Por Héctor José Iaconis

El año 2026 marca medio siglo desde aquella madrugada del 24 de marzo en que las Fuerzas Armadas argentinas disolvieron el orden constitucional e inauguraron el período más oscuro de la historia nacional reciente. El cincuentenario de la última dictadura cívico-militar constituye una invitación a revisar con mayor profundidad y mayor honestidad los modos en que aquel régimen operó sobre la vida de nuestra comunidad, no únicamente mediante el terror explícito sino también a través de mecanismos más silenciosos y, por ello, más difíciles de desarmar. Uno de esos dispositivos fue la política de memoria: la manipulación sistemática del pasado como instrumento de legitimación del presente autoritario.
Existe una operación que los regímenes autoritarios dominan con especial destreza, la de convertir el pasado en argumento. No el pasado entendido como objeto de conocimiento riguroso, sino el pasado seleccionado, recortado y puesto al servicio de una legitimidad que el presente les niega. En octubre de 1979, en plena dictadura cívico-militar, la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 2 recibió el nombre de Mercedes Vázquez de Labbé mediante la Resolución N° 2243 del 15 de ese mes. La destinataria del homenaje era la primera maestra de la ciudad. El gesto parecía natural, casi evidente, una comunidad saldando una deuda con su propia historia. Sin embargo, leer ese acto con la distancia que hoy nos permite la teoría y las fuentes histórica, revela algo más inquietante, un episodio donde la memoria fue convocada no para iluminar el pasado sino para oscurecer el presente.
Es en este marco conmemorativo, y con la responsabilidad que le es inherente, que el presente artículo propone una lectura crítica de aquel homenaje local. Hacerlo desde 9 de Julio, desde su historia concreta y sus documentos específicos, nos permite ver que dictadura no fue solo un fenómeno de los grandes centros urbanos o de las instituciones nacionales. Fue también parte de esta idea local, de una Cooperadora escolar que redactaba una nota solicitando la imposición del nombre de la educadora, un obispado prestando su aval, un municipio añadiendo su firma, y una comunidad entera participando, con mayor o menor conciencia, en la construcción de una memoria que el régimen necesitaba.
LOS MARCOS QUE HACEN POSIBLE EL RECUERDO
Maurice Halbwachs, el sociólogo francés que en la primera mitad del siglo XX reformuló radicalmente nuestra comprensión de la memoria, sostuvo que ningún individuo recuerda solo. Recordar es siempre un acto social, estructurado por los marcos que la comunidad provee, la familia, la escuela, la Iglesia, las instituciones cívicas. Sin esos marcos, el recuerdo se disuelve o se vuelve ininteligible. Con ellos, adquiere forma, relevancia y capacidad de ser transmitido.
Esta tesis tiene una consecuencia que a menudo se subestima. Si la memoria depende de marcos sociales, quien controla esos marcos controla, en medida significativa, lo que una comunidad recuerda y cómo lo recuerda. La dictadura cívico-militar de 1976-1983 comprendió esto con una lucidez que algunos de sus detractores tardaron en reconocer. No se limitó a la represión física, desplegó también una política simbólica sistemática, orientada a apropiarse de los marcos institucionales que estructuran la memoria colectiva.
En 9 de Julio, esos marcos tenían nombres precisos: la Asociación Cooperadora de la Escuela Técnica, la Curia eclesiástica, la municipalidad y las denominadas «fuerzas vivas» de la ciudad. Fueron exactamente estas instituciones las que, el 23 de agosto de 1979, impulsaron la iniciativa de imponer el nombre de Vázquez de Labbé al establecimiento educativo. La nota dirigida al director Oscar Rubén Bolies no provino de una dependencia del Estado nacional, sino de la propia comunidad escolar, que declaraba “saldar una deuda de gratitud para con la memoria de tan ilustre dama”, en coincidencia explícita con la conmemoración del centenario de la Campaña al Desierto.
Aquí reside el primer nudo analítico que Halbwachs nos permite desatar. El homenaje no fue percibido como imposición porque no lo era en sentido formal. Era, antes bien, la activación de un marco de memoria preexistente en la comunidad nuevejuliense, el relato que identificaba a la ciudad con la gesta militar decimonónica. La dictadura no inventó ese relato; más bien, lo heredó, lo amplificó y lo puso a trabajar en su favor.

LA MEMORIA MANIPULADA Y EL SILENCIO PRODUCTIVO
Paul Ricoeur, en su obra capital sobre la memoria, la historia y el olvido, introdujo una distinción que resulta decisiva para comprender este episodio. El filósofo francés diferenció entre lo que llamó memoria impedida, aquella que no puede elaborarse por bloqueos psíquicos o sociales, y memoria manipulada, que es algo cualitativamente distinto y más sutil. Esta última no suprime el recuerdo, lo selecciona, lo encuadra, le asigna una función narrativa al servicio de una identidad colectiva determinada. No miente en el sentido tosco de inventar hechos inexistentes; opera en el nivel más eficaz de toda manipulación, que es el de elegir qué verdades contar y desde qué perspectiva contarlas.
