Por Héctor José Iaconis.

En el umbral del otoño de 1926, la ciudad de 9 de Julio atravesó, en el lapso de apenas una semana, dos experiencias radicalmente opuestas: la violencia ciega de la naturaleza y la serenidad luminosa de la fe. Antes de que los feligreses encendieran sus ramos en el Parroquia de Santo Domingo de Guzmán (hoy Iglesia Catedral), la noche del sábado 27 de marzo descargó sobre la ciudad una tormenta de inusitada ferocidad que sacudió estructuras, arrancó añosos ejemplares arbóreos y sumió a la población en tinieblas. Superado el embate, la comunidad se congregó en torno a los oficios de Semana Santa con la devoción que siempre había distinguido sus expresiones religiosas.
LA TORMENTA DEL 27. FURIA Y DESOLACIÓN
“Las iras de la Naturaleza”, como las denominó alguna crónica periodística de la época, se desataron con furias de aquilón en la noche del sábado 27 de marzo de 1926 sobre 9 de Julio. Lo que comenzó como una tormenta ordinaria se convirtió en un episodio de violencia atmosférica que sacudió los cimientos materiales y la tranquilidad del vecindario.
Los daños fueron cuantiosos y variados. Viviendas con averías, tapiales caídos, árboles gigantescos arrancados de raíz, molinos a viento destruidos, galpones reducidos a escombros, cables y postes telefónicos y telegráficos derribados y la interrupción del suministro de luz eléctrica. Todo ello contribuyó a sembrar el pánico entre los convecinos. A estos perjuicios materiales se sumó la suspensión del espectáculo cinematográfico en su tercera sección, por falta de fuerza motriz, obligando al público a permanecer en una espera de dos horas, hasta tanto cesara la tormenta. Al fin, toda la ciudad quedó envuelta en tinieblas.
La violencia del huracán, a más de los perjuicios ocasionados, fue motivo de vivos comentarios que, como era imaginable, se bordaron al respecto. Dentro de la gravedad de las cosas, los escritos de prensa se congratulaban de que no hubiera que lamentarse mayores derrumbamientos de viviendas, puesto que ello hubiera tenido consecuencias funestas.
EL PROGRAMA LITÚRGICO: ORGANIZACIÓN Y PIEDAD
Con motivo de la anual festividad de Semana Santa, se proyectó el siguiente programa, que habría de realizarse en el Templo Parroquial de 9 de Julio. La organización litúrgica abarcó todos los días de la semana mayor, desde el Domingo de Ramos hasta el Lunes de Pascua, con una meticulosa distribución de oficios, misas, confesiones y procesiones.
El Domingo de Ramos, 28 de marzo, a las 9:30 horas, fue realizada la bendición de los ramos, misa y sermón. A las 17:30, tuvo lugar el Vía Crucis. Los días de lunes, martes y miércoles santos contaron con misa a las 7 y Vía Crucis a las 17:30 horas.
El Miércoles Santo, de 7 a 11 y de 14 a 18 horas, se administró el sacramento de la Reconciliación. Los caballeros también pudieron también confesarse en la noche del miércoles, desde las 20 a las 23 horas.
El Jueves Santo, 1 de abril, se celebró en las primeras horas de la mañana una misa cantada de comunión general. A las 17:30 horas se efectuó el oficio de Tinieblas y el Sermón de Institución. El Viernes Santo, 2 de abril, a las 8 horas, tuvieron lugar los oficios del día: Adoración de la Cruz y misa de presantificados. A las 13:30 horas, el piadoso ejercicio de las siete palabras y a las 14:30, el sermón de pasión. Terminado el sermón, se inició una procesión alrededor de la Plaza “General Belgrano” y el Vía Crucis. A las 17:30 horas fue realizado el oficio de Tinieblas y sermón de soledad.
El Sábado Santo, 3 de abril, los oficios del día estuvieron comprendidos por la bendición del fuego del Cirio Pascual y fuente bautismal y misa de gloria. En toda la tarde se oyeron confesiones.
El Domingo de Resurrección, 4 de abril, a las 7 horas, fue celebrada la misa de comunión general de las congregaciones y fieles de la parroquia; a las 8 horas, otra misa en la cual comulgaron todos los niños y niñas que habían hecho ya su primera Comunión; a las 10, fue la misa solemne cantada y sermón. Finalmente, el lunes de Pasquetta, se ofreció una misa por las intenciones de quienes habían cooperado con su concurso a la piadosa realización de las solemnidades de Semana Santa.

