Por Héctor José Iaconis.

Hoy, 20 de junio, mientras nuestra patria conmemora una vez más el Día de la Bandera y recuerda el aniversario de la muerte del general Manuel Belgrano, acaecida en Buenos Aires en 1820, resulta oportuno volver la mirada hacia un objeto modesto en sus dimensiones, pero elocuente en su significado: la placa de bronce que la Municipalidad de 9 de Julio dedicó al prócer en 1920, con motivo del primer centenario de su fallecimiento. Aquella pieza, tal vez hoy parcialmente desplazada de nuestra cotidianeidad de vecinos nuevejulienses, fue en su momento la primera placa conmemorativa colocada en el edificio municipal, cuando aún la fachada conservaba el aspecto de la “Casa Municipal”, de una planta, erigida en el siglo XIX.
UNA ORDENANZA Y UN HOMENAJE
El origen de la pieza es preciso. La Municipalidad de 9 de Julio o, más bien, el Departamento Ejecutivo y el Concejo Deliberante dispusieron su colocación mediante una ordenanza del 13 de junio de 1920, apenas una semana antes de cumplirse el centenario de la muerte de Belgrano. La inscripción de la placa, en letras de relieve sobre bronce, no deja lugar a dudas sobre su propósito: «Al General Manuel Belgrano, en el primer centenario de su muerte, 1820-1920. La Municipalidad de 9 de Julio. Ordenanza del 13 junio de 1920». Se trataba, dicho con otras palabras, de un acto protocolar institucional perfectamente sincronizado con el calendario patrio. El municipio, en efecto, buscó inscribir a la comunidad local dentro de una serie de homenaje que la República tributaría al prócer en el centenario de su fallecimiento.

DESCRIPCIÓN ARTÍSTICA Y VALORACIÓN ESCULTÓRICA
Observada con el detenimiento que su condición de pieza patrimonial exige, la placa revela una composición cuidadosamente jerarquizada. Sobre una cartela central de bronce fundido, de contorno escalonado, se despliega el texto conmemorativo en letras de relieve, mientras que el remate superior está ocupado por un medallón ovalado que contiene el retrato de perfil del general Belgrano, representado según la iconografía consagrada del prócer.
La pieza se completa, a ambos extremos y en su base, con un follaje de acanto resuelto en volutas simétricas. Este recurso ornamental empleado en muchas placas conmemorativas producidas por esta casa, en realidad, alcanza en sus puntos de mayor proyección un volumen cercano al altorrelieve, adosados por roblones ocultos, en contraste con el tratamiento más contenido del busto del medallón, resuelto en relieve medio. Los elementos de sujeción dispuestos en las esquinas, tratados con la misma voluntad decorativa que el resto de la pieza, cumplen además la función estructural de fijación al muro.
Desde el punto de vista estilístico, la placa se inscribe en el academicismo decorativo propio de las conmemoraciones del Centenario de 1910. Un eclecticismo que combina la sobriedad inscripcional de raíz neoclásica con una ornamentación vegetal de inspiración barroca o rocalla, característica del repertorio que dominó la producción nacional entre 1900 y 1925. Dicho de otro modo, lejos de ser una obra de autor único concebida ex novo, esta pieza recurre a un vocabulario decorativo bastante extendido entre las fundiciones de la época, personalizado mediante la inserción del texto y el medallón específicos del homenaje. Esta circunstancia, sin embargo, no disminuye su valor; por el contrario, la sitúa con precisión dentro de una tradición productiva.
Aquellas grandes casas de fundición artística porteñas, poseía competencia técnica y dominio del oficio, todavía hoy, perfectamente apreciables en el tratamiento del relieve y en el equilibrio compositivo entre texto e imagen.
LA FÁBRICA NACIONAL DE MEDALLAS Y LA FIRMA DE CONSTANTE ROSSI
La ejecución material de la placa no fue obra de un artesano aislado, sino de una de las casas de fundición y acuñación más relevantes de su tiempo. La pieza lleva la firma de Constante Rossi, socio acuñador de la Fábrica Nacional de Medallas, fundada el 10 de junio de 1894 junto con Ignacio Orzali y José Bellagamba, con talleres establecidos primero en la Avenida Corrientes 4050 de la Capital Federal.
Para 1920, la firma ya operaba bajo la razón social «Constante Rossi» en solitario, ahora con sede en la calle Florida. No se trataba, en consecuencia, de un encargo artesanal menor, sino de una producción surgida de la misma casa que apenas una década antes había sido responsable de acuñar las medallas oficiales del Centenario de la Revolución de Mayo por disposición del propio gobierno nacional. Algunos estudios publicados acerca de esta fábrica revelan que solía emplear a escultores de formación académica para el modelado de sus piezas alegóricas de mayor formato, lo cual invita a pensar, aunque por ahora como hipótesis de trabajo, en una autoría escultórica diferenciada de la firma comercial que quedó grabada en el bronce.

