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5 febrero 2023
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El médico y la urgencia


Relato de Carlos Crosa

Luego del salvataje, Gino maldijo haber elegido la profesión.
Porque todo galeno, al atender una urgencia en la que rescata de la
muerte a un ser, maldice la elección.
No hay autocontrol ni cinismo que defienda al alma o las
coronarias del médico abocado a la urgencia. Nada que lo salve de la
sensación de gloria efímera y barata por el logrado cometido a
expensas del stress y la seguramente menor expectativa de vida. Nada
que evite el querer practicar otro oficio con menos riesgo personal.
Nada. Excepto, la conciencia vocacional, que entra en erupción
cuando crece la forma rocosa de tanta pesadumbre. Como en Gino,
transcurridos ya los minutos para volver a asumir que no era para él,
al fin de cuentas, la parsimonia de auscultar catarros.
Mi vida es ésta, se dijo. Y recordó aquel verano pampeano,
vislumbrando la vocación poco menos que con el sentir místico de
quien dice haber visto el rayo y el descenso del arcángel anunciando
que el Supremo lo ha elegido para determinada misión.
Estaba leyendo La Ciudadela, novela de Cronin cuyo héroe es un
médico novato que debuta en la trinchera de la urgencia médica
diagnosticando la muerte súbita de una mujer con un hijo en las
entrañas y, ahí no más, le abre el vientre salvando al bebé.
Gino soñó que era él y no ya el personaje, quién volvía
caminando de madrugada por la calle adoquinada de un barrio
londinense arrastrando los pies. De felicidad más que por cansancio,
ante la certeza de no haber sido en vano su paso por este mundo.
Así, soñado, levantó los ojos del libro sabiendo que, de ahí en
más, todo lo miraría sintiendo la admonitoria nostalgia que sobreviene
a la decisión de partir empujado por el sino.
A metros de la galería que le daba frescor, las chicharras
cantaban al sol de enero en la hora muerta de la siesta. Al llevar la
mirada hacia la calle a través del libustro que daba a la vereda, vio

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pasar al volante de una camioneta con tambores de gas oil a un
chacarero que encaró sin remilgo la esquina donde terminaba el
asfalto.
Chirriaron los amortiguadores en el barquinazo. Al zigzaguear en
el arenal, sonaron como alegre campanada los tanques vacíos que
llevaba, y el chacarero gritó con un júbilo que venía desde el fondo de
los tiempos.
Era el grito ancestral del hombre pampeano en el pescante del
carruaje azuzando al pingo cadenero en pos de la fuerza
imprescindible para sortear un desafío que, ahora, con el mismo brío
en el alma, le extrahía a los H.P. del motor.
Al instante, contrarrestando el zigzagueo de la camioneta,
aceleró, y se perdió por el camino largo empolvando esa querencia.

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