29 octubre 2020

Gauchos, payadores e identidad tradicionalista en 9 de Julio

Por Héctor José Iaconis.

No pretenden ser estos apuntes un aporte acabado y sistemático acerca del protagonismo del gaucho, o de las instrucciones tradicionalistas, en la historia de 9 de Julio. Bien podrá advertir, quien se aventure a leerlos, que se trata de una temática sumamente amplia. Más aún, si se considera los numerosos trabajos que existen en la materia relacionados concretamente con el protagonismo del gaucho en el desarrollo del país.

No sólo la historiografía sino también la literatura se han ocupado ampliamente en referir al gaucho en la “epopeya nacional”. En esas profundas y eruditas obras, estudios realizados a partir de serias investigaciones, bien podrá comprenderse la significación que ha tenido este prototipo de criollo en nuestra historia.

En el pasado de  9 de Julio el gaucho[1] ha poseído también una participación destacada, cuyo análisis demandaría un prolongado ensayo, muy lejano de la presente reseña. Sin embargo poco, o más bien casi nada, se lo refiere en las publicaciones de carácter histórico. Los centros tradicionalistas e “instituciones gauchas” contribuyeron grandemente en la solidificación de la identidad nacional en  la comunidad. Aún hoy existen instituciones, fundadas en los últimos años, con la finalidad de, por citar, “fomentar el sentimiento de nacionalidad y respeto a la patria a través de sus culturas nativas”[2].

La escasez de fuentes primarias  en los archivos del distrito, recursos substanciales e ineludibles para todo enfoque pormenorizado, redundan en desmedro. Aún así habrá quienes, en el futuro, se comprometerán a analizar profundamente al gaucho en el marco de ese pretérito particular, a partir de un relevamiento no sólo de los documentos existentes aquí sino también en los repositorios situados en otros lugares del país.

Así pues, queden remarcadas las limitaciones de estas breves líneas, cuyo objetivo es brindar un somero acercamiento a una temática que, para la historiografía de 9 de Julio, aún se encuentra poco examinada.

Gauchos bonaerenses, según una fotografía de Benito Panunzi, tomada alrededor de 1866. Albúmina.

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EL GAUCHO

Si bien aún existen diversas interpretaciones acerca del origen del gaucho en el Río de la Plata, así como de la raíz etimológica del término, puede convenirse que para finales del siglo XVIII era clara la presencia de  éste, “una forma de vida marginal de campaña , caracterizada por el nomadismo y sustentada por el robo y el contrabando , integrada por gente que no quería, o no podía, atarse a los patrones legales de la época”[3].

Según algunos estudios, el vocablo gaucho podría derivar de la palabra el gancho: “Así se definió a los individuos que, involucrados en el contrabando y comercio ilegal, intentaron atraer a sus negocios a gente de la campaña y de la ciudad, tratando de sumarlos a sus actividades ilícitas”[4]. Otros, prefieren encontrar el origen de la palabra en el araucano gachu, que significa “amigo”. A partir de allí un proceso de trastrueques  de sonidos dentro de la palabra habría generado la derivación en “gaucho”, tal como se conoce al vocablo en la actualidad.

Para Puiggrós, la aparición del gaucho en nuestras tierras tiene que ver con la política de la colonia española: “Mataba la agricultura y la ganadería, destruía los vínculos sociales y contribuía a la descomposición de ese tipo patriarcal de familia, que la moral y la religión imperantes trataban, en vano, de apuntalar”[5].

Llenábase la campaña de “mozos perdidos”, corridos por la miseria y el hambre del viejo hogar, que se mezclaban con los indios y vivía encarnando a unos que, como ellos, habían saltado el cerco de la unidad doméstica, haciéndose cimarrones. Fue creciendo la masa rural que no reconoció oficio, mi gobierno, ni justicia...[6]

Para Pedro Inchauspe, según recoge el mismo Puiggros, “el gaucho nació con los ganados chúcaros de la Pampa abierta; murió con la aparición de los alambrados, las tranqueras, las estancias modernas con corrales, bretes, mangas y haciendas mestizas o puras que hicieron innecesario el hombre del caballo […] vale decir, el obrero de las tareas ganaderas: las recogidas, los rodeos, apartes, yerras, domas y todo cuanto con ellas tenía relación en el campo virgen  de antaño y con los métodos elementales y rudos de su momento”[7].

Hay quienes encuentran la aparición del gaucho desde algún tiempo después de la fundación de las primeras ciudades de la colonia en el Plata. Para finales del siglo XVI, algunos documentos corroborarían la existencia de algunos criollos o mestizos con características similares a las que más tarde habrán de adquirir los denominados “gauchos”.

