1826 – 2026: Bicentenario del nacimiento del fundador de 9 de Julio
– Parte II –
Por Héctor José Iaconis.
Las fuentes relativas a Julio de Vedia revelan que este cultivaba con sus oficiales y soldados un tipo de relación que excedía la autoridad jerárquica para incluir la confianza personal y el reconocimiento recíproco.
La carta que dirigió al capitán Dolveo Guevara el 18 de abril de 1865, desde Nueve de Julio, al comienzo de la movilización para la guerra del Paraguay, es un documento excepcional en ese sentido. Julio le encomendaba la custodia de la línea de frontera durante su ausencia con estas palabras:
«Yo no dudo de los oficiales del 5º Regimiento; no dudo de mis valientes soldados. Tengo fe en los unos y en los otros y creo me ayudarán en esta penosa tarea y que sabremos, como otras muchas veces, merecer el bien de la Patria», afirmaba.
Esa misma disposición aparecía en las relaciones con sus tropas en Bragado. En una carta a su hermana Delfina, Julio describía su tarea cotidiana con los soldados, en su mayoría «gauchos matreros, condenados a varios años de servicio», según sus propias palabras. Con términos que revelan una concepción pedagógica de la autoridad militar, entendía que era menester «instruir y moralizar la tropa, antes el azote de esta pobre población; educar a jóvenes oficiales; difundir las buenas ideas por medio de las palabras y el ejemplo; desarraigando el hábito de robar, cuanto es del Estado; introducir mil mejoras en los cuarteles; enseñar el modo de cuidar armas y caballos». Esta «tarea», como él mismo la llamaba, la seguía «con tesón, con energía» y esperaba, si permanecía allí algunos años, «dejar recuerdos duraderos». No, desde luego, era el lenguaje del menro administrador sino el del formador, que concebía su relación con los subordinados como una responsabilidad de alcance moral.
El testimonio del sargento Benjamín Basavilbaso, sus cartas desde 9 de Julio y desde el Paraguay, confirma la calidad de esos vínculos. La admiración del subalterno por su jefe era, en ese caso, inseparable de la confianza que el jefe había sabido inspirar.

LA AMISTAD COMO PRÁCTICA EPISTOLAR
Un aspecto que merece atención específica es el papel que la correspondencia epistolar desempeñaba en la construcción y el mantenimiento de las amistades de Julio de Vedia. En un siglo en que el correo era lento, irregular y a menudo dependiente de viajeros particulares, escribir cartas era un acto que requería esfuerzo deliberado. El hecho de que Julio las escribiera con tanta frecuencia y desde lugares tan remotos, Azul, Bragado, los campamentos del Paraguay, Asunción, Goya, Villa Occidental, revela que las concebía como una obligación moral hacia sus amistades, no como una práctica ocasional.
La queja por el silencio epistolar ajeno es un tema recurrente en su correspondencia. Desde el campamento paraguayo de Ytapirú, el 4 de julio de 1867, le escribía a Vaschetti que «no puede hacerse una idea de lo disgustado que me tiene el no recibir una sola letra del Nueve de Julio». En otra carta, lamentaba que las suyas hubieran tardado quince días en llegar, «es decir el tiempo preciso para ir a Europa», y añadía con ironía: «¡Cosas de América! Pero debemos hacerle justicia al correo, esta vez no ha sido él el causante de este retardo». La ironía, en ese contexto, era un modo de mantener el tono afectuoso sin caer en el reproche directo.
La carta era también, para Julio, el vehículo de la memoria compartida. Desde Tuyutí, el 15 de junio de 1866, lamentaba a Vaschetti no haber recibido respuesta a su relato de la batalla del 24 de mayo: «Sentiría su extravío, pues en ella le detallaba lo ocurrido en el combate del 24». La pérdida de una carta era la pérdida de un momento de intimidad irrecuperable, de un fragmento de la experiencia vivida que solo el amigo podía recibir y custodiar. En ese sentido, la correspondencia de Julio de Vedia no era solo un instrumento de comunicación sino una forma de construir, con el amigo, una historia común.
LA AMISTAD COMO RASGO DE CARÁCTER
Delfina Molina y Vedia de Bastianini, su nieta, le conoció en la intimidad de su hogar. Quizá por ello, una de las descripciones más vívidas, para el conocimiento del Julio de Vedia que sus contemporáneos experimentaban en la relación personal, es la que ella trazó en un brillante libro de memorias. Ese retrato tiene la precisión de quien observó con atención en la infancia y conservó lo observado con fidelidad literaria.
El rasgo que Delfina subrayaba con mayor énfasis era el que hacía de Julio un amigo naturalmente buscado. Recordaba que “era absolutamente imposible que alguien lo hallara antipático”. Al tiempo en que explicaba ese poder de atracción en términos que revelan una concepción muy precisa del carácter: «su mayor atractivo estaba en su alma, donde la fusión de virilidad y delicadeza de sentimientos, que se observaba en los hombres de verdadera hombría, prestaba a su trato un poder de seducción excepcional».
La «delicadeza de sentimientos», como componente de la «verdadera hombría» es una formulación que contradice el estereotipo del militar decimonónico y sugiere que el general Julio representaba un modelo en que la fortaleza y la ternura no se excluían sino que se reforzaban mutuamente.
Su nieta recordaba también que era «afable y generoso en grado sumo con los humildes», condición que atribuía a la herencia vasca de los de Vedia, sostenida por tres pilares fundamentales: «austeridad, franqueza y sencillez, heredadas de sus antepasados». Esas virtudes, en el marco de la amistad, se traducían en una disponibilidad para el otro que no hacía distingos de rango.

PALABRAS FINALES
En 2026, al cumplirse doscientos años de su nacimiento, la figura de Julio de Vedia retorna a nosotros como la de un hombre que concibió la amistad en el más elevado sentido del término y del concepto. El bicentenario de su natalicio ofrece, en ese sentido, una ocasión privilegiada para revisitar su figura desde una perspectiva diferente, aquella que existía detrás del uniforme, con sus lealtades, sus afectos y su práctica constante de la generosidad hacia quienes lo rodeaban.
La amistad con Bartolomé Mitre le proporcionó el puente entre la intimidad familiar y el escenario nacional. La amistad con Miguel Vaschetti le dio un testigo civil de su empresa fundadora y, con el tiempo, un compadre. La amistad con sus subordinados le permitió construir una autoridad que no se fundaba solo en el rango sino en el respeto ganado día a día. Y la correspondencia epistolar fue el instrumento con que mantuvo vivos todos esos vínculos a través de la distancia y del tiempo.
En aquellos años del siglo XIX, donde las convenciones exigían de los hombres públicos una compostura que tendía a suprimir la expresión de los afectos, Julio de Vedia eligió un camino diferente: el de la franqueza, la reciprocidad y la generosidad sin cálculo.
La ciudad de 9 de Julio, fundada por su mano el 27 de octubre de 1863, en el marco conmemorativo del bicentenario del nacimiento de su fundador, guarda en su propia historia la evidencia más concreta de aquello que estas líneas han procurado demostrar: Julio de Vedia fue un hombre capaz de construir vínculos duraderos, y que en esa capacidad residió, en buena medida, la solidez de todo lo que edificó.