LA ESCENA DE 1920. EL PUEBLO ANTE LA CASA MUNICIPAL
La fotografía de época que acompaña este artículo, permite reconstruir el momento mismo del descubrimiento de la placa. La imagen muestra la colocación de la placa en el frente del antiguo edificio de la Casa Municipal, anterior a la reforma edilicia que modificaría más tarde su fachada.
Fue Emilio Adobato quien hizo uso de la palabra ante una multitud congregada frente al palco oficial. Entre los presentes se mencionan los nombres de Eduardo A. Fauzón, Ramón N. Poratti, Raúl Benedetti, Ventura Arciprete, Buenaventura N. Vita y Francisco Villacorta, entre otros.
La presencia de Buenaventura N. Vita en ese palco no es, después de todo, un dato menor. Se trata del mismo historiador cuya obra constituye hasta el día de hoy una de las fuentes indispensables para reconstruir la historia de 9 de Julio. Su testimonio ocular de aquella ceremonia añade, por consiguiente, una capa adicional de autenticidad y continuidad historiográfica al episodio.
UNA MEMORIA DE BRONCE QUE PERDURA
Considerada en el marco más amplio de los estudios sobre memoria colectiva, la placa de 1920 puede entenderse como un ejemplo elocuente de lo que cierta historiografía especializada ha denominado “memoria de piedra”. Es decir, aquella que, a diferencia de la crónica efímera, se fija de modo duradero en el espacio público para consolidar un relato oficial compartido. En este caso, el objeto de memoria, la figura de Belgrano, el impulsor (la Municipalidad de 9 de Julio, mediante su ordenanza) y el receptor (tanto la sociedad de 1920 como la comunidad actual) se articulan en una relación que, ciento seis años después, continúa interpelando a quien se detiene a observarla.

CLAVES PARA OBSERVAR Y VALORAR UNA PLACA CONMEMORATIVA
Más allá del caso particular que nos ocupa, conviene detenerse, siquiera brevemente, en los criterios que permiten a cualquier observador atento aproximarse con rigor a una placa conmemorativa. Estas piezas, dispersas por nuestras calles y edificios públicos, suelen pasar inadvertidas para quien no sabe qué buscar en ellas.
En primer lugar, importa la observación detenida del objeto en su conjunto, antes de cualquier lectura del texto: el material y su composición, el tipo de acabado y la eventual policromía, y la forma general de la pieza, sea esta una cartela simple o, como en nuestro caso, una composición más elaborada con cuadro escultórico y ornamentación.
En segundo término, resulta indispensable registrar la ubicación exacta donde la placa se encuentra amurada, puesto que el emplazamiento original (en este caso, la fachada de la antigua Casa Municipal) forma parte inseparable de su significado histórico, y no pocas veces estas piezas son trasladadas con el tiempo, perdiendo parte de su contexto primigenio.
Asimismo, la fecha o datación inscripta, cuando existe, permite anclar la pieza en un momento preciso, mientras que la identificación del fundidor, grabador o escultor (dato que, por norma, suele ubicarse en el plano inferior de la placa) habilita reconstruir su circuito de producción, como hemos podido hacer en este caso con la firma de Constante Rossi. Por otro lado, no debe descuidarse la identificación del hecho o personaje conmemorado, ni la funcionalidad de la pieza, es decir, el contexto histórico en que fue colocada, su impacto visual sobre el espacio público y su carácter público o privado. Finalmente, la epigrafía merece una lectura propia: la tipología del texto, los niveles de lenguaje empleados y la tipografía escogida son, en definitiva, tan reveladores del momento histórico que produjo la pieza como su propia iconografía.
Aplicar estas claves, aun de manera somera, transforma cualquier paseo por el casco urbano de 9 de Julio en un ejercicio activo de lectura patrimonial.

PALABRAS FINALES
Que esta evocación coincida, una vez más, con el Día de la Bandera es, en cierta forma, la prolongación de un gesto que ya en 1920 se quiso deliberado: la Ordenanza de aquel junio no hizo sino anticipar, con la solemnidad propia de los actos fundacionales, el mismo homenaje que la Nación entera renueva cada 20 de junio desde entonces.
La fotografía que hoy recuperamos del archivo (esa multitud congregada ante la vieja fachada municipal, esas banderas desplegadas bajo un cielo de imprenta) puede considerarse la prueba fehaciente de que la comunidad de 9 de Julio supo, hace ya más de un siglo, inscribir su propia voz en el coro nacional de la memoria belgraniana. Esa fotografía fue enviada por el estudio Adobato a la revista “Caras y Caretas” para que, este acto de homenaje, fue conocido más allá de los límites geográficos de 9 de Julio.
Recordar este acontecimiento es, antes bien, un acto de fidelidad hacia aquella cadena ininterrumpida de transmisión que nos une a los nuevejulienses de hoy con quienes erigieron la placa en 1920, con quienes la fotografiaron y dieron testimonio de su inauguración, y con quienes, en este presente que también se hará pasado, eligen todavía no dejarla caer en el silencio. Porque la memoria, como el bronce que la sostiene, solo perdura allí donde alguien se detiene a mirarla.