El homenaje a Mercedes Vázquez de Labbé era, en este sentido, una operación de memoria verdadera y manipulada al mismo tiempo. Verdadera porque la mujer existió, llegó en 1863, enseñó en los primeros años de la comunidad y merece sin duda un lugar en la memoria local. Manipulada porque su figura fue seleccionada y construida en función de un relato más amplio que la excedía: el relato que presentaba la Campaña al Desierto como gesta civilizadora, la conquista militar como fundamento legítimo de la nación, y la educación como complemento natural y subordinado de la empresa castrense.
La formulación de la Cooperadora es reveladora en su economía verbal. El homenaje se inscribía “en la conmemoración de la gesta centenaria de la Expedición al Desierto”. La primera maestra de 9 de Julio no era evocada como educadora autónoma, como figura femenina que eligió instalarse en un poblado de frontera y construir una institución desde la precariedad, sino como parte de una gesta que la excedía y le imponía su sentido. Su figura quedaba así subsumida en una narrativa mayor que era, en 1979, la narrativa del régimen.
Ricoeur señaló también que toda memoria manipulada produce, necesaria y constitutivamente, un olvido. No un olvido accidental sino estructural. Para que ciertos recuerdos ocupen el centro de la escena, otros deben ser desplazados hacia los márgenes o directamente clausurados.
En el caso que nos ocupa, el olvido más evidente era doble. Por un lado, el silencio sobre las poblaciones indígenas que habían habitado esos territorios antes de la llegada de las tropas fundadoras, y que la “gesta centenaria” había desplazado. Por otro lado, y con una crudeza que la cercanía histórica vuelve atroz, el silencio sobre los miles de ciudadanos que, en ese mismo año de 1979, eran secuestrados, torturados y asesinados por el mismo Estado que conmemoraba heroísmos decimonónicos.
La selectividad de la memoria estatal no admite una lectura inocente. Ciertas muertes merecían decreto, monumento y ceremonia, otras debían permanecer en la zona de lo innombrable. Esa asimetría no era un efecto lateral del homenaje a Vázquez de Labbé; era, en la lógica Ricoeuriana, su condición de posibilidad.
EL ERROR COMO SÍNTOMA
Un detalle que el registro documental consigna y que merece detenimiento. Una nota periodística publicada el 13 de noviembre de 1979 que cuestionaba la decisión cometía un error notable. Sus redactores confundieron a Mercedes Vázquez de Labbé con su hija, Lola Labbé, argumentando que “ya existe una escuela de educación preescolar que lleva su nombre”. La confusión entre madre e hija no es un dato menor ni meramente anecdótico.
Si Halbwachs lo hubiera conocido, tal vez habría señalado que ese error revela el estado real de los marcos de memoria en la comunidad. Las figuras del pasado eran invocadas más por su valor simbólico que por un conocimiento preciso de sus trayectorias. La “primera maestra” era un tipo, una función narrativa, antes que una persona con una biografía específica y documentada. Ese vaciamiento biográfico es, paradójicamente, lo que la hacía funcional al régimen. Un personaje demasiado concreto, demasiado documentado en su singularidad, probablemente, habría resistido mejor la operación de ser convertido en símbolo abstracto. Aunque, claro está, no lo sabemos.
Ricoeur habría añadido que ese error es también un índice del tipo de memoria que el homenaje promovía, una memoria de consagración, no de conocimiento. No se trataba de saber quién fue Mercedes Vázquez de Labbé, qué enseñó, bajo qué condiciones, con qué recursos, qué dejó escrito o qué pensó de la comunidad que ayudó a fundar. El objetivo era el de invocar un nombre que condensara un relato y lo proyectara sobre el presente. La confusión entre madre e hija demuestra que incluso los impugnadores del homenaje operaban dentro del mismo marco simbólico que sus promotores: nadie, ni los que apoyaban ni los que objetaban, se detuvo a preguntar quién era realmente esa mujer.
Hay, sin embargo, una figura que merece ser rescatada del anonimato en este punto. Ángel Rodríguez (1916-1999) había sido uno de los promotores de la solicitud original de 1979 y figura clave en la construcción del edificio escolar. Su participación en aquel homenaje no puede leerse, a la luz de lo que vendría después, como adhesión ciega a una narrativa dictatorial.
