21 octubre 2020

Una misma vocación, un mismo destino

* Ambos nacieron en España y arribaron a Latinoamérica para ejercer la docencia en colegios de su congregación.
* Vinculados a la comunidad marianista de esta ciudad, sus vidas se truncaron en dos accidentes automovilísticos.
* Personas de firmes convicciones, abrazaron con fervor el carisma de la Compañía de María.
* Dejaron un fecundo recuerdo entre sus ex-alumnos, quienes hoy los recuerdan con afecto.

A lo largo de casi cinco décadas de presencia Marianista en 9 de Julio, puede formarse una extensa lista de destacados religiosos que vivieron o estuvieron vinculados a esta comunidad. Sus nombres están ligados a un camino vocacional y de seguimiento en la vida religiosa del rico carisma que Guillermo José Chaminade: vocación misionera, atenta a los signos de los tiempos, que encuentra su expresión en la dedicación del tiempo, capacidades, energías y bienes, en acciones orientadas al desarrollo de la justicia y la paz.
Hoy, a través de esta semblanza, queremos evocar de forma sucinta a dos religiosos marianistas que, de una forma u otra, estuvieron vinculados al Colegio Marianista «San Agustín» de esta comunidad. Tal como lo señala el título de esta nota, ambos abrazaron una misma vocación, un mismo carisma y, trágicamente, encontraron su muerte casi de manera análoga, en accidentes automovilísticos ocurridos cerca de esta ciudad.
Entre quienes los conocieron, a pesar de la distancia temporal que los separa de la época actual, sigue viviendo el recuerdo de ellos, su dedicación y su entrega al servicio de un ideal de vida consagrada, que abrazaron con corazón noble.
A ambos, asimismo, les tocó vivir un tiempo de renovación eclesial, impulsado por el Concilio Vaticano II.

UNA VIDA JOVEN
Dueño de una lucidez mental asombrosa y de una gran energía que no conocía el descanso, el padre José Luis Fernández, fue un sacerdote ejemplar. Nacido en Valencia, España, había ingresado siendo muy joven a la Compañía de María. Tempranamente visitó la Argentina, consustanciándose con nuestro país, al que brindó su trabajo del educador.
El 23 de marzo de 1963, José Luis Fernández regresó a la Argentina para incorporarse a la comunidad religiosa y el personal docente del Colegio Marianista de la ciudad de Buenos Aires. Allí se encontraba cuando partió el primer grupo de religiosos que habría de fundar el Colegio San Agustín de 9 de Julio.
Primero, se lo incorporó en el Colegio de Buenos Aires como maestro de cuarto grado; pero, enseguida, su camino se abrió en el nivel secundario.
A los efectos de formarse académicamente, marchó a Europa, cursando estudios en Friburgo, Suiza. Allí fue ordenado sacerdote.
Entre 1967 y 1968, el padre José Luis Fernández vivió en la ciudad de 9 de Julio. En el Colegio San Agustín se desempeñaba como profesor de literatura y filosofía. En esa época, además de su notable preparación en las materias que dictaba, se destacaba por sus especiales condiciones para la enseñanza del teatro.
En 1970 fue director del nivel secundario del Colegio Marianista de Buenos Aires.
Un ex alumno lo recordaba como «un gran sacerdote y amigo».
«En la secundaria -prosigue el testimonio- dictó varias materias, siendo literatura y filosofía sus preferidas; las conocía casi a la perfección. Con él comenzamos a transitar por nuevos senderos, comentar una película, analizar una obra de teatro o un libro de actualidad. Amaba la disciplina y sus clases eran un modelo de comportamiento».
«Cuando regresó a la Argentina, ya ordenado sacerdote, quienes fuimos sus primeros alumnos, habíamos concluido nuestros estudios secundarios, a pesar de lo cual no pocas veces recurríamos a él, para charlar o compartir recuerdos de la época escolar pasada o solicitarle la bendición de un matrimonio, a lo cual siempre accedía», concluye la evocación de su ex alumno.
En las primeras horas de la tarde del domingo 7 de enero de 1979, cuando contaba treinta y siete años de edad, regresando de Bariloche sufrió un accidente en la Ruta Nacional 5, a la altura de la ciudad de Carlos Casares. En el automóvil viajaban cuatro hermanos religiosos y el sacerdote, y el vehículo, luego de reventarse un neumático, perdió la estabilidad y volcó.
El entonces cura párroco de la Catedral de 9 de Julio, presbítero Pedro Traveset, junto con directivos del Colegio San Agustín, se ocuparon de disponer el traslado de los restos a esta ciudad. Aquí fueron velados en el colegio y sepultados en el cementerio local donde aún descansa.

«VOY COMPRENDIENDO QUE CRISTO ES EL CENTRO DE TODO»
Contaba sólo treinta y cinco años de edad cuando Teodoro Martínez Santamaría dejó España en 1957 para radicarse en Chile, donde realizó una gran obra educadora en el Colegio Marianista y en la Universidad Católica, como profesor de matemáticas. En 1965 fue nombrado vice-Provincial de la Provincia Marianista de Los Andes, formada por Argentina y Chile, recién creada. En ese cargo acompañó el trabajo del primer superior Provincial, el padre Juan Ramón Urquía.
Desempeñando esa importante función visitó frecuentemente la comunidad de 9 de Julio.
El hermano Teodoro Martínez, según la apreciación de quienes lo conocieron, era un hombre muy sincero y nítido en sus ideas y posturas, muy abierto a las realidades históricas del mundo y de la Iglesia. La educación era su vida. Su persona dejó una profunda huella entre quienes lo conocieron, por sus dotes personales y por su capacidad creadora y organizadora.
El hermano Teodoro falleció en un accidente automovilístico, que ocurrió cerca de 9 de Julio, sobre la Ruta 5, hacia el mediodía del jueves 23 de marzo de 1967. En esa oportunidad, se dirigía a esta ciudad acompañado por el padre Urquía y los religiosos Francisco Salazar, Miguel Ugido y Eduardo Belloc. Como en el caso del padre José Luis, los restos del hermano Teodoro fueron velados en el Colegio San Agustín e inhumados en un cementerio de esta ciudad.
Pocos días antes de su trágico fallecimiento, Teodoro había manifestado en una conversación íntima: «Voy comprendiendo que Cristo es el centro de todo y que sin El no se explica nada de la vida».

PALABRAS FINALES
La vida de ambos religiosos marianistas, el padre José Luis y hermano Teodoro, estuvieron enmarcadas por una misma vocación y por un análogo destino.
Ambos dejaron una huella importante entre quienes fueron sus alumnos. Muchos de ellos aún lo recuerdan con simpatía, por todo cuanto ellos les brindaron.
No se fueron con las manos vacías, porque sus obras los acompañaron a la eternidad.

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