3 marzo 2021

La industria, agente de progreso en las décadas iniciales de 9 de Julio

Detalle de una fotografía panorámica tomada por Rafael Adobato a comienzos del siglo XX. Se observa en la imagen la chimenea de una industria nuevejuliense: el Molino Harinero «San Martín».

Por Héctor José Iaconis.

El 29 de abril de 1852, en el periódico Los Debates, el general Bartolomé Mitre se refería al problema de las fronteras con al aborigen, que consideraba “una de las herencias que nos ha dejado la dictadura”[1]. En el prolongado artículo aprovechaba para explicar su pensamiento, a ese respecto. Sugería, así, el establecimiento de “colonias militares ganando terreno sobre los salvajes[sic]”[2], y el empleo de los efectivos de la milicia para los trabajos públicos en aquellos lugares donde se hallaban acantonados, entre otros aspectos.

En octubre de 1862, el general Mitre fue elegido presidente de la República. La seguridad de las fronteras, de la campaña de la Provincia, se convirtió en un proyecto esencial, entre los que se propuso desde el principio de la gestión. Ese proyecto encontró  acogida y solicitud en su ministro de Guerra y Marina, general Juan Andrés Gelly y Obes.

Para Martínez Sarazola, “la consecuencia inmediata es la expedición de Julio de Vedia contra los ranqueles, realizada a fines de 1862 y principios de 1863. Las tropas llegaron hasta Leuvucó y Trenel y provocaron la desbandada de los indígenas que no pudieron evitar la perdida de por lo menos 50 hombres”[3].

El comandante Vedia, hermano político de Mitre, revistaba como jefe de la Frontera Oeste, con asiento en Bragado, desde mayo de 1860 [4]. No obstante,  su expedición a los ranqueles no había resultado del todo efectiva,  significaba la “penetración más profunda al corazón de la pampa hasta entonces”[5].

En mayo de 1863, Vedia recibía la efectividad en el rango de coronel[6].  El doctor Zevallos parece dar a interpretar que ese ascenso era una forma de recompensa por aquella campaña, a la cual denomina “sableada feliz en medio de tantas derrotas”… Hoy podemos permitirnos dudar de ello.

La fundación de un pueblo, en Cla Lauquen

Ciertamente, con bastante anticipación a la fecha concreta de fundación, el coronel Vedia, proyectaba establecer la comandancia en un punto más alejado, el lugar denominado “Tres Lagunas” (Cla Lauquen), como una manera segura de avanzar fuera de la línea de frontera. De hecho, en diciembre de 1860 había solicitado en arrendamiento “una estancia de propiedad pública, afuera de fronteras”[7], con intención de poblarla.  Dos años más tarde la mensura fue diligenciada por el agrimensor Miguel Vaschetti quien, al tiempo, realizaba otras en las inmediaciones del paraje.

Algunos planos de comienzos de 1863 ya versan la inscripción “Fortín proyectado por el Coronel  Vedia para establecer en él la Comandancia del Centro”, en la zona de Cla Lauquen.  En un plano fechado el 20 de agosto de 1863, se encuentra trazado algo así como el proyectado ejido de un pueblo, con la inscripción “Nueve de Julio (Comandancia del Centro)”. Estos, como otros indicios, dan lugar a comprender acerca la antelación con que el jefe de frontera preveía la nueva ubicación del campamento militar, y la creación del pueblo.

Hacia la mañana del lunes  26 de octubre de 1863, el coronel Vedia marchó con rumbo a “Tres Lagunas”. Movilizaba consigo 2 jefes y 11 oficiales de la comandancia; 2 jefes, 20 oficiales, 260 soldados de tropa y 87 familias, del Regimiento 5º de Caballería; 2 jefes, 15 oficiales, 213 soldados y 38 familias, del Batallón 9º de Infantería; 2 oficiales y 87 soldados de una compañía de Guardias Nacionales; 5 oficiales y 100 soldados, de las 1ª y 2ª compañías del Regimiento 7º; 3 oficiales y 108 soldados, del Regimiento 18º; 13 oficiales, 104 soldados y 190 familias, de las tribus de Melinao y Rondeao; y 1 coronel graduado y 14 oficiales, de la tribu de Coliqueo[8]. Parte de esas fuerzas provenía desde Bragado y otras se hallaron acantonada en 25 de Mayo y en los fortines “El Mangrullo”, “Baldebenito” e “Hinojo”.

