Hacia 1900 el pueblo de 9 de Julio, floreciente y populoso, adolecía de una carencia que no pasaba inadvertida a los hombres de Iglesia. Ningún establecimiento de enseñanza era confesional, y los padres que anhelaban para sus hijos una formación religiosa debían procurarla en el hogar o en el templo.
Quien primero concibió el remedio fue el presbítero Benigno Álvarez, a la sazón cura párroco, que gestionó el concurso de una comunidad de religiosas y reunió donativos entre el vecindario. Respondieron con largueza varios vecinos principales, mas la iniciativa, aunque plausible, no prosperó, pues el adalid no halló la cohesión voluntaria e imperiosa que tales empresas demandan.
Recogió el empeño su sucesor, el presbítero Félix Compairé, sacerdote jacetano llegado a la parroquia en 1904, de constitución quebradiza pero de espíritu sumamente dinámico. Le preocupaba el avance del laicismo y la ausencia de una escuela de inspiración cristiana, y no escatimó esfuerzos para suplir esa falta. Sus primeras tratativas con una congregación docente quedaron en proyecto, y fue entonces cuando volvió los ojos hacia las Siervas de Jesús Sacramentado.
EL PADRE COMPAIRÉ Y LA CARTA DE 1909
El 19 de noviembre de 1909, la Hermana Agustina Prieto respondía desde la Casa Madre, sita en la calle Paraguay de Buenos Aires, al párroco de 9 de Julio. Le decía que, en vista de los generosos ofrecimientos suyos y de don Sebastián Scala, el Instituto se hallaba conforme en fundar un colegio en aquella parroquia.
Deseaba, sin embargo, antes de adoptar resolución definitiva, ver la casa y conversar con él más detenidamente acerca de varios pormenores.
La carta, escrita con sobriedad y mecanografiada en el papel de la Congregación, es el testimonio más temprano de la voluntad de las Hermanas de acudir a nuestra ciudad.

EL CONVENIO CON DON SEBASTIÁN SCALA
El vecino a quien alude la misiva era un hombre de manifiesta liberalidad, que puso a disposición de la obra una finca de la calle Córdoba, la cual, sumada al terreno contiguo, abarcaba mil quinientos metros cuadrados. El convenio, redactado en diez artículos, dispuso que la propiedad se cediera en comodato a la Congregación, de modo gratuito y por tres años, a contar desde el 1º de enero de 1910.
Se pactó, además, un arrendamiento por dos años desde 1913, a razón de doscientos treinta pesos mensuales, y se concedió a las Hermanas la facultad de adquirir el inmueble, dentro de un quinquenio, por veinticinco mil pesos moneda nacional.
Los gastos de conservación y los impuestos correrían por cuenta de la Congregación, y las mejoras que introdujese quedarían en beneficio del propietario. Prudente y equitativo, el contrato permitía al Instituto probar la empresa sin comprometer de inmediato su patrimonio.
ADVERSIDADES Y APOYOS
No faltaron las resistencias. En ciertos sectores de inclinación liberal, señaladamente masónicos, la noticia de la instalación de un establecimiento de tales características fue recibida con desagrado y hostilidad. Un periódico local dedicó, el 19 de diciembre de 1909, una senda columna a criticar la feliz iniciativa, y no escatimó términos calumniosos contra las religiosas. A pesar de las contrariedades, el padre Compairé no claudicó y logró la adhesión generalizada de gran parte de la población. Fue generosamente secundado por Santiago Gallo, por Antonio Di Siervi y por Dolores y Amalia Pacheco de Robbio, cuyo apoyo contribuyó a vencer las dificultades materiales. A poco, se palpaba que la obra, sin ser pretensión de nadie, estaba en camino de inmortalizarse.
LA INAUGURACIÓN DEL 6 DE MARZO DE 1910
A principios de 1910 el Instituto abrió, pues, una nueva casa en 9 de Julio, que fue la obra más encumbrada del cura vicario. El domingo 6 de marzo se celebró la solemne inauguración del Colegio Jesús Sacramentado, bendecido por el obispo de La Plata, monseñor Juan Nepomuceno Terrero, en presencia de varios sacerdotes que a la sazón predicaban en misión.
Quedaba así fundado el primer colegio confesional de la ciudad. Constituían la naciente comunidad seis religiosas: la Hermana Concepción Medina, en calidad de superiora; la Hermana Peregrina Lis, vicaria; y las Hermanas Magdalena Vega, Victorina Cabrera, Justa Bautista y Teodora Montes de Oca. Ellas fueron las primeras sembradoras de una labor que habría de prolongarse más de un siglo, y a quienes cabe, en estricta justicia, un lugar de honor en la historia de nuestra educación.

