Hay edificios que, con el correr de las décadas, dejan de ser meramente un conjunto de paredes y adquieren la condición de símbolo. El Teatro Rossini pertenece a esa estirpe de construcciones que trascienden su función original para convertirse en depositarias de la memoria colectiva de un pueblo. Este año se cumplieron ciento treinta años de la inauguración de su actual edificio, ocurrida en 1896 bajo el impulso de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos «Amicizia e Lavoro» (“Amistad y Trabajo”). La efeméride invita a recorrer la trayectoria cultural que convirtió al Rossini en el “templo mayor de la cultura nuevejuliense”, tal como supo llamarlo el recordado periodista Julio Guerriere.
La historia del Teatro Rossini se conjuga, en buena medida, con la historia cultural de 9 de Julio. Su recorrido, que ya lleva transitado el arco de tres siglos, condensa las transformaciones de una comunidad que encontró en aquella sala el escenario natural de sus expresiones artísticas, sociales y, más tarde, cinematográficas.
UN COLISEO PARA LA COMUNIDAD
El antecedente del actual edificio debe rastrearse en el primer Teatro Rossini, inaugurado el 25 de diciembre de 1883 con un banquete a la criolla, obra de la naciente Sociedad Italiana «Amicizia e Lavoro», fundada en noviembre de 1880. Aquella sala originaria, que respondió al anhelo de la colectividad italiana y de buena parte de la sociedad local de contar con un espacio propio para las artes escénicas, resultó con el tiempo insuficiente para una población en crecimiento. La comisión directiva de la entidad resolvió entonces la edificación de un nuevo coliseo, más acorde a las necesidades del pueblo, que terminaría por reemplazar y hacer desaparecer al primero.
A comienzos de julio de 1895, el consejo directivo de la Sociedad Italiana, presidido entonces por Gustavo Pastorino, deliberaba sobre la adjudicación de la obra. En las sesiones del 25 de junio y del 4 de julio de aquel año se había resuelto solicitar propuestas, a modo de concurso, a dos firmas cuyos propietarios eran a su vez socios de la institución: Santiago Luchini, por una parte, y los hermanos Silvio y Germán Simonini, por la otra.
Hacia mediados de julio de 1895, según consta en el Libro dei Verbali de la institución, los hermanos Simonini resultaron los únicos proponentes y se procedió a la firma del contrato. Presentado un primer proyecto el 11 de julio, el texto definitivo, sustancialmente modificado, fue rubricado el día 18. Se estipuló un plazo de seis meses para la construcción del edificio y el pago de los trabajos en seis cuotas. Silvio y Germán Simonini se ocuparon del proyecto, de la dirección de obra y de algunos trabajos de yesería, en tanto que la mampostería quedó a cargo del albañil Summaruga, también socio de la entidad.

EL PINCEL DE GIOVANNI PIANTINI
El embellecimiento del nuevo coliseo contó con la intervención de un artista de sólido prestigio: el escenógrafo Giovanni Piantini (1863-1924), oriundo de la ciudad de Ancona, a orillas del mar Adriático, en la región de Las Marcas. Formado en artes plásticas y escenografía en Milán, donde había frecuentado el taller del maestro Antonio Rovastelli, Piantini se había destacado en su país natal al punto de ser convocado por los hermanos Ghiglioni para trabajar en el Teatro San Martín de Buenos Aires, ciudad a la que emigró hacia 1894. En la segunda mitad de 1895, la Sociedad Italiana de 9 de Julio convino con el escenógrafo un contrato cuyas gestiones estuvieron a cargo, en particular, del presidente Gustavo Pastorino y del vocal Sebastián Scala. Entre los trabajos realizados por Piantini se destacaron seis telones, uno de los cuales representaba, mediante un manto desplegado, una alegoría del reino de Italia junto a algunos de sus monumentos más célebres, así como cinco retratos circulares de destacados compositores, dispuestos en puntos estratégicos del cielorraso.
EL DISEÑO DE UN TEATRO A LA ITALIANA
El proyecto de los hermanos Simonini, presumiblemente inspirado en modelos difundidos por la época, adoptó el característico estilo italiano, con la disposición en herradura propia de numerosos teatros de entonces. La planta, de trazado sencillo, contemplaba una platea, una línea de palcos bajos, un nivel superior denominado «tertulia» y el clásico «paraíso» en el punto más elevado de la sala. Un rasgo singular del diseño era el piso móvil, que mediante un sistema neumático podía elevarse hasta quedar paralelo a la línea de tierra, permitiendo así que el edificio funcionara indistintamente como teatro o como salón de baile. La ventilación, por su parte, se resolvía mediante tres ventanas ubicadas a la altura del paraíso y una chimenea provista de pequeñas compuertas.