Al día siguiente, acamparon, según Buenaventura Vita, “al oeste de la laguna central de las Tres Lagunas”. Emilio Carballeda, uno de los civiles que arribó con las tropas, considerado “el primer comerciante”, relató parte de aquella experiencia en las ediciones del periódico “El Porvenir”, entre julio y agosto de 1903: “El coronel don Julio de Vedia, estableció su campamento circundando la laguna principal, punto estratégico, seguramente, que estorbaba a los Indios […] que a continuo invadían los partidos de 25 de Mayo y Bragado. Servirle de apostadero para, después de sus largas jornadas, dar descanso a la caballada por algunos días, en un campo abundante de buenos pastos, como ser gramilla fina, trébol de olor, cebadilla y agua dulce”.

“No era –prosigue Carballeda-, pues, extraño, que disipando este paraje, solamente de diez o doce leguas de los partidos designados, los Indios invasores, en menos de una noche de marca, efectuaran en la madrugada sus malones, cautivando mujeres y niños, y llevándose las haciendas que encontraban en sus irrupciones”[9].

En los días inmediatos, el coronel Vedia ordenó la materialización de los primeros trabajos, a fin de  que, de ser necesario realizar cualquier movimiento, “pueda quedar aquí un piquete con toda seguridad”. En efecto, al cuarto día ya se había construido “un potrero para la hacienda, y el cuadro”[10].

Vedia, comunicó de inmediato el general Gelly y Obes la nueva situación del campamento, explicando que había dispuesto para él la denominación de “Nueve de Julio”. El 3 de noviembre,  Gelly y Obes se dirigía al gobernador de la Provincia, Mariano Saavedra, para informar, entre más, que habiendo sido ocupado “el punto denominado Tres Lagunas”, “un gran número de vecinos solicitan formar un pueblo”. Al día siguiente, el gobernador contestaba al ministro, “persuadido de la conveniencia de fundar el mencionado pueblo en el paraje indicado”, tomaría “las medidas necesarias para la más pronta realización de su pensamiento”[11].

De esa forma, fueron sentadas las bases fundacionales del pueblo. Una comandancia militar que se adelantaba, conquistando un trozo más de tierra al aborigen, en un desierto poblado de vida.

Las primeras industrias

La necesidad de dar abrigo a la tropa y el proyecto de establecer el pueblo de modo definitivo motivó a  Vedia para contratar dos horneros poco antes de partir de Bragado. Aún así, los hornos de ladrillos no se levantaron inmediatamente, pues carecían de las herramientas manuales necesarias.

Las obras iniciales debieron realizarse con cierta lentitud. El 5 de noviembre, en una esquela que dirigía al general Mitre, Vedia, escribía que “los trabajos siguen aunque lentamente; con sobrados brazos, nos escasean las herramientas. Hay entusiasmo por el nuevo pueblo”. Diecinueve días más tarde, aún aguardaba quemar la primera hornalla y, para febrero, haber obtenido trescientos mil ladrillos.

Quemados los primeros ladrillos, éstos le servirían para construir el hospital, que a la sazón consideraba como una de las necesidades primordiales. Carballeda, en su Memoria, expresa:

El general Vedia estableció dos hornos de ladrillo, que se elaboraba con soldados dirigidos por don Domingo Iraizos y Graciano Iriarte. Pero, el ladrillo que se hacía, si bien era destinado para hacer cuarteles y habitaciones para la oficialidad, el entonces coronel Vedia, fomentando el progreso de la población, se los facilitaba a particulares, con condición de devolverlos, así que se establecieran hornos particulares, que no tardaron mucho en formarse.

Existen algunas divergencias acerca de la identidad de los dos primeros horneros. Según Vita uno de ellos habría sido Antonio Maya. Otras referencias  incluyen a Martín Baztarrica (Cfr. “La República”, revista ilustrada, año VII, nº 15, Buenos Aires, junio de 1926).

A partir de entonces, con el surgimiento de esta, la primera industria, pudieron levantarse algunas construcciones más sólidas[12]. En abril de 1865 ya se existían 150 casas, edificadas con diferentes materiales.

El 12 de febrero de 1864, el gobernador de Buenos Aires, Mariano Saavedra, expidió un decreto, a los efectos de proceder “a  la fundación de un nuevo pueblo que se denominará Nueve de Julio”. Asimismo comisionó al agrimensor Vaschetti para realizar la traza del mismo, trabajo emprendido en mayo del mismo año. El 19 de julio de 1865, fueron creados diez nuevos partidos, entre ellos Nueve de Julio.

Entre las primeras industrias surgidas en aquellos años, juntamente con los hornos de ladrillos, prosperó la de la  fabricación del pan.

“El segundo poblador -prosigue el relato Carballeda- fue don Tomás Vío, quien a principios de enero de 1864, pobló un rancho de junco, en el ángulo Nort-Oeste y Sud-Este de la plaza delineada por el general Vedia, donde estableció una panadería, en la que se vendía pan de carocillo  por blanco…”.