LA CASA PROPIA Y EL CRECIMIENTO
Cumplido el plazo del comodato, el Instituto no quiso depender de la casa ajena. Adquirió en propiedad un amplio local, situado frente a la plaza principal y a unos cien metros de la parroquia y de la sede municipal, que fue inaugurado el 19 de diciembre de 1915.
Los cronistas de entonces vieron en ello prueba palpable de que el colegio continuaba su marcha ascendente, sin dificultad ni tropiezo alguno, con el apoyo y la buena voluntad del vecindario.
Sucedieron a la Hermana Concepción Medina, en el puesto de superiora, las Hermanas Victorina Cabrera, Gabriela Rodríguez, Magdalena Vega, Isabel Fuentes, Florencia García, Verónica Álvarez y Marcelina González, hasta llegar, en 1938, a la Hermana Amanda Vargas. Cada una dejó su impronta en el rostro del colegio, y todas obraron con aquella virtud de humildad que la Madre Benita recomendaba a sus hijas, pues la humildad, solía decir, se abre camino en todas partes.
Un álbum conmemorativo publicado a fines de octubre de 1938 ofrece una imagen elocuente de la casa. Se dictaban allí clases de instrucción primaria, de primero a sexto grado, y enseñanzas especiales de dibujo, música, pintura, bordado y artes aplicadas. Anualmente se organizaban exposiciones de labores y pinturas, merecedoras del más amplio elogio, y se gestionaba el incorporado a la Enseñanza Normal Nacional, con fundadas esperanzas de obtenerlo, habiendo ya un plantel de alumnas preparándose para dicho curso.
Cuantiosa es la cifra que los redactores consignan: desde su fundación hasta aquel año el colegio había tenido un movimiento de tres mil trescientos veinticinco alumnos, entre internos, pupilos, externos y asiladas.
Ese guarismo, que abarca niñas de toda condición, revela la acción benéfica de la casa y confirma que el espíritu de la fundadora, atento siempre a los pobres y a los huérfanos, se mantenía vivo en las aulas nuevejulienses.
Por aquellos mismos años, una obra de conjunto sobre los colegios católicos del país registraba también el establecimiento, incorporado ya a la Dirección General de Escuelas de la Provincia.
LA MEMORIA DEL PADRE COMPAIRE
El padre Compairé no alcanzó a ver la madurez de su obra.
Tenía a su cargo la asistencia espiritual de las Hermanas, y fue, hasta su muerte, su consejero y amparo. Se refiere que, por llevar el auxilio de la religión a los enfermos aislados del Hospital, contrajo la tuberculosis, y que, no obstante las instancias de su obispo en el cuidado de su salud, no cesó en su apostolado hasta que el mal lo condujo al sepulcro, el 17 de marzo de 1913, en plena juventud. Fue multitudinario su funeral, del cual dio cuenta la prensa porteña.
Gratitud rara en la vida de los pueblos, la ciudad guardó su nombre. A medio siglo de la fundación del colegio, el propio establecimiento solicitó que se diera su nombre a la avenida de circunvalación norte, petición que el Concejo Deliberante acogió el 15 de octubre de 1960.
En fecha reciente, sus restos, que desde 1995 reposaban en el oratorio del cementerio, fueron trasladados a la Iglesia Catedral de esta ciudad, donde hoy se veneran, en la capilla-cinerario “Padre de las Misericordias”, junto a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores.
Sacerdote y colegio quedaron así unidos en la memoria de la comunidad.

PALABRAS FINALES
Ciento cincuenta años median entre aquella jornada de noviembre de 1876 y nuestros días. En ese lapso la obra de María Benita Arias cruzó el Río de la Plata, pasó a España, echó raíces en varias provincias y alcanzó el suelo de 9 de Julio, donde el celo de un cura y el denuedo de unas Hermanas dieron principio a una de las empresas educativas más duraderas de nuestro pasado.
Con ocasión de este aniversario, quienes hacemos de la historia local una tarea de fidelidad a los hechos no podemos sino evocar con reconocimiento a la fundadora, al padre Compairé, a don Sebastián Scala, a las primeras Hermanas y a cuantas personas, anónimas muchas de ellas, sostuvieron la casa en las horas difíciles.
Que la divisa del Instituto, siga inspirando a la comunidad que hoy la recuerda, y que las nuevas generaciones sepan hallar en este itinerario motivo de orgullo, de enseñanza y de gratitud.