Los tipos pregauchescos aparecieron y se multiplicaron a consecuencia de la descomposición social que provocara el fracaso de las encomiendas y la ausencia de otro vínculo económico en el poblado… Las expresiones despreciativas -”vagos”, “mozos perdidos”, etc.- tenían un significado relativo: se aplicaban a los gauchos y pregauchos vistos desde el ángulo y  desde los  intereses de la clase dominante en la Colonia. Más aún: en sus comienzos, los llamados “mozos perdidos” representaban el sector más productivo de la sociedad rioplatense, puesto que eran los únicos, con los que con mayor eficacia, daban a los productos del ganado cimarrón valor de cambio, al convertirlos en mercaderías mediante su contrabando, trocándolos con otras mercaderías (pilchas, cuchillos, yerba, etc.), recibiendo dinero que invertían de inmediato[8].

Gran importancia -entiende Perez- tuvo, en la aparición de este tipo de campesino marginal, la transformación del modo productivo  de la principal fuente de riquezas de esta tierra, la ganadería. De la sencilla vaquería en territorio realengo con peones conchabados ocasionalmente y sin cuidados del manejo característicos de la estancia cimarrona, que prevaleció en el siglo XVIII, se pasó con el tiempo a la estancia de alzados, paso intermedio en el camino hacia el manejo racional de los ganados, que culminó en la estancia de rodeos[9].

Estampa y personalidad

Con el correr del tiempo, ya entrado el siglo XIX, el gaucho fue esculpiendo, por así decirlo, su idiosincrasia. Las características tan difundidas por la literatura nacional se fijaron y, de hecho, distinguieron cada etapa concreta de su vida.

Inigualable jinete, en sus largas correrías dedicaba a su tiempo a la caza de animales salvajes con eximia habilidad; con naturalidad y inteligencia, no desconocida por el indio. De los Aucas y de los Pampas ha aprendido a manejar el lazo y las boleadoras, que empleaba para la caza de baguales y otros animales. No utilizó jamás el arco y la flecha, tan imprescindibles para los indios, ya sea para la casa como para su defensa. En cambio se sirvió de la lanza por serle de mayor utilidad a caballo.

Como inigualable jinete, se acrecentaba su figura con admirable maestría en la equitación y el manejo del caballo. El gaucho y su potro se confundían en un solo ser, a la manera del centauro fabuloso. Con el tiempo, fue modificando su montura; el gaucho moderno reemplazó las prendas primitivas para equipar a su corcel, por el “recatado”, freno “coscojero” y riendas trenzadas, y el uso del laso y las boleadoras. También cambió su indumentaria, sustituyendo el calzón usado en los primeros años y el poncho primitivo de colores indios por el calzoncillo cribado, el “chiripá”, chaquetas a la andaluza y por el poncho liso. Llevaba en su cabeza sombrero de cuero, y calzaba botas fabricadas con cuero de potros[10].

El gaucho será el encargado de dar, a sus lomillos, es decir, jergas, matras, caronas, sobrepuestos y cojillos; y a sus aperos, de otro modo, cabezadas, riendas, bozales o fijadores, maneas, boleadoras, lazos, frenos, etcétera, diversas características. Un ejemplo claro resulta el freno criollo, conocido también como “de candado”. La introducción de frenos europeos permitió a los criollos hallar un elemento más funcional, respecto de sus necesidades. En consecuencia, los artesanos procuraron componer nuevos modelos, teniendo en cuenta los prototipos europeos y el gusto particular de los gauchos. Así, por ejemplo, pudo pasarse del freno de hierro forjado con barbada de argolla al modelo porteño con camas de chapa gruesa de acero. En este sentido, al tomar elementos de los frenos marroquíes, “la fantasía del gaucho se unió a la pericia de los plateros rioplatenses para transformar la pontezuela original de hierro en otra de plata que en principio de mantuvo fija”[11].

Hacia 1848, Samuel Greene Arnold (1821-1880), estadista e historiador norteamericano recorrió varias regiones de América del Sur. En su diario de viaje, donde ha descripto paisajes e impresiones de los lugares visitados, dedica algunos párrafos al personaje de las pampas argentinas:

Era un espectáculo bonito ver al joven gaucho que conducía los caballos sueltos cuando corría briosamente alrededor de ellos, para mantener los conjuntos, siempre atajando a alguno que intentaba escapar y luego revoleando la larga lonja de cuero o lazo cuando deseaba capturarlos. Los caballos parecen saber que es inútil  huir y cuando se lo trae para el reemplazo se amontonan para tratar de evitar el lazo, pero es en vano. Los gauchos corren con brío, y usan pequeños estribos, sólo el ancho necesario para la punta del dedo mayor del pie y frecuentemente llevan el estribo de cuero entre el dedo mayor y el siguiente, apretado con el estribo, en lugar de poner el pie en él y aún a veces andan sin ningún estribo. Sus ponchos rojos, agitados por el viento, producen un hermoso espectáculo[12].