También la instalación de los molinos de harina, cuya rueda era movida por medio de una caballería fue un buen aporte al incipiente mercado fundacional; tal vez, poco antes de la partida del coronel  Vedia, hacia los campos de batalla del Paraguay. En una carta, datada en Nueve de Julio, el 24 de abril de 1865, dirigida por  Vedia a su amigo, el agrimensor Vaschetti, le indica: “la obra de la panadería va adelante” y cree “pronto […] podrá mandas [Vaschetti] las atahonas”[13].

En el primer lustro que siguió a la fundación del partido, puede advertirse, su aumento poblacional y productivo no habría sido tan significativo. Es que “en los comienzos, el núcleo inicial constituyó un centro de aprovisionamiento de las guarniciones de los fortines de la línea fronteriza, acusando sus actividades un carácter casi exclusivamente comercial”[14].  Así también, en una carta de Vedia a Mitre, de abril de 1865, ya da cuenta de la existencia de varias casas de comercio en el pueblo[15].

El censo nacional levantado en septiembre de 1869, arrojó un total de 3.045 habitantes, entre los cuales se componían 337 familias. De aquel número, sólo 912 moraban en  el pueblo, los restantes en la dilatada zona rural.

Las unidades habitacionales, en el lapso de dos trienios había incrementado considerablemente. De las 413 viviendas que existían, tanto en el pueblo como en la campaña, 337 eran de paja, 2 de madera, 45 -presumiblemente construidas con ladrillo- de un cuerpo, y 20 de dos cuerpos.

Con el incremento de la población, fueron desarrollándose el comercio y la industria, máxime en un pueblo donde el mayor florecimiento debía denotarse en la agricultura y la ganadería. En 1870, poco menos de siete años después de fundado el pueblo, y a cuatro de constituida la corporación municipal, existían 70 casas de negocios, de las cuales 48 se encontraban situadas en la planta urbana. Entre las industrias más importantes, según da cuenta un Registro de Patentes Fiscales citado por Buenaventura Vita en “Crónica Vecinal de Nueve de Julio”,  sobresalían 3 panaderías, 2 herrerías, 4 hornos de ladrillo, 2 zapaterías, 1 atahona y 1 hojalatería.

No existen evidencias concretas, o al menos no han estado a nuestro alcance, sobre de la primer fuente de energía que surgiera en Nueve de Julio. Mucho menos, cual de ella -si la hubo- ha tenido primacía   en el desarrollo de la industria, en el decenio posterior a la fundación del pueblo

Por un lado, podría estimarse que el impulso más remoto, tanto en la manufactura como en otras expresiones de la actividad humana, en este pueblo, se hubiera recibido de la energía brindada por medio del combustible vegetal, entiéndase así, el uso de la leña, y los residios vegetales (pajas de gramíneas, o desechos producido por la poda o fragmentación de los árboles). También de las grasas y aceites animales, obtenidas en las faenas de la hacienda, muy apropiadas para la iluminación. O, quizá, de minerales como el carbón -empleado con la  leña- para el funcionamiento de la maquinaria a vapor.

El censo provincial levantado en octubre de 1881, registra que en el partido de Nueve de Julio, se hallaban sembradas 688 hectáreas de árboles destinadas  para la construcción y el combustible[16]. Desde mucho tiempo atrás se ha entendido a la leña como combustible muy apropiado en estado de desecación.

Por otro lado, el mismo asiento sugiere que, entre las herramientas utilizadas en Nueve de Julio, podían hallarse 840 arados simples, 24 maquinas de segar, 50 rastrillos, 1 maquina de viento y 8 maquinas de tracción a sangre[17]. Hasta aquí, nada se insinuaba acerca de la existencia de maquinaria a vapor. Más aún, además de las de tracción a sangre, sólo es aparece citada “una máquina de viento”, tal vez se trate de un molino.

Más adelante, en las estadísticas recogidas por el mismo censo de 1881, se encuentra indicada la cantidad de industrias, instaladas por ese tiempo,  las cuales alcanzaban a 15, con capitales  de 4.788.000 pesos[18]. A estas debe sumarse la actividad del comercio, ya desarrollado, al punto de convertir al pueblo -y al partido- en “cabecera de una de las zonas comerciales importantes de la Provincia”[19].

Entre aquellas industrias, existentes en 1881, sobresale un molino de agua o vapor, cuyas inversiones -las más elevadas de entre los establecimientos existentes – ascendían a 3.360.000 pesos. Se trataba, sin dudas, del molino harinero que, un año antes, convino instalar Nicolás Gallo; pues, al menos, en marzo de 1880, había solicitado autorización al Concejo Deliberante de Nueve de Julio para situarlo[20]. Para eliminar el agua que empleaban la maquinaria, en junio de 1887, se construía un sistema de canalización que llegaba hasta la denominada laguna de Malcorra, “fuera del radio del pueblo”[21]. Ello dio origen, más tarde, a la formación de una especie de  lavadero comunitario.

