio de goce legítimo, aunque acotado en el tiempo.

PREMIOS, REGLAMENTOS Y EL DESARROLLO DE LAS JORNADAS

El decreto municipal también reglamentó la concesión de premios. Se instituyeron galardones para grupos de señoritas que ocuparan palcos y para aquellas que participaran en carruajes durante las noches de corso. Para optar a tales premios, era indispensable la inscripción previa ante la Comisión Oficial del Corso y la concurrencia en todas las noches fijadas.

Los premios recibirían denominaciones específicas: el instituido para los palcos llevaría el nombre de “Premio Municipalidad Nueve de Julio” y su importe se tomaría de la partida correspondiente; el de carruajes se denominaría “Premio Intendente Municipal” y sería costeado con peculio particular del jefe comunal.

Además, se había previsto  la organización de un corso infantil en la Plaza “General Belgrano”, con la designación de una comisión específica para su realización. La fiesta, por lo tanto, abarcaba distintas edades y modalidades de participación.

En su edición del 20 de febrero de 1926, «El Pueblo», describió el desarrollo de las fiestas señalando que se efectuaban con pomposidad y sin que faltaran el corso, los bailes de disfraz y los atractivos propios de la ocasión. La referencia confirma que las disposiciones organizativas se tradujeron en celebraciones efectivas y concurridas.

Las prácticas deportivas en la ciudad retomaban su curso una vez pasado el Carnaval, según la misma edición, lo que permite situar con precisión temporal la culminación de las festividades.

PALABRAS FINALES

El Carnaval de 1926 en 9 de Julio, tal como lo documentan las fuentes periodísticas que llegan hasta nuestro días, fue el resultado de una cuidadosa articulación entre autoridad municipal, vecinos organizadores, comerciantes, músicos y el aporte de la prensa local. La elección de la Avenida Vedia como escenario, la asignación de fondos públicos, la reglamentación detallada, la institución de premios y la previsión de un destino benéfico para el superávit revelan una celebración planificada con método y sentido comunitario.

A un siglo de distancia, estas páginas permiten reconstruir no sólo el programa de unas fiestas estivales, sino también la fisonomía social de una ciudad que entendía el Carnaval como expresión de identidad colectiva y ejercicio de la sociabilidad.

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