Promediando el siglo XIX algunos autores lo entendieron -al gaucho- como una forma de barbarie. El mismo Sarmiento afirmó que odiaba a la barbarie popular, distinguida por la “chusma” y el “pueblo gaucho”. Para los intelectuales de esa época, evidentemente la campaña bonaerense distaba bastante de la vida erudita de los salones europeos; mejor aún,  nada tenía que ver con el proyecto de nación que se vislumbraba y proyectaba para el denominado “desierto”. Para De Paoli,  “el gaucho conservaba el apellido paterno, los sentimientos católicos de sus antepasados, las costumbres hispánicas que le eran ancestrales: tenían el culto de la hospitalidad; la hidalguía de su estirpe peninsular que llevaba en la sangre; la nobleza de los sentimientos caballerescos más elevados,  y un gran don de gente”[13].

La aparición de algunas piezas literarias, al parecer, contribuyó a acercar la sociedad occidentalizada con  el gaucho, la figura genuina de la llanura pampeana. La lectura del poema de José Hernández originó en algunos ilustrados  de entonces cierta reflexión en torno al personaje telúrico.

José Tomás Guido, en una carta del 16 de noviembre de 1878, dirigida a José Hernández le sugería comparara las cualidades de los gauchos con la de los campesinos de otros países. Según este hallaría en la figura rioplatense del criollo una raza genuina con mayor relieve, por así decirlo, que la de los demás países. En efecto, para Guido, “hay en el representante primitivo de nuestra nacionalidad, una mezcla singular de astucia y de candor. Pero domina entre los afectos de su alma  y la  idolatría de su independencia”[14].

El historiador Adolfo Saldías, en un juicio crítico acerca de “Martín Fierro”, analiza la participación de gaucho en algunas etapas de la historia nacional. En una parte de sus relatos entendía que estaba sumergido en, algo así como, una noche en la historia, “noche larga sin otra luz que la de cuatro estrellas que indican ese Sud en nuestra Pampa. Su huella ha sido la del martirio abnegado, su vida la del combate con la adversidad, su destino el  de los eternamente desheredados, su único consuelo el desierto inmenso, que siempre revivió bajo sus plantas, prodigando a su rey  desventurado sus flores, sus brisas  y sus aguas para que recuperara sus fuerzas, allí a la sombra del ombú, bajo el cual se levantó alguna vez su rancho de paja en que desapareció con su mujer y con sus hijos…”[15].

La personalidad del gaucho, como se dijo, fue forjándose progresivamente: “Valiente y decidido en grado sumo, nunca volvía la espalda por grande que fuera el peligro que lo acechaba. Entre sus cualidades se destaca su carácter voluntarioso y firme hasta el extremo,  no existiendo para el valla ni obstáculo que se le opusieran en la realización de sus propósitos. Estas modalidades innatas de gaucho primitivo, perduraron a través del tiempo y del espacio, pero luego se fueron morigerando y menos rígidas por un indicio de civilización a medida que se iba acercando a ella, atenuándose en su matiz salvaje”[16].

Entrado el siglo XX y con el correr de éste, el gaucho habrá de adoptar nuevas dimensiones. Ahora, habrá de adaptarse a una sociedad cuyos avances surge, día a día, de modo vertiginoso, antes que condenarse a una extinción… Pero el gaucho, mantendrá  su raíz esencial, aquella misma que le marcó en tiempos de la Colonia, en las guerras independentistas, la frontera o los campos de batalla. No habrá viento huracanado, por más violencia que acarree, capaz de derribar del ser colectivo de la sociedad argentina esa figura señera para la identidad.

Guachos delante de una pulpería de campaña, según una fotografía de Benito Panunzi, tomada alrededor de 1868. Albúmina.

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EL GAUCHO EN EL TRASFONDO DE LA HISTORIA DE 9 DE JULIO

Una de las primeras menciones acerca de la presencia de los gauchos cerca de 9 de Julio puede encontrarse en la rica relación epistolar que, a poco de fundarse la comandancia militar -que más tarde daría origen al pueblo- el coronel Julio de Vedia (1826-1892) mantuvo con el presidente de la República, general Bartolomé Mitre. En un documento, datado el 24 de noviembre de 1863, de Vedia explica a su hermano político que “la cruzada de aquí a Rojas no es muy segura; por afuera es larga y sola y sin recursos, y por dentro, algo peligrosa, pues de aquí al Salto es una madriguera de gauchos malos”[17].

Puede intuirse que, el gaucho -el mestizo, el indio, el criollo- formaron parte de la primitiva población del pueblo “9 de Julio”, durante la etapa fundacional. A ellos, quizá les cupo arribar formando parte de la milicia, o establecerse como habitantes civiles, para el trabajo de la tierra. Sin dudas, muchos de ellos se encontraban entre los 1.077 varones argentinos que poblaban el Partido de 9 de Julio, según el censo de 1869[18]; así como entre los 4990 bonaerenses, 133 cordobeses, 475 santiagueños, 17 entrerrianos, 68 santafecinos; 23 mendocinos, 2 correntinos, 1 salteño, 41 tucumanos, 73 puntanos, 11 sanjuaninos, 3 riojanos, 15 catamarqueños, 554 indígenas y 300 argentinos sin especificación de lugar de nacimiento, que vivían en 1881[19].