Cabe señalar que el molino se hallaba compuesto por una maquinaria de fuerza motríz con sistema “Ruston-Proctor”, de cincuenta caballos. El cuerpo principal se componía de tres pisos y un subsuelo donde se hallaban los cilindros, los cernidores y demás complementos.

Recién en 1883, entre la maquinaria agrícola existente en el cuartel 6º, se cita la existencia  de “un motor a vapor con cuatro ruedas”[22]. Ello hace presumir que en el cuartel 1º y en el radio urbano de Nueve de Julio, existían otras máquinas similares[23].

 

NOTAS

[1] ANDRÉS  R. ALLENDE, “Reiniciación de la Guerra con el indio en la Frontera del Sud de la Provincia en 1852”, en “Primer Congreso de Historia de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires. Reunido en La Plata en los días 25 a 28 de septiembre de 1950...”, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia, 1952, tomo II, pág. 119.

[2] Ibidem.

[3] CARLOS MARTÍNEZ SARASOLA, Nuestros paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 1993, p. 261.

[4] Archivo del Estado Mayor General del Ejército (en adelante, A.E.M.G.E.), Buenos Aires, Legajo personal de Julio de Vedia, flash, nº 13.424, folio 1v.

[5] FELIX BEST, Historia de las guerras argentinas. De la Independencia, internacionales, civiles y con el indio, Buenos Aires, Peuser, 1960, tomo II, pág. 365.

[6] A.E.M.G.E., Legajo personal…, cit. Cfr. Archivo del Instituto de Ayuda Financiera para el pago de retiros y pensiones militares, Buenos Aires, Sección de Pasividades, expediente nº 4.146,  1892,  Pensión a Lastenia Videla de Vedia, folios 6-8.

[7] Archivo de la Dirección de Geodesia, Catastro y Mapa, La Plata, Partido de Nueve de Julio, Duplicado nº 1, Mensura de un terreno concedido a Julio de Vedia, 1862, f. 1.

[8] Cfr. MEINRADO HUX, Los orígenes de Bragado, s.l., s.e., 1995, pág. 145.

[9] Crónica retrospectiva de la fundación de Nueve de Julio, trascripción en “El 9 de Julio”, año 93, nº 15210, Nueve de Julio, 27 de octubre de 2001, página 11.

[10] Archivo del General Mitre (en adelante, AGM), “Presidencia de la República. 1862-1868”, Buenos Aires, Biblioteca “La Nación”, 1913, tomo XXIV, pág. 87.

[11] “El Nacional”,  año XII, nº 3404, Buenos Aires, 5 de noviembre de 1863, pág. 2.

[12] AGM, “Presidencia de la República. 1862-1868”, cit, t. XXIV, pág. 38ss.

[13] Nota nº 90, de una colección epistolar dirigida por Julio de Vedia a Miguel Vaschetti, entre 1865 y 1867, que se encuentran en poder de Marco Ugolini.

[14] JUAN F. DE LÁZARO, “Nueve de Julio”, en RICARDO LEVENE et al., “Historia de la Provincia de Buenos Aires y formación de sus pueblos”, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia, 1941, tomo II, pág. 495.

[15] Archivo General de la Nación, sala VII, 19, 3, 3, Colección Casavalle (autógrafos), legajo 2297, nº 1839, doc. 207.

[16] “Censo General de la Provincia de Buenos Aires. Demográfico, agrícola, industrial, comercial… verificado el 9 de octubre de 1881…”, Buenos Aires, Imprenta de El Diario, 1883, pág. 310.

[17] Ibidem, pag., 314.

[18] Ibidem, pág. 370.

[19] JUAN F. DE LÁZARO, loc. cit.

[20]  Cfr. BUENAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1900, (en adelante,  opera omnia) original mecanógrafo inédito de una versión primitiva de esta obra, la única que se conoce completa,  circa 1930, que se conserva en el Archivo y Museo Histórico “Julio de Vedia” de Nueve de Julio, pág. 559.

[21] “La Defensa”, año I, nº 102, Nueve de Julio, 26 de junio de 1887, pág. 2.

[22] VITA,  opera omnia,  pág. 629.

[23] El uso de esta fuente de energía, hacia la década siguiente hubo alcanzado mayor desarrollo, quizá por la influencia del avance del ferrocarril. A mediados de la década de 1890 ya existían pequeñas fábricas movidas por maquinaria a vapor (Cfr. “El Porvenir”, año II, nº 144, Nueve de Julio, 25 de octubre de 1896).

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