LA NOCHE DEL 25 DE MAYO DE 1896
El nuevo edificio del Teatro Rossini abrió sus puertas el 25 de mayo de 1896, con una función de gala que congregó la atención de los vecinos. La sala, de indudable belleza estética, lucía un telón y una decoración de lujo, coronados por los apliques de bronce de estilo «Rochester» que iluminaban el ambiente. Aquella noche inaugural quedaría fijada en la memoria colectiva como el nacimiento del segundo y definitivo Rossini, el que, con reformas sucesivas, ha llegado hasta nuestros días.

LOS PRIMEROS ENSAYOS CINEMATOGRÁFICOS
A partir de su apertura, el Rossini se convirtió en el núcleo epicéntrico de la actividad cultural de 9 de Julio, sede tanto de los festejos de la colectividad italiana como de los eventos organizados por otras instituciones locales. Fue también en esa sala donde tuvieron lugar los primeros ensayos cinematográficos de la ciudad. La primera proyección con el sistema Lumière se realizó el sábado 24 de mayo de 1902, de la mano de la empresa J. Pimas y Cía., que se hallaba de gira por el interior de la provincia y que, ante el interés despertado, ofreció una función gratuita en la noche del domingo 25, a pedido de las autoridades municipales. Más adelante, en 1906, se instalaron de manera transitoria los biógrafos de los empresarios Kreft y Brucci. Recién en marzo de 1912 comenzaron a realizarse en el Rossini proyecciones cinematográficas de carácter regular, con el proyector instalado en uno de los palcos altos del centro de la sala mediante una instalación eléctrica provisoria. El 20 de abril de ese año, a pedido del intendente, la Sociedad Italiana mandó construir una casilla de hierro, forrada interiormente con amianto y provista de una manga contra incendios, en resguardo de la seguridad del público. La energía necesaria para el funcionamiento del proyector no provenía en un primer momento de la red general, sino de un generador tipo «S» de 22 H.P., fabricado en Wellington, Inglaterra, y accionado por un motor a gas «Hovre», adquiridos hacia 1908 a la firma porteña de Alberto Pruden, por intermedio de Ferraguti.
DEL ESCENARIO LÍRICO A LA PANTALLA DE PLATA
Durante sus primeras décadas de vida, el Rossini fue fundamentalmente un teatro lírico, escenario de temporadas de ópera y de zarzuela que dieron vida a la sala. Antes de que a comienzos de la década de 1940 el edificio sufriera su primera modificación de importancia ocasión en que fue eliminado el notable diseño original, los palcos, la tertulia y el “paraíso”, por el escenario del Rossini desfilaron figuras de renombre del arte nacional, entre ellas Blanca Podestá, Libertad Lamarque, Agustín Magaldi y Carlos Gardel, quienes deleitaron con sus actuaciones a la platea de entonces.
LA ERA MARENCO: MATINÉE Y VERMOUTH
Un capítulo singular de la historia del Rossini estuvo protagonizado por la empresa de Marcos J. Marenco, que durante treinta y cinco años tuvo a su cargo la explotación de la sala como cine, tras la presencia de varios de la empresa Zurro, como concesionaria.
Debido a que su capacidad resultaba insuficiente para atender al público, en 1958 comenzó a funcionar también una segunda sala, hasta que en 1970 la adquirió en su totalidad (hasta entonces pertenecía a la señora Mariscorti e hijas) y emprendió una refacción general que culminó con la inauguración del renovado Cine “9 de Julio” el 22 de mayo de 1974.
Fue la época dorada de la matinée y el vermouth, cuando los domingos convocaban en la pantalla a figuras legendarias como Tom Mix, el Zorro o Flash Gordon, y el cine argentino, junto al norteamericano, francés e italiano, desfilaba por la sala nuevejuliense. La irrupción de la televisión y, más tarde, del video, sumada a las dificultades económicas de la clase media, fue minando paulatinamente la actividad, hasta que en 1989 las puertas del biógrafo se entornaron.
PALABRAS FINALES
La gestión conjunta de la Asociación Italiana y de la Municipalidad de 9 de Julio, durante la intendencia del doctor Oscar Ormaechea, permitió rescatar el edificio del olvido. Desde entonces, y hasta la actualidad, es la Asociación Cultural Nuevejuliense la que tiene a su cargo la responsabilidad de mantener abiertas las puertas del Teatro Rossini, propiedad de la Asociación Italiana, sosteniendo la misma vocación de presentación de espectáculos que le dio origen. El reconocimiento institucio-nal de ese valor patrimonial llegó en 2014, cuando la Ordenanza N° 5442, sancionada por el Honorable Concejo Deliberante el 24 de octubre de ese año en el marco de la Ordenanza N° 5378/2014, declaró al Teatro Rossini integrante del Patrimonio Cultural de la Ciudad de 9 de Julio, dentro de la categoría de Sitios y Lugares Históricos.
Ciento treinta años después de aquella noche de mayo de 1896 en que se encendieron por primera vez las luces del nuevo Teatro Rossini, el edificio continúa en pie, reconvertido y siempre activo.
Su historia, se sigue escribiendo, de la mano de la vida cultural nuevejuliense.


