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5 diciembre 2022
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Cuando un amigo se va…

 


En 1956, diciembre para ser preciso, llegué a 9 de Julio.
La primera impresión de la ciudad fue favorable y en marzo, el primer día de ese año de Bachillerato, se me acercó un chico.
Tenía, como yo, 13 años y me da la bienvenida y me invita a compartir pupitre en la vieja Escuela Nacional de Comercio.
A partir de allí, comienza una relación de 65 años con Carlitos Pettinari.
Como no podía ser de otra manera, marcada por su invencible generosidad, su mano tendida al foráneo recién llegado.
Compartimos todo el secundario, inseguridades juveniles, andanzas futbolísticas en la cuarta división de Once Tigres, asaltos y fiestas femeninas de 15 años.
También la emoción del egreso, la elección por aclamación de sus compañeros, incluído el que firma esta nota, en el homenaje de graduación que los Rotarios hicieron al «mejor compañero», en el Teatro Rossini.
Continuó la etapa de estudios universitarios en la pensión estudiantil y aquellas colas en el comedor de 1 y 51.
Transitamos después un largo período no querido de infrecuencia en los encuentros personales.
Pero cada uno de ellos tuvo esa empatía espiritual que vence al tiempo y la distancia, con la fuerza que provee la auténtica amistad.
Vernos era una fiesta, una imperdible ocasión de compartir por enésima vez anécdotas comunes, vivencias personales, proyectos futuros.
El dolor final, no por previsible es menos intenso.
Se fue mi amigo, se fue «Petti».
Dejó un vacío inmenso.
Como dice aquella canción… «imposible de llenar».
EDDIE J. CUBILES

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