Quince años más tarde sería él mismo quien, el 7 de abril de 1994, denunciara públicamente en el Diario EL 9 DE JULIO la desaparición del retrato de Vázquez de Labbé del muro donde había sido instalado, exigiendo su restitución. Esa continuidad entre el promotor del símbolo en 1979 y su defensor en 1994 no es una contradicción: es la prueba de que los marcos de memoria comunitarios pueden ser activados por el poder sin que quienes los habitan sean conscientes de la operación que los convoca.
Rodríguez honraba a la primera maestra con genuina convicción. Que su convencimiento legítimo fuera funcional al proyecto dictatorial es algo que la distancia histórica permite ver con una claridad que él, desde dentro de ese horizonte, no podía tener.


LA SECUENCIA DE LOS NOMBRES Y LA HISTORIA DE UNA DISPUTA
La historia institucional de la Escuela de Educación Técnica añade una dimensión que la teoría sola no podría revelar y que las fuentes documentales hacen visible con una elocuencia particular. El establecimiento había comenzado a funcionar el 1° de junio de 1950 con el nombre de Escuela de Aprendizaje y Medio Turno N° 2, dependiente de la Comisión Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional. Pocos días antes había fallecido en Buenos Aires el mayor Alfredo José Lucas Arrieta, familiar político del presidente de la Nación por hallarse casado con Elisa Duarte, hermana de Eva Duarte de Perón. Militar y legislador nacido en la provincia de Corrientes el 1° de octubre de 1893, Arrieta había egresado del Colegio Militar de la Nación con el grado de subteniente, se había retirado del Ejército como teniente primero hacia 1930 y se había desempeñado como senador nacional por la provincia de Buenos Aires entre 1946 y 1952. Los referentes de las instituciones gremiales peronistas y las autoridades educativas no dudaron de que para la nueva escuela era propicio ese nombre, que la institución ostentó entre 1950 y 1955.
Con la caída del gobierno peronista en 1955 y el proceso de desperonización que siguió, ese nombre fue suprimido. En 1969, por disposición del Consejo Nacional de Educación Técnica, el establecimiento fue redesignado como Escuela Nacional de Educación Técnica N° 2, pero sin denominación honorífica alguna. Durante casi un cuarto de siglo, la escuela careció así de nombre propio. Y en 1979, en plena dictadura y en el marco del centenario de la Campaña al Desierto, se le impuso el de Vázquez de Labbé.
Esta secuencia, el itinerario del nombre peronista, el vacío nominativo y el nombre militarista decimonónico es una especia de biografía política de la institución, el registro material de las disputas que la atravesaron durante tres décadas. Cada nombre es una respuesta a un nombre anterior, una afirmación identitaria que implica una negación. El vacío de casi veinticuatro años no es neutralidad, es el espacio donde la querella permanecía sin resolución, donde ningún marco había logrado imponerse de manera definitiva sobre los restantes.
La dictadura resolvió esa indeterminación de la única manera que los regímenes autoritarios saben atender las cuestiones simbólicas: decretando. Y al hacerlo, no solo impuso un nombre, clausuró provisoriamente una disputa que, en condiciones de libertad política, debería haber seguido su curso natural a través del debate y el disenso.

EL RETRATO Y SU DESTINO. LA MEMORIA QUE NO ENCUENTRA LUGAR
Desde 1979, el retrato fotográfico de Mercedes Vázquez de Labbé, acaso el único que se conoce de ella, representándola con los atavíos propios de su tiempo, ocupó un lugar de privilegio en el ingreso del establecimiento. Su presencia cotidiana operaba como lo que Halbwachs llamaría un soporte material de la memoria colectiva: un objeto visible, reiterado, que recuerda a quienes lo transitan quién es la comunidad que habitan y desde dónde proviene.
Pero los soportes materiales de la memoria tienen una vida propia que sus instaladores no siempre pueden prever. Promediando 1993, el retrato fue retirado intencionalmente del muro donde pendía. Un halo de misterio cubría la acción y con el transcurrir de los meses el cuadro no aparecía. La razón que comenzó a circular en los pasillos del establecimiento era tan reveladora como perturbadora, el retrato “traía mala suerte a la escuela”. Fue Ángel Rodríguez quien, el 7 de abril de 1994, denunció públicamente la situación en el Diario EL 9 DE JULIO, exigiendo la restitución de la imagen.
Ricoeur habría reconocido en este episodio una manifestación de lo que denominó “memoria impedida”. Es decir, aquella que no puede ser elaborada conscientemente y que por ello retorna bajo formas desplazadas, irreconocibles para quienes la experimentan.
La comunidad escolar no sabía qué hacer con ese retrato porque nunca había elaborado críticamente la historia que condensaba. Nadie había preguntado, en todos esos años, bajo qué circunstancias había llegado ese cuadro a ese muro, qué proyecto lo había colocado allí, qué relato sobre la ciudad y sobre la nación venía a reforzar. La incomodidad acumulada durante catorce años encontró expresión en el único lenguaje disponible cuando la razón crítica no ha sido cultivada, el de la superstición y el maleficio.
