24 enero 2021

La «china» que cebaba mates

Por Héctor José Iaconis.
El antiguo archivo administrativo de la Municipalidad de 9 de Julio, aquel que funcionó durante unas siete décadas en el desván o sobrado del palacio municipal, era un piélago de documentos históricos, legajos, carpetas, planos y, desde luego, también de objetos superfluos acumulados innecesariamente. En ese maremágnum (descuidado por la decidía de las diferentes administraciones municipales que lo olvidaron) sobresalían los abultados libros contables y los registros de marcación de hacienda. De notables encuadernaciones y pliegos de alto gramaje, algunos de esos volúmenes habían sido impresos en Inglaterra.
Comencé a frecuentar ese archivo en diciembre de 1991, cuando las autoridades municipales que asumían ese año se disponían a ordenarlo y lo hice hasta 2005, a excepción de los años en que viví fuera de 9 de Julio. Muchas tardes, en cada estación de esos años juveniles, me encontrarnos tomando apuntes y fichando documentos en ese lugar. Tantos atardeceres se prolongaron hasta la noche, en medio de lecturas que me abstraían de mi mundo adolescente y me transportaban al siglo XIX. Cuando bajaba del “altillo”, como algunos le llamaban, era frecuente toparme en el camino con quienes trabajaban hasta tarde: el intendente Blanco, Manuel Rey y Alicia Granato. Cito sus nombres porque a ellos debo la generosidad de permitirme acceder a aquel entorno prodigioso y mágico.

LAS FIESTAS PATRIAS DE 1870
En uno de los tantos legajos de aquel archivo había registros contables muy interesantes que brindaban una rica información sobre el tiempo inmediatamente posterior a la fundación del pueblo y a la embrionaria administración de la Corporación Municipal de entonces.
Un asiento del 26 de julio de 1870 daba cuenta que, la Corporación Municipal, había abonado 50 pesos a “Clementina N.”, así está indicado, “por cebar mate el 9 de Julio”. El atrayente documento estaba repleto de otras notas de los gastos generados en esas fiestas:
– 2 de agosto de 1870: “$ 160, pagados a Manuel Cristobo por dos cajones de cohetes para el 9 de Julio”.
– 22 de agosto de 1870: “$ 500, pagados a Fco. Bazquez por cohetes para las fiestas julias”.
– “$ 390, pagados a Pedro Itulaborte, por un rompecabezas y otras composturas”.
Es evidente que debieron ser muy atractivas, para la primitiva población del pueblo, las celebraciones del 9 de julio de 1870. Ese año, también habían cobrado especial significación las del 25 de mayo; pues, además del aniversario de la Revolución de Mayo se había festejado la finalización de la Guerra del Paraguay.
Ahora bien, permitámonos poner atención en el primer registro: el pago a la cebadora de mates.
En esos años era frecuente que, en cada fiesta patria como así también en otros festejos populares, donde no faltaban las carreras de sortijas y otros atractivos, estuvieran presentes las “cebadoras de mate”. Mujeres, generalmente de condición humilde, que brindaban este servicio a cambio de una módica paga.
A ella se sumaban las pasteleras, entre las cuales se encontraba Doña Juliana, la santiagueña, cuyo nombre llega a nosotros gracias al recuerdo de Buenaventura N. Vita, primer historiador de 9 de Julio. Así, entre mates y pasteles, transcurría la conmemoración festiva de esas efemérides patrias, en el ambiente de un pueblo de frontera.

«Cebando mate» por Adolphe d’Hastrel. Tempera sobre papel (26,9 x 19,8 cm.). Museo Nacional de Bellas Artes (Donación Antonio Santamarina y Lola Acosta de Santamarina). Inventario 7314.

EN LOS COMITES
La “china” cebadora de mates no solamente estaba presente en los festejos patrios. No pocas veces se la veía en las riñas de gallo y en los comités de los partidos políticos que, en las últimas décadas de siglo XIX, eran llamados “corralones”.
En tiempo de comicios, los “corralones”, se plagaban de asistentes, los votantes, quienes daban a ese ambiente una fisonomía particular. Tal como lo refiere Buenaventura Vita, “en esos corralones había sido con anticipación almacenado pasto para caballos, encontrándose en el asador la carne con cuero, para la gente, en fogones preparados para ese objeto, no faltando a veces la pipa de vino carlón y las damajuanas de caña rebajada, para tonificar los nervios de los clásicos electores”.
“En el patio –añade-, a más de los fogones, se preparaban varias canchas de tabas, diversión en que a veces a más de jugarse las pilchas que traían, también se jugaban las cabalgaduras, teniendo para retornar a sus pagos que pedir un préstamo”.
Allí estaban también las cebadoras de mate y las pasteleras, brindando su servicio.

DEFENSA DE LA HISTORIA VULGAR
Al recordar a las “cebadoras de mate” queremos poner la mirada en un aspecto del pasado que es olvidado por la historiografía nuevejuliense, al poner el acento en otros aspectos del conocimiento histórico: los temas de la vida cotidiana que el historiador y ensayista Germán Arciniegas denominó “historia vulgar”.
No existen trabajos de investigación serios sobre historia de 9 de Julio que aborden esas temáticas.
En 1940, Arciniegas, publicó el artículo Defensa de la Historia Vulgar (Revista «Sur», año X, n° 75, Buenos Aires, diciembre de 1940, pág. 108-113). En esos años, ocho décadas atrás, el interés de los historiadores estaba puesto en cuestiones vinculadas con la historia política y económica, mirando con cierto desdén los temas sociales y, más aún, aquellos vinculados con la historia de lo cotidiano.
Arciniegas exhortaba a «acercarse al hombre de la calle, a la criatura vulgar que forma parte de la caudalosa muchedumbre de las ciudades o al campesino que se pierde en la pampa o la montaña, para convencerse de que sus preocupaciones son enteramente distintas de quienes hacen la política» (loc. cit., pág. 108).
«Para que –añadía el historiador colombiano- la historia sea una pintura fiel de lo que ha sido la vida, costumbres, ilusiones, fracasos y triunfos de los argentinos […] tendría que sumergirse en el mundo vulgar que nosotros vivimos, echar a rodar por las calles, treparse en los tranvías, democratizarse».
De la historia de las personas comunes «surgen las direcciones esenciales de la vida en sociedad»; porque, «cuando la historia se mira desde abajo, y se humaniza, el mundo se ve más ancho y se hace más comprensible».
Estas ideas de Arciniegas resultaban novedosas hace ochenta años y su peculiaridad residía en que, a diferencia de la actualidad, sonaban innovadoras. Hoy, cuando se ha estudiado tanto, en vertientes tan diversas de la historia, sin embargo, siguen resonando las palabras de Arciniegas como una invitación a enfocarlas al contexto de la historia de 9 de Julio donde, como queda claro, hay mucho por indagar acerca de la vida cotidiana de los hombres y mujeres que habitaban estas tierras en los siglos XIX y XX; los olvidados, los relegados, los que no tuvieron voz; pero que, con su trabajo silencioso, forjaron el porvenir de la comunidad.

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