Muchas de los denominados “juegos criollos” o “camperos” se emplearon como medio recreativo prácticamente desde los años de la fundación del pueblo. La taba, las carreras cuadreras y de sortijas, y las riñas de gallos eran, presumiblemente, algunos de los regodeos habituales entre los habitantes del pueblo; tal vez, por iniciativa de los gauchos.

9 de Julio contaba, para 1867, con un reñidero público. Establecimiento que era administrado mediante una vigilancia impuesta por las autoridades municipales. Frente a cualquier incidente que se suscitara en el reñidero, era de práctica la intervención de la justicia de paz, o en su defecto, el arbitro de algunas personalidades representativas en la sociedad de entonces.

A raíz de esta práctica tan extendida, aún fuera del reñidero oficial, surgieron los entendidos en el dominio de una especie de “galli-cultura”. Es decir, eran bien reconocidos en los pueblos de campaña quienes conocían las cualidades de los animales; pues, los ‘naranjos zarbudos’ eran diferentes de los ‘overos negros’, como los ‘calcutas negros’ lo eran de los ‘cenizos oscuros’, y éstos, a su vez, de los ‘colorados patas blancas’, de los ‘bataraces’, de los otros llamados ‘giros reales’, ‘malayos’, ‘cochinchino’, ‘bayo inglés’ etcétera”[20].

Respecto de las carreras, éstas se realizaban con cierta asiduidad en ocasión de fiestas patrias o actos oficiales.

Hacia los primeros años de la década de 1880, 9 de Julio había contado con un Club de Artesanos. La falta datos concretos sobre esta institución nos priva conocer la identidad y las especializadas que abrazó cada uno de ellos; ni mucho menos la vinculación de esta con los habitantes criollos. Lo cierto es que, para septiembre de 1886, su patrimonio era liquidado y  pasaba a pertenecer a la Sociedad Italiana “Amistad y Trabajo”[21].

Los gauchos debieron salir quizá de su forzado anonimato con motivo de algún hecho de armas o durante los asaltos a las poblaciones formando parte de los malones. El 15 de noviembre de 1877, fecha en que los aborígenes invadieron las tierras del distritos por última vez, los “gauchos matreros” participaron del ataque.

Buenaventura N. Vita, primer historiador de 9 de Julio, en su brillante trilogía, al analizar las características de la población nuevejuliense, hacia 1886, le dedica algunos párrafos. He aquí uno de ellos, donde deja entrevés su natural vivacidad narrativa:

 El gaucho, en su inmensa mayoría, no conocía por entonces, como prendas de vestir, más que la camisa de bayeta, un poncho enhorquetado en el cuello, el chiripá, botas de potro con sus nazarenas, y la rastra de plata -el que podía-, de la que sujetaba –atravesándolo en la parte de atrás- el facón, que le servía tanto para cortar la sabrosa carne con cuero […], como para despachar un alma para el purgatorio[22].

 

– 3 –

LAS INSTITUCIONES TRADICIONALISTAS

No puede precisarse con exactitud la época más remota en la cual pudo haberse manifestado un interés comunitario o institucional por el cultivo de la música o el arte “campero” o “criollo”. Ciertamente, a comienzos del siglo XX arribaron a 9 de Julio, en esporádicas presentaciones, algunos cultores de la música popular, folklórica. En febrero de 1906 el prestigioso payador Gabino Ezeisa , acompañado por un guitarrista, ofreció una demostración de su arte en el teatro “Rossini”[23].

El sábado 11 y el domingo 12 de marzo de 1911, en el bar y cinematógrafo “Americano” -propiedad de los hermanos Güida- se  hubo presentado también Pedro Garay, otro mentado payador de la época. En el verano de 1902, Carlos Gardel acompañado por Martino realizó algunos números “camperos” en el café “Primer Centenario” -propiedad de Oreste Amerio-, ubicado en la Avenida Vedia y San Luis.

Años, más tarde efectuaron sus presentaciones, con números folklóricos, Santiago y Obidio Hidalgo; y más tarde el payador Higinio Cazón[24].

Si se continúa refiriendo acerca de números artísticos o conciertos, por así expresarlos, realizados en 9 de Julio y vinculados al folklore nacional, como es factible suponer, tal vez podría llegarse confeccionara una amplia lista, finalizará que no se relaciona con el objetivo de esta breve reseña.

Sin embargo recién en la década de 1930 puede advertirse en la comunidad un interés, casi generalizado, por revalorizar la belleza del folklore y las tradiciones gauchas. A comienzos de ese decenio se encontraba radicado en la ciudad Enrique Ghiozzi, quizá por entonces uno de los hombres más vinculados con el ambiente criollo, desde el punto de vista tradicionalista, en 9 de Julio. Ghiozzi sugirió a un conjunto de vecinos la idea de fundar una institución criolla, un centro dedicado a la revalorización de aquellos símbolos y motivos propios de nuestra tradición.

