Hay hombres cuya biografía se confunde con la de una institución, y hay instituciones que, sin la vida de un hombre, resultarían indescifrables. Antonio Aita pertenece a esa estirpe.
Su nombre y el de EL 9 DE JULIO se tornaron, a lo largo de siete décadas, dos formas de nombrar una misma cosa: la conversación cotidiana de un pueblo consigo mismo.
Al cumplirse un nuevo aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 18 de septiembre de 1995, conviene detenerse en esa trayectoria, con la atención que merece una vida ejemplar en el sentido más riguroso del término.

LOS ORÍGENES Y EL TALLER
Nació en el barrio de Villa Garibaldi, el 12 de enero de 1911, segundo de los diez hijos de Antonio Aita y Rosa Rosito. Siendo todavía un niño, mientras cursaba sus estudios en la Escuela nº 4, el 1 de diciembre de 1921 entró a trabajar en los talleres gráficos donde se imprimía EL 9 DE JULIO. La escena tiene algo de fundacional: el oficio aprendido primero con las manos, entre tipos de plomo y tinta, antes que con la pluma. Aquella iniciación temprana explica el temple de toda su obra posterior, ajena a la improvisación y hecha de constancia. El título de periodista lo obtendría el 1 de septiembre de 1930, otorgado por la Escuela Sudamericana de Buenos Aires.
LA CONQUISTA DE UN DIARIO
En febrero de 1935, asociado con su hermano Alberto, logró adquirir el entonces periódico EL 9 DE JULIO, tras un esfuerzo considerable; la dirección quedó por entonces en manos de Juan Farías, escritor talentoso y luchador infatigable. Recién en 1943 asumió él mismo la conducción del entonces bisemanario, convertido luego en diario, que ejercería hasta el día de su muerte, imprimiéndole un estilo propio que la publicación conserva todavía como herencia visible. Más de cincuenta años al frente de una redacción constituyen, en la historia del periodismo bonaerense del interior, una permanencia poco común, y permiten medir la densidad de su influencia sobre la vida pública local.
EL HOMBRE DE LAS INSTITUCIONES
La actividad de Aita desbordó tempranamente los límites del taller y de la redacción. Con apenas dieciocho años participó en la fundación del Club y Biblioteca Agustín Álvarez, cuya comisión directiva presidió en 1933, y más tarde fue fundador de la Liga Nuevejuliense de Fútbol y de la Asociación de Bomberos Voluntarios de Nueve de Julio. Esa disposición a prestar su nombre y su tiempo a cuanta agrupación se lo solicitara revela una concepción del periodismo como servicio, no como tribuna, en la que el director de diario era, ante todo, un vecino entre vecinos.
LA BANCA PROVINCIAL
Adherido a la Unión Cívica Radical desde 1929 y enrolado en la línea interna de Intransigencia y Renovación, resultó electo diputado provincial por la cuarta sección electoral en los comicios de noviembre de 1951; asumió el 29 de abril de 1952 y concluyó su mandato el 30 de abril de 1955. Se desempeñó como vocal de la Comisión Permanente de Legislación del Trabajo y compartió labor parlamentaria con Anselmo Marini, futuro gobernador de la provincia de Buenos Aires. Su producción legislativa muestra una obstinada fidelidad al distrito que representaba: el camino de acceso a la ciudad, las aguas corrientes y la red cloacal, el edificio del Banco de la Provincia en Dudignac, subsidios para las cooperadoras escolares, para la Biblioteca Popular José Ingenieros y para el Hogar Municipal de Ancianos Santo Domingo de Guzmán. Defendió además la libertad de prensa con una convicción que lo llevaba a alzar la voz en la Cámara cada vez que se clausuraba un diario en el país.
CIUDADANO ILUSTRE
El 22 de diciembre de 1989, por resolución nº 40, el Concejo Deliberante de 9 de Julio, presidido entonces por Roque Gagliano, lo distinguió con el título de Ciudadano Ilustre por haber contribuido al engrandecimiento y la dignificación de la comunidad. Fue la primera vez que semejante honor recaía sobre un nuevejuliense, y lo recibió ya anciano, con la emoción contenida de quien nunca había buscado el reconocimiento. La posteridad multiplicaría después los homenajes: la Asociación Cultural y Biblioteca Antonio Aita, fundada en 1997 en su casa paterna, que él mismo donara al Municipio; el nombre impuesto en 1998 a la antigua avenida Río Bermejo; la sala de estudio de la residencia estudiantil del Centro Universitario Nuevejuliense en La Plata; un aula de la Escuela Nº 3 y un salón de actos del Club Agustín Álvarez.
SU LEGADO SIEMPRE VIVO
A treinta y un años de su muerte, la figura de Antonio Aita resiste bien la prueba del tiempo, que suele ser severa con las notoriedades locales. Resiste porque no descansó en el brillo ocasional sino en una fidelidad sostenida: al oficio aprendido en la infancia, a las instituciones que ayudó a levantar, a las ideas que abrazó sin convertirlas en dogma y a la gente que subía las viejas escaleras de la redacción para contarle una pena o pedirle un consejo.
Su amor al bien, a la verdad y a la justicia, como se escribió alguna vez, lo despreocupó de amasar fortuna. Nos dejó, en cambio, una herencia menos tangible y más duradera: la certeza de que un Diario del interior puede ser, si alguien lo quiere de veras, la voz, la antorcha y la memoria escrita de una comunidad entera.


