A comienzos del siglo XX, en la esquina de Montevideo y Libertad (hoy Bartolomé Mitre y Libertad) funcionaba el Circolo Italiano, una institución social perteneciente a la colectividad italiana. Allí estaba ubicada también la Biblioteca del Circolo que poseía una sala de lectura donde podían leerse, además de libros, las publicaciones periódicas en idioma italiano que llegaban al pueblo con noticias de Europa. La estrella sobre la cornisa era el símbolo del Circolo.

El 20 de abril de 1899, se había concretado la creación de una institución, con fines sociales, que fue denominada “Circolo Italiano”. Naturalmente, la misma, estaba integrada, en su mayoría, por vecinos del pueblo de Nueve de Julio, emigrados de Italia. Puede decirse, que se trabajo con mayor intensidad en el mantenimiento de la lengua, entre los inmigrantes y la difusión de la cultura. Entre sus miembros, debió surgir la idea de formar una biblioteca en torno a la cual pudieran, entre otras cosas, reunir importantes ediciones. En consecuencia el 4 de septiembre del año siguiente una comisión especial fundo la llamada “Biblioteca Sarmiento” la sociedad contó con un espacio de lectura y estudio donde abundaban, mayoritariamente las ediciones de libros en idioma italiano. Esta institución realizo actividades, conferencias, explosiones de arte, con el objetivo de nuclear a los miembros de la colectividad y brindarles un espacio para el encuentro de la cultura.
Algunos años más tarde, en esa esquina, funcionó el cine «Esmeralda» y, más tarde, luego de algunas reformas, se utilizó el edificio para diferentes comercios. En ese solar, como muchos recordarán, funcionó la legendaria Tienda “Blanco y Negro”.
«Blanco y Negro» fue una de las cinco grandes tiendas que formaban las llamadas cinco esquinas de tiendas en la década de 1940: “Casa Galli”, ubicada en Libertad y La Rioja; “La Razón”, en Libertad y Mitre; “Galver”, en Vedia y Mitre; y “La Americana”, en Vedia y La Rioja.
Fundada en los albores del siglo XX, en la esquina de Mitre y Libertad, su magnífico edificio terminó, en la década de 1970, devorado por las llamas cuando fue usado como sede transitoria de la sucursal del Banco de la Nación Argentina, mientras se erigía el edificio actual de La Rioja y Vedia.
Si bien, primero, la tienda estuvo en la vereda de enfrente por algún tiempo, su gran edificio estuvo en la esquina donde más tarde funcionó la llamada «Plaza Seca».
La vida de la Tienda «Blanco y Negro» estuvo enmarcada por las particularidades de cada uno de los períodos de su larga historia.
Si bien cada una de esas grandes tiendas poseía sus particularidades, que las diferenciaban claramente, en su estilo, los rubros y los artículos que se ofrecían podían tener similitud. En los tiempos más lejanos, el stock estaba integrado por amplias secciones de sedería, sedas y tejidos, tapicería, los géneros de fantasía, para hábitos religiosos y de luto. No faltaba, entre los artículos para caballeros, los sombreros de moda, las gorras o los paletós de última novedad y los trajes a medida confeccionados con casimir importado. Parece extraño, en la época actual, pensar que, en los mostradores de esas tiendas se hallaban los legendarios cuellos para camisas de hombres, cuya artificiosa compostura se ofrecía en varios modelos, siendo los más comunes el “Newcastle”, que podía tener unos 6,5 centímetros de altura, el “Marconi” y el más famoso de todos, el cuello “Palomita”.
Para damas primaban prendas de punto, guantes, calzados, perfumes, artículos para viajes y ropa interior (corsés franceses, enaguas, corpiños, fajas, etc.), blusas y “peignoirs”; ajuares para novias y recién nacidos; confecciones para niñas y niños así como con otros diversos accesorios de la moda. No faltaban entre tantos productos, una de las novedades: los guardapolvos en brin satinado blanco con cinturón.

En algunas de estas casas, en los escaparates, las prendas eran exhibidas sobre mani-quíes con cabezas de cera y cabellos naturales.
Era sorprendente acercarse al sector de botonería, donde no solamente se vendía centenares de modelos distintos de botones, sino también los más variados productos para la costura.
Al ingresar a esos salones de venta, el cliente se llevaba la imagen inmediata de un lugar donde reinaba la pulcritud, el orden, y sobre todo una orientación organizativa método. Desde el vendedor, vestido con riguroso traje, fuera invierno o verano, hasta las interminables hileras de cajas de botones alineadas sobre los estantes forma regular, daban idea de que en esas grandes tiendas todo respondía a un orden que se mantenía a través del tiempo.
Además de nutrido personal que trabajaba en el edificio, debía contarse habitualmente con un grupo de costureras, pantaloneras o modistas en general, que trabajaban en sus domicilios para las tiendas.