Tan ardua fue la campaña periodística de Rodríguez, y tan insistentes los reclamos dirigidos a las autoridades educativas distritales y a la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia, que el retrato volvió a colgar del muro donde había sido instalado en 1979. El 4 de mayo de 1994, un duro suelto que estaba preparado en prensa fue suspendido al tomarse conocimiento de que el cuadro había reaparecido. Para desagraviar la figura de la primera maestra, el Consejo Escolar de 9 de Julio descubrió además una réplica del mismo retrato en la sede de ese cuerpo.
Con el correr de los años, sin embargo, el retrato volvió a ser retirado de ese lugar de privilegio. Su paradero actual es incierto, quizá more olvidado en algún mueble, quizá descanse en la pared de alguna oficina interna del establecimiento. Esa imagen que nadie sabe dónde está es, en sí misma, la metáfora más exacta de lo que este artículo ha intentado argumentar: una memoria instalada por decreto, nunca elaborada críticamente, termina siendo una memoria que no encuentra lugar.

PALABRAS FINALES
El itinerario de ese retrato, su instalación en 1979, su retiro supersticioso en 1993, su restitución forzada en 1994, su segunda y silenciosa desaparición posterior, es el resumen más fiel de lo que ocurre cuando una comunidad hereda un símbolo sin haber participado en la elaboración de su sentido. El símbolo persiste formalmente, el nombre de Mercedes Vázquez de Labbé sigue en la fachada de la escuela. Pero la imagen que debía darle rostro humano a ese nombre ha recorrido un camino errático, de olvido en olvido, sin encontrar el lugar estable que solo la memoria conscientemente trabajada puede ofrecer.
Halbwachs nos enseñó que la memoria es siempre memoria de alguien, estructurada por marcos que no son naturales sino construidos e históricamente situados. Ricoeur nos enseñó que toda selección mnémica produce un olvido que debe ser nombrado si se quiere hacer justicia al pasado, y que la memoria impedida -aquella que no ha podido ser elaborada- retorna siempre bajo formas que la razón no reconoce como propias. Juntos, estos dos pensadores nos ofrecen una herramienta para mirar el retrato ausente de la primera maestra de 9 de Julio con la sobriedad de quien comprende que honrar a los muertos es una tarea demasiado seria para dejarla en manos de quienes también producían, en ese mismo instante, sus propios muertos anónimos.

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES
Archivo de la Escuela de Educación Secundaria Técnica N° 2 de 9 de Julio. Legajo de documentación referida a los trámites de imposición del nombre de Mercedes Vázquez de Labbé. Nota de la Asociación Cooperadora al Director Oscar Rubén Bolies, 23 de agosto de 1979.
Resolución N° 2243, 15 de octubre de 1979. Ministerio de Educación de la Nación Argentina. Imposición del nombre de Mercedes Vázquez de Labbé a la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 2 de la ciudad de 9 de Julio, provincia de Buenos Aires.
Orientación, publicación oficial de la Comisión Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional, Año I, N° 2, Buenos Aires, mayo de 1952.
Suelto periodístico «Pulsando la ciudad», 13 de noviembre de 1979. Publicación local no identificada. Archivo de la Biblioteca de Estudios Históricos de 9 de Julio.
Rodríguez, A. Denuncia pública sobre la desaparición del retrato de Mercedes Vázquez de Labbé. Diario EL 9 DE JULIO, 7 de abril de 1994.
Iaconis, H. J. (2023, 5 de marzo). Los nombres de la E.E.T. N° 2: polémicas, un retrato y la superstición. Diario EL 9 DE JULIO. https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/151368
BIBLIOGRAFÍA TEÓRICA Y CRÍTICA
Halbwachs, M. (2004). La memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza.
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.
Ottini, M. S. (2020). Espejos genocidas: El homenaje al centenario de la Conquista del Desierto durante la última dictadura cívico-militar en Argentina [Tesis de licenciatura, Universidad de Buenos Aires]. Repositorio Filo: Digital. http://repositorio.filo.uba.ar/xmlui/bitstream/handle/filodigital/12144/uba_ffyl_t_2019_73052.pdf
Ricoeur, P. (2003). La memoria, la historia, el olvido. Trotta.
Ricoeur, P. (1996). Tiempo y narración (3 vols.). Siglo XXI Editores.
Zappa, A. L. (1982). Héroes de la Conquista del Desierto. Muerte del jefe del Regimiento N° 5 de Caballería de Línea Gral. Güemes, Don Estanislao Heredia. Revista de la Universidad, (28), 53-56. http://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/127466