LA CELEBRACIÓN: FE COMPARTIDA Y CONCURRENCIA POPULAR
Con la afluencia de creyentes y devotos que distinguió siempre a todos los cultos religiosos de la ciudad, se llevó a cabo la conmemoración de la Semana Santa con plena solemnidad, contando con la contribución de todo el vecindario de la parroquia, que conmemoró por medio de los actos litútgicos programados.
La Parroquia de Santo Domingo fue visitada por convecinos de la ciudad y de las localidades del distito, expresión que revela la proyección rural del culto parroquial y la integración entre el ámbito urbano y el vasto territorio circundante. A ese fervor popular se sumó la actividad de las distintas congregaciones y cofradías, que prestaron, como siempre, su apoyo en favor del mayor éxito de las conmemoraciones.
Se hallaba al frente de la parroquia, desde hacía pocos años, el presbìtero Domingo Güida, asistido por su teniente cura (vicario parroquial), el joven sacerdote Juan Haroldo Acuña. La celebración contó asimismo con el valioso concurso del Vicario General de la Armada, monseñor Agustín Piaggio, quien actuó como eminente orador sagrado y tuvo a su cargo todos los sermones de la semana, desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección. No es la primera vez que, el padre Güida convocada a un prelado de su jerarquía y elocuencia para conferir a las ceremonias realizadas en el templo de 9 de Julio un relieve singular. Cabe señalar que el padre Acuña permaneció poco tiempo más en la parroquia, hasta el 9 de julio de 1926, fecha en que fue trasladado como cura vicario a Los Toldos, cerrando así un capítulo de su ministerio en esta ciudad.
MONSEÑOR AGUSTÍN PIAGGIO, EL ORADOR SAGRADO
La figura de monseñor Agustín Piaggio merece una consideración particular, dado el papel central que desempeñó en las celebraciones de Semana Santa de 1926 en 9 de Julio. Sacerdote de padres italianos, nació en Avellaneda el 24 de agosto de 1873. Realizó sus estudios en el Seminario Conciliar de Buenos Aires y los completó en el Colegio Pío Latino Americano de Roma, formación que marcó desde temprano el rigor intelectual que distinguió toda su trayectoria.
Concluidos sus estudios y de regreso al país, fue nombrado prosecretario de la Arquidiócesis de Buenos Aires el 26 de abril de 1900; luego pasó al curato del Azul, donde inició la construcción del templo parroquial.
En torno a 1902 se incorporó a la Armada en carácter de primer capellán de la Fragata Sarmiento, comenzando así una larga y distinguida vinculación con la Marina de Guerra. Durante su permanencia en ella, prestó servicios en la Escuela Naval y como subsecretario y secretario de la Vicaría General. El 22 de marzo de 1915 se le nombró vicario general de la Armada, cargo que ejerció hasta el final de sus días.
Fue también Diputado a la Legislatura de Buenos Aires.
Como escritor e historiador, Piaggio dejó una obra de primer orden. Escribió acerca de la influencia del clero en la Independencia Argentina, durante el período 1810-1820, considerada su obra maestra, editada primero en Buenos Aires en 1910. Fue traductor, colaborador de varias publicaciones periódicas especializadas y redactor de libros sobre temáticas vinculadas con la historia y la teología. Su actuación como conferencista le dio gran prestigio.
Monseñor Piaggio falleció en Buenos Aires el 2 de junio de 1926, apenas dos meses después de haber presidido con su elocuencia los oficios de Semana Santa en 9 de Julio, en lo que resultó ser una de sus últimas acciones públicas.
Una calle de la ciudad de Avellaneda lleva su nombre.

PALABRAS FINALES
La Semana Santa de 1926 en 9 de Julio quedó inscripta en la memoria periodística de su tiempo como una vivencia de honda significación espiritual: la de una comunidad probada por la irrupción de fuerzas naturales indómitas y, a la vez, la de un pueblo fiel que, atravesada la tribulación, halló amparo y elevación en la comunión eclesial. La tormenta del 27 de marzo, con su ímpetu devastador, no fue sino un signo oscuro, casi una hora de prueba, que precedió a la luminosa celebración del misterio pascual, en la cual la palabra de monseñor Piaggio, insigne predicador sagrado, resonó bajo las bóvedas del templo parroquial convocando a los fieles al recogimiento, la penitencia y la contemplación de los misterios de la Redención.
A un siglo de aquellos acontecimientos, es posible evocar la imagen de una comunidad cristiana que, en medio de la adversidad, perseveró con firmeza en la observancia de los ritos litúrgicos, manteniendo vivo el ardor de su fe y renovando, en el corazón mismo de la prueba, su esperanza en la victoria pascual de Cristo.