EL Círculo Tradicional “Los 25”

Aquel proyecto despertó especial interés. De hecho el 9 de diciembre de 1933 fueron elegidas las autoridades que habrían de regir sus destinos: Doctores Pablo A. Subirá y Juan B. Ormaechea, presidentes honorarios; Enrique Ghiozzi, presidente; Arturo Arzuaga, secretario y Antonio Lisazo, tesorero.

El número de los socios fundadores -Doctores Subirá y Ormaechea, Zenón R. Gamboa, Antonio Lisazo, Juan Bonfiglio, Santiago Baztarrica, Juan B. Baztarrica, Carlos Ortiz Costa, Antonio Zabala, Juan y Natalio Albano, Teodoro Monasterio, Alfredo Ormaechea, Julio Gornatti, Pedro Peralta Ramos, Ernesto Esnoz, Enrique Ghiozzi, Tomás Zabala, Eduardo Hayes, Rafael Failache, Arturo Arzuaga, José Scalice, Manuel Larreta, José Etchevers y Guillermo Sinnot- , fue el que determinó su nombre: el Círculo Tradicional “Los 25”. El lema que adoptó la institución no debió ser más expresivo: “Mantener latente en el espíritu el vínculo de amistad social aportó todos los medios a su alcance, a la elevación moral e intelectual de sus asociados, mediante la realización de reuniones diarias, en las que se intercalarán números de canto, bailes tradicionales, fiestas campestres, declamaciones y todo lo que tienda a cultivar el arte nativos vano”[25].

Puede resultar evidente comprender que el círculo pretendió gestar una actividad dinámica desde su origen. En enero de 1934 fue realizada la que, sin dudas, fue la primera presentación en público.

Dentro de un ambiente de camaradería se hicieron honores a opíparos asados a la criolla y luego con numerosos números gauchescos se evocó la tradición y se rindió amoroso culto a la amistad y el buen humor...[26]

El 19 de marzo del mismo año, en el predio de la Sociedad Rural local se desarrolló otra importante fiesta, que tuvo como objetivo “mantener latente el espíritu del pueblo, la tradición nacional”. Este espectáculo cobró un brillo especial, muy superior al alcanzado hasta entonces.

Por la mañana, -registra una crónica de la época- después de visitar a las autoridades municipales, donde el presidente del círculo […] presentó a aquellas su saludo por medio de un conceptuoso discurso, al que contestó el intendente municipal señor Fauzón, un conjunto de criollos que con sus vestimentas evocaban las románticas épocas de nuestra tradición gaucha, jineteando briosos ‘pingos’ en los que rivalizaban los emprendados, recorriendo las principales calles de nuestra ciudad a cuyo paso recogieron muchos aplausos.

En la casa municipal el joven Manolo Ormaechea, que aunque sabe calzar el zapato charolado de los puebleros, tiene en el fondo del alma esa veta romántica de los criollos de ley que se emociona a ante las dulces notas de una vigüela o del perfumado aroma del ceibo que parece traer en brazos y de la brisa del suspiro de la mujer amada, también saludó a las autoridades con una bella improvisación que le valió una entusiasta ovación.

 Terminado el almuerzo se efectuaron numerosos bailes y cantos […] destacándose con nítidos relieves el conjunto de guitarras.

En medio de una extraordinaria concurrencia se iniciaron  las carreras de sortijas en las que los participantes lucieron sus habilidades, resultando ganadores: Alfredo Ormaechea, primer premio; Marcos Zabala, segundo premio; J. Brescia, tercer premio[27].

Progresivamente el círculo fue incorporando nuevos miembros. Para 1938, incluso, había “realizado ampliamente el plan propuesto al fundarse”, pues en término de pocos años concretó varias fiestas de carácter popular y desfiles de carretas con motivo de las conmemoraciones patrias, y diversos números tradicionalistas destinados a la beneficencia.

Para ese año se habían incorporado: Pedro Ferrere, Juan Carabajal, Ramón N. Poratti, Balbino Pérez, Enrique Díaz, doctor Leo Antunovich, escribano Gustavo Ferrere,, Victorio Argentieri, Daniel Arzuaga, Adolfo Luján, Manuel L. Ormaechea, Nemesio Gutiérrez, Carlos Micheau, Carlos Benzo, Germán H. Camou, Juan Fons, Antonio Amaya, Alberto Cacciatore  y Eduardo Aizpuru. A más existía un  buen conjunto orquestal, integrado por Fermín Failache, Pedro Ferreyra, José Cewllio, Raúl Cacciatore, Guillermo Platolino, Eleodoro Lozzi, Oscar Bruno, Santiago Kirchner, Luis y Carlos Choy, Guillermo Holstein, Ángel Medina, “Jorge Omar” Ormaechea, Oscar y Raúl Bustamante, José Venegas y Salvador Villaroia; dos recitadores, Osvaldo Cabanillas y Zulema Correa; cuatro zapateadores, Sabino Luna, Nemesio Gutiérrez, Eleodoro Lozzi y Salvador Villaroia[28].

