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Nueve de Julio
domingo, enero 25, 2026

Entre el honor, la patria y la amistad. La despedida de los conscriptos nuevejulienses en enero de 1926

Primera parte: Ocurrió hace un siglo

Por Héctor José Iaconis
En los albores del verano de 1926, la ciudad de 9 de Julio, como era tradicional cada año, experimentaba uno de aquellos momentos que conjugaban lo íntimo y lo colectivo, lo familiar con lo comunitario, la amistad y el deber patriótico: eran despedidos los jóvenes que se disponían a cumplir con el servicio militar obligatorio, institución que por entonces representaba no solamente un compromiso legal sino un verdadero rito de pasaje hacia la plena ciudadanía.
Una multitud de congregaban en la estación del ferrocarril para presenciar la partida de los jóvenes reclutados. Previamente, para los nuevejulienses de entonces, era frecuente agasajarlos con reuniones familiares, amistosas o de camaradería. Muchas familias, incluso, a sabiendas de la partida de algunos de sus miembros para cumplir con esta obligación impuesta, aprovechaban las fiestas de Navidad y Año Nuevo para convidarlos de manera especial.
Ha llegado hasta nuestro tiempo muchos testimonios vinculados con ese aspecto de nuestra historia. Uno de ellos, es el que nos ocupa hoy, pues, ocurrió precisamente hace un siglo.
Dos jóvenes integrantes del Foot-Ball Club Libertad, Carmelo Bulotta y Hermenegildo Massachessi, en enero de 1926, nace un siglo, debían efectuar el servicio militar. La despedida que les tributaron sus compañeros y amigos constituye un testimonio elocuente de los valores que sustentaban la vida comunitaria de entonces, donde parecía primar el patriotismo, la camaradería, el compromiso con el deber y la solidaridad grupal.
Las fuentes conservadas nos permiten reconstruir el significado social de aquella despedida, poniendo la mirada en una de las maneras mediante las cuales, la comunidad, expresaba su reconocimiento a quienes partían a servir a la patria.

Retrato que, un conscripto nuevejuliense, envía a su madre en la década de 1920.

EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO Y EL PASO A LA VIDA ADULTA
Para comprender cabalmente el significado de este acontecimiento, resulta imprescindible situarlo en el marco institucional de la época. La Ley de Servicio Militar Obligatorio (que estuvo vigente desde 1901 hasta 1994), diseñada por el ministro de Guerra, Pablo Riccheri, durante el segundo gobierno del general Roca, había convertido el paso por las filas del ejército en una experiencia prácticamente universal para los varones al cumplir veinte años. Más allá de sus objetivos militares evidentes, la conscripción cumplía funciones de integración nacional, alfabetización y construcción de una identidad común en un país que recibía masivas corrientes inmigratorias.
En la década de 1920, el cumplimiento del servicio militar obligatorio cumplimiento era presentado, particularmente desde los discursos oficiales, como una instancia formativa y moralizante, destinada a disciplinar cuerpos y voluntades, y a integrar a los jóvenes a una idea de patria compartida. El llamado a filas de los jóvenes no solo implicaba una obligación legal, sino también un especie de rito de pasaje a la vida adulta. La partida hacia los cuarteles suponía una separación temporal del espacio familiar y del entramado social cotidiano. De esta manera, el servicio militar era interpretado como un sacrificio necesario, pero honroso, una contribución personal al destino colectivo de la Nación.

LAS DESPEDIDAS Y LOS COMENTARIOS DE LA PRENSA
En este contexto, en que el llamado a filas era percibido como un deber patriótico, la comunidad nuevejuliene entendía que, los jóvenes merecían el reconocimiento. Por ello, quienes debía partían hacia los cuarteles eran objeto de despedidas que combinaban la nostalgia de la separación con el orgullo ciudadano.
Hace un siglo había, sobre el servicio militar obligatorio, varias miradas. La prensa local las reflejaba circunspecciones Una, de tinte más sensible, la reflejaba el periódico “El Pueblo”, en su edición del sábado 16 de enero de 1926, en la una nota titulada «Buen viaje»: “En estos días se viene procediendo al adiós de despedida de nuestra juventud, llamada a cumplir con los deberes de ciudadanos”.
“Razón de fuerza –añadía- para que la flamante juventud nuevejuliense haya hecho derroche de entusiasmo, recorriendo nuestras calles al son de alegres caravanas, entonando cánticos y vítores. Nos halaga el simplemente pensar, que ese núcleo de entusiastas jóvenes, se entreguen al jubileo, que es una prueba inequívoca de que llevan el ánimo bien dispuesto, al cumplimiento con el llamado de la patria. Ello significa a la vez, que germina en sus pensamientos el alto temple varonil, que así como en la predisposición para con la patria, demuestran inclinación y amor a las luchas por la vida”.

LA MIRADA CRITICA
Junto a expresiones de adhesión cívica, entusiasmo juvenil y exaltación del deber convivían también miradas críticas, más reflexivas, que advierten sobre las tensiones y contradicciones del sistema de conscripción. En este sentido, el suelto titulado “La conscripción y sus males”, publicado por EL 9 DE JULIO, en su edición del 24 de enero de 1926, constituía un contrapunto significativo.
Desde su inicio, la nota adoptaba un tono firme al sostener que “la conscripción militar es una necesidad nacional”, aunque inmediatamente introducía una reserva sustancial: se la define como “un mal que durará aún muchos años, mientras subsistan rivalidades entre las naciones”. Dicho de otro modo, no se formulaba un cuestionamiento a la legitimidad del servicio militar como institución estatal, pero lo concebía como un fenómeno que debería ser transitorio, impuesto por un orden internacional imperfecto y conflictivo. A decir verdad, esta formulación revelaba una sensibilidad pacifista, que reconoce la realidad geopolítica sin renunciar a un horizonte ideal.
El texto enfatizaba, además, el costo humano de la conscripción, al señalar que daba “pena ver marchar a las filas, a la flor de la juventud”. La expresión no es menor. En ella se condensaba una percepción extendida en amplios sectores sociales: el servicio militar implicaba una interrupción abrupta de la vida juvenil, un sacrificio que afectaba a quienes se encontraban en el momento de mayor vitalidad física, ya insertos en el mundo del trabajo o en una proyección personal. Sin embargo, no derivaba de allí una condena del deber militar en sí mismo, sino que desplaza el eje crítico hacia otros aspectos.
En efecto, el núcleo más severo de la nota apuntaba a las desigualdades y prácticas corruptas asociadas al sistema de conscripción. El autor de la crónica denunciaba “la intervención de algunos que procuran la salvación de conscriptos, mediante dinero”, y calificaba esta conducta como “un mal de honda corrupción”. Aquí, la crítica se vuelve explícitamente moral y social. Lo que se cuestionaba no es el sacrificio exigido a los jóvenes, sino la posibilidad de que dicho sacrificio recaiga de manera desigual, permitiendo que algunos eludan el servicio gracias a su posición económica, mediante el pago de una “canon” que le permita “salvarse” de la colimba.
Más claramente aún, la nota sostenía que estas prácticas “desalientan a aquellos que quisieran la aplicación de enérgicos castigos para tantos vividores que desprestigian nuestro ejército”. La preocupación central no es solo la injusticia individual, sino el daño simbólico infligido a la institución militar y, por extensión, a la idea misma de servicio y honor. En consecuencia, la crítica periodística probablemente no se opone al ideal de conscripción, sino que reclama su depuración moral y su aplicación equitativa.

Continuará la próxima semana…

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