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«La juntada de maíz»

Publicado el: sábado 6 julio 2019 a las 6:33 pm

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Al igual que para miles de pueblos diseminados por la pampa húmeda, las actividades agropecuarias fueron para 9 de Julio uno de los motores que impulsó su nacimiento y desarrollo.
Nuestro país tuvo un vertiginoso crecimiento entre mediados del siglo XIX y la década de 1930, convirtiéndose en una potencia exportadora de granos, entre ellos el maíz, que le dieron el mote de «granero del mundo».
Entre grandes silos, modernas máquinas agrícolas, que valen fortunas, Internet, GPS, 4×4 y toda la tecnología del sector agropecuario actual, yace la vivencia de la «juntada de maíz a mano», o simplemente «la juntada», tal como se conoció a la cosecha de maíz por un siglo hasta la llegada, a fines del la década de 1950 y principios de la de 1960, de las primeras cosechadoras motrices con plataforma maicera.
Esta modalidad de la cosecha a mano, no sólo produjo una inmensa población rural, con una inmensa capacidad de crear trabajo, sino que también hacía funcionar los comercios de los pueblos que debían abastecer a chacareros y a trabajadores de insumos para la cosecha. En el Partido de 9 de Julio, las grandes casas de ramos generales fueron las encargadas de mantener el suministro de bolsas, hilos para cerrarlas, combustibles, herramientas, repuestos, aperos y comestibles, entre otras cosas. En los pequeños pueblos que nacían en el interior del Partido había infinidad de boliches y herrerías, mientras florecían las peluquerías y los lugares para alojar a los trabajadores.
EL COMIENZO DE LA TAREA
El cultivo del maíz implicaba técnicas diferentes a la del trigo y otros cereales, siendo su cosecha un hecho importante que imprimía en todo el campo una actividad humana, inimaginable en la actualidad, que duraba varios meses, desde marzo hasta junio o más aún.
Luego de la siembra, realizada según las épocas, con técnicas variadas, pero siempre muy primitivas, y ya crecido el maíz y listo para ser cosechado, llegaban a las estancias o a las chacras los «juntadores de maíz» o «deschaladores» -a veces familias enteras- dispuestos a emprender la tarea por un magro jornal. Además de la mano de obra local, llegaban trabajadores golondrinas de distintas provincias o inmigrantes europeos tratándose, muchas veces, de gente ya conocida por los propietarios debido a que repetían la labor año tras año. En nuestra zona, el trato era más personalizado con el chacarero, éste los dejaba vivir toda la temporada en sus galpones u otras dependencias, pero en las grandes propiedades o en lugares que no poseían estos lugares, los trabajadores construían para ellos y sus familias una suerte de chozas hechas con palos, con hojas de maíz o chala en las paredes y con techo de chapa que -excepto la chala- duraban de un año para otro. Se estima que entre quinientas y seiscientas mil personas participaban de este tipo de cosecha. Luego la tecnología y la política terminaron con el trabajo del juntador de maíz, quién pasó al olvido.
Una vez instalados los juntadores, comenzaba la cosecha o juntada, para lo cual se les proveía de un cinto confeccionado con tela de bolsas de arpillera, con varios ganchos destinados a enganchar la maleta; era un cinto bien ancho para evitar que sufriera la cintura del trabajador en el esfuerzo. También se les daba la maleta, que era un gran recipiente de lona de dos metros de largo y cuarenta centímetros de ancho y con su parte inferior hecha de cuero para resistir el desgaste por el arrastre sobre el suelo que se facilitaba cuando, por el roce continuo se ponía bien tersa y lustrosa. Otros elementos eran las bolsas de arpillera para poner las mazorcas o espigas de maíz