Además figuraban como socios honorarios, Bernarda A. de Ormaechea y Eduardo A. Fauzón, y cerca de 102 de asociados; y mantenían vínculos de camaradería con instituciones similares en otros lugares de la provincia.

Jinetes, miembros del Circulo “Los 25”, montando frente al Palacio Municipal, el 19 de marzo de 1934.

Centro Tradicionalista “Pampa y Cielo”

Desde cerca de 1949 y hasta 1952  funcionó en la ciudad la agrupación “Pampa y Cielo”. Centro tradicionalista, conjunto de baile y música, había sido fundado por Sabino Luna, descollante zapateador, quien hacía las veces de director de baile.

Entre quienes conformaba ese centro, cuya finalidad era la  de amenizar fiestas y encuentros en 9 de Julio y la zona, puede citarse Oscar Sendoya, Aníbal Villagra, Norma Edith Barba, Cayetano D’Amico, y Pocha Villagra, entre otros. El cuerpo de músicos lo componían, Martín Luna, guitarra y primera voz; Carlos y Dardo Luna, guitarra; Eleodoro Lozzi, bandoneón[29].

Escuela de Arte Folklórico 

En 1960, la profesora Elba Tatasciore fundó la Escuela privada de Bailes Folklóricos, establecimiento que dirigió por espacio de treinta años hasta entrada la década de 1990.  A lo largo de su vida educacional la escuela de la profesora Tatasciore sentó las bases de un verdadero estilo, a partir de la rica personalidad de su fundadora.

Los emprendimientos de ésta dejaron en la sociedad nuevejuliense frutos muy plausibles. Algunas de las alumnas egresadas de entre sus filas hubieron sobresalido en la danza o en la docencia.

Los completos programas de estudios no solamente estaban orientados a la “parte bailable del folklore”, sino también “a estudiar en nacimiento y destino de cada danza, su significado y distintas interpretaciones”[30].

Poco más de un lustro más tarde, de creada la escuela, fue incorporado a la misma el Coro de Niños “9 de Julio”, destinado a ofrecer canciones vernáculas. La dirección del mismo, en principio, estuvo a cargo de la profesora Tatasciore conjuntamente con el hermano Lorenzo Aspe, de la comunidad marianista del Colegio “San Agustín”[31].

Centro Folklórico “Las Nazarenas”

Si bien fue el 30 de junio de 1961, cuando un grupo de vecinos, reunidos en el edificio de la antigua Escuela Nacional de Comercio, constituye una comisión provisoria, organizando el centro folklórico que más tarde adoptaría el nombre de “Las Nazarenas”, su génesis debe hallarse un poco antes.

La incorporación de la danza folklórica al programa de estudio de los establecimientos educativos, durante el gobierno del general Perón, motivó a algunas docentes para unirse a un grupo de hombres con la finalidad de familiarizarse con las danzas criollas. De ahí en más, surgió un centro tradicionalista, al que denominaron “Cla Lauquen” y cuyas reuniones solían realizarse en la esquina de Libertad y Primer Centenario (hoy Avenida San Martín).

Si bien “Cla Lauquen” se extinguió poco más tarde, hubo quienes desearon proseguir la obra iniciada allí, y sostuvieron la formación del Centro Folklórico que, al principio, tomó la denominación de “9 de Julio”; y cuyo eje debía ser el fomento del “sentimiento de nacionalidad y respeto a la patria, a sus símbolos y héroes”, para lograr “través de diversas actividades […] propender al desarrollo de la sociabilidad y de la cultura”.

[…] un grupo de habitantes de nuestra ciudad, integrado por trabajadores, estudiantes, profesionales, es decir, de todos los niveles sociales sé nucleaban para formar una institución con el fin de practicar, desarrollar y enseñar todo lo relacionado con nuestro acerbo nativo[32].

Las clases de danza principiaron hacia agosto de 1961, dictadas por el profesor Ernesto del Cerro. Al mes siguiente, el lugar elegido en un primer momento resultó pequeño, obligando a solicitar un espacio provisorio: el hall de la Escuela nº 3.

Hacia noviembre de 1961, Luis Bombini –quien ocupaba la presidencia de modo provisorio- entregó la titularidad de la institución a Sixto Font, quien habrá de presidirla por cerca de diez años. La denominación de “Las Nazarenas” fue adoptada por aquiescencia general de sus miembros, a partir de una moción presentada por la docente Nélida Elescano.

En octubre de 1962, Alois A. Sáenz, a la sazón  comisionado municipal de Nueve de Julio, decretó la concesión “a título precario y gratuito” del terreno ubicado en la esquina de Entre Ríos (después Arturo Frondizi) y Maestro Cavallari.  Sobre esa base fue construido el rancho, hoy sede social del centro, según el diseño del ingeniero Juan Carlos Schiaffino y de la arquitecta Ana María Llorente; edificación que fue inaugurada el 19 de noviembre de 1963.

La escrituración de ese predio fue realizada a mediados de la década de 1970, después de la donación definitiva que de él realizara la Municipalidad, por ordenanza del 14 de agosto de 1974.

En 1973, en torno a las tramitaciones tendientes a la obtención de la personería jurídica, fue aprobado el estatuto del Centro Folklórico “Las Nazarenas”. En el artículo 2º de este instrumento se fijan los objetivos institucionales de una forma más precisa: “a) Propender al desarrollo de la sociabilidad, cultura e ilustración de sus asociados y proporcionar a los mismos un local o locales apropiados a tan fin; b) Formar y sostener una biblioteca popular; c) Formar y sostener un museo histórico relacionado con nuestras costumbres nativas; d) Fomentar la enseñanza de danzas folklóricas […]; f) Fomentar el sentimiento de nacionalidad y respeto a la patria, a sus símbolos y héroes…”[33].

La década de 1990 y la fundación de los centros tradicionalistas

A lo largo de buena parte de la década de 1990, como es factible advertir en el cuadro que se ofrece más adelante, fueron creados siete centros tradicionalistas. Un hecho sumamente importante que revela la fuerte impresión que mantienen, sobre la comunidad del Partido de Nueve de Julio, las costumbres folklóricas.

 

CENTROS FOLKLORICOS FUNDACIÓN PRIMER PRESIDENTE PRIMER SECRETARIO LOCALIDAD
CENTRO TRADICIONALISTA EL “PIHUELO” 21-XII-1981 9 DE JULIO
CENTRO TRADICIONALISTA “TRES LAGUNAS” 7-II-1996 LEOPOLDO PONCE 9 DE JULIO
CENTRO TRADICIONALISTA “CACIQUE PINCEN” 30-III-1996 RAUL BOZZUFFI ANTONIO ROCCA LA AURORA
CENTRO TRADICIONALISTA “EL PICAZO” 4-VI-1995 JOSÉ LEIVA PATRICIOS
ESCUELA DE DANZAS NATIVAS Y FOLKLORE 8-VIII-1986 SELVA M. DE ARANDA 9 DE JULIO
CENTRO TRADICIONALISTA “DR. CASAREO F. LOZANO” 30-VIII-1998 ANTONIO E. ROCCA SUSANA B. ACUÑA LA AURORA
CENTRO TRADICIONALISTA “EL OVERO” 3-I-1999 JUAN C. DIAZ LUCIANO MACCARONI A. DEMARCHI
CENTRO TRADICIONALISTA”FLOR DE CARDO” 20-XII-1998 JORGE O. RODRIGUEZ ALICIA N. MONTENEGRO 9 DE JULIO
AGRUPACIÓN GAUCHA 9 DE JULIO 15-V-1998 EVELINA R. MACHIONE HECTOR J. GORZA 9 DE JULIO
GRUPO DE DANZAS PATRICIOS 26-VII-2002 MARCELA G. DE MOYANO RAQUEL HERRERA PATRICIOS
CENTRO TRADICIONALISTA “EL CIMARRON” 25-I-2002 ISIDRO RICO CRISTIAN CORBETTA DUDIGNAC

 

Al recorrer los objetivos plasmados en sus estatutos, es decir, la finalidad que cada una de las instituciones ha puesto como norte de sus emprendimientos, se encuentran instancias comunes, las cuales no son simples coincidencias ni bruscos convencionalismos: “Defender las raíces y las buenas costumbres de nuestros antepasados…”[34], y “realzar e incrementar los valores tradicionalistas de nuestra tierra; propendiendo a generalizar en la niñez y juventud las virtudes del gaucho, del caballo, la sapiencia del folclore…”[35]. En ello parece haber un fin último, la dignificación de nuestra raíz criolla[36] como experiencia fundante para redescubrir nuestra identidad.

NOTAS

[1] Entiéndase por éste, no sólo la visión ya clásica del gaucho que pobló nuestras pampas, sino también ese arquetipo que la simpleza de Molina Campos quiso plasmar: “jinete de buen caballo o matungo, trasegador en el almacén de su vasito de caña entre risotadas chacotas, pobretón”, “el que se crea cotidianamente alrededor de los fogones de la estancia tomando su mate del atardecer bajo el alero del rancho…” (OSVALDO R. PAMPARADA (real. gen.), Florencio Molina Campos. Su vida a través de su obra, s.l., Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires-Banco Provincia, 1989, pág. 4s.).

[2] Archivo de la Secretaría de Relaciones con la Comunidad de la Municipalidad de 9 de Julio, 9 de Julio  (en adelante, A.S.R.C.), Institución nº 67, Estatuto del Centro Tradicionalista “El Pihuelo”, 1990, folio1 [documentación consultada en 2003].

[3] Osvaldo Antonio Perez, “Los orígenes del Gaucho. La vida malentretenida en la campaña rioplatense a fines del siglo XVII”, en INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTORICAS “JUAN MANUEL DE ROSAS” (et al.), Congreso Nacional de Historia Argentina. Celebrado en la Ciudad de Buenos Aires del 23 al 25 de noviembre de 1995…, Buenos Aires, Comisión Académica Post Congreso, 1997, t. 1, pág. 73.

[4] Ibidem, pág. 85.

[5] RODOLFO PUIGGROS, De la  Colonia a la Revolución, 4ª ed., Buenos Aires, Leviatán, 1957, pág. 155.

[6] Ibidem, pág. 155.

[7] Ibidem. Tomado de La Tradición y el gaucho, Buenos Aires, Kraft, 1956, pág. 34.

[8] PUIGGROS, op. cit., pág. 156.

[9] Pérez, loc. cit., pág. 74.

[10] ANGEL LUIS ZAPPA, El Caballo. Su protagonismo histórico, La Plata, Ediciones Argentinas, 1998, pág. 108s.

[11] ALBERTO MARTÍN LABIANO, Frenos, filetes y otras cosas, Buenos Aires, Hemisferio Sur, 1980, pág. 62.Cfr. JUSTO P. SAENZ, Equitación gaucha en la Pampa y la Mesopotamia, 4ª ed., Buenos Aires, Peuser, 1959.

[12] SAMUEL GREEN ARNOLD, Viaje por América del Sur. 1847-1848, Buenos Aires, Emecé, 1951, pág. 176.

[13] PABLO DE PAOLI, Sarmiento. Su gravitación en el desarrollo nacional, Buenos Aires, Teoría, 1964, pág. 84.

[14] “Juicios críticos sobre Martín Fierro”, en JOSE HERNÁNDEZ, El Gaucho Martín Fierro, 15ª ed., Buenos Aires, Librería “Martín Fierro”, 1894, pág. XIII.

[15] Ididem, pág. XIV, carta del 16 de noviembre de 1878.

[16] ZAPPA, op. cit., pág. 109.

[17] Archivo del General Mitre, “Presidencia de la República. 1862-1868”, Buenos Aires, Biblioteca “La Nación”, 1913, t. XXIV, pág. 40.

[18] BUENAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1870, La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1938, pág. 88s.

[19] Censo General de la Provincia de Buenos Aires. Demográfico, agrícola, industrial, comercial… verificado el 9 de octubre de 1881…, Buenos Aires, Imprenta de “El Diario”, 1883, pág. 236.

[20] RICARDO M. LLANES, Canchas de pelotas y reñideros de antaño, Buenos Aires, s.e., 1981, pág. 57 (Serie “Cuadernos de Buenos Aires, nº 58).

[21] BUENAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1900. Prima versio. Original mecanógrafo inédito, en el Archivo y Museo Histórico “Julio de Vedia” de 9 de Julio, pág. 707.

[22] Ibidem, pág. 694s.

[23] “El Porvenir”, año XI, nº 1.188, 9 de Julio, 25 de febrero de 1906, pág. 1.

[24] Datos proporcionados por Néstor José Gutiérrez, miembro de la Junta de Estudios Históricos.

[25] Album “El Orden”, 9 de Julio, 1938.

[26] “El Orden”, año XIV, nº 917, 9 de Julio, 9 de enero de 1934, pág. 4.

[27] “El Orden”,  nº 936, 20 de marzo de 1934, pág. 4.

[28] Album, cit.

[29] Datos aportados por Martín Luna a Néstor Gutiérrez.

[30] ELINA LIDIA MALDONADO, Nueve de Julio (Pcia. Bs. As.) Educación y cultura, Nueve de Julio, 1972 (monografía inédita presentada al 6º Concurso de Monografías Inéditas sobre la Historia de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires), pág. 71.

[31] Ibidem.

[32] Fragmento del mensaje presentado al Concejo Deliberante de 9 de Julio, por el concejal Sixto Font, en agosto de 1974.

[33] A.S.R.C., Institución nº 13, Estatuto del Centro Folklórico “Las Nazarenas”, 1973, folio2.

[34] A.S.R.C., Institución nº 138, Estatuto del Centro Tradicionalista “El Overo”, 1999, folio3.

[35] A.S.R.C., Institución nº 139, Estatuto del Centro Tradicionalista “Flor de Cardo”, 1998, folio5.

[36] A.S.R.C., Institución nº 128, Estatuto de la Agrupación Gaucha 9 de Julio, 1997, folio3.

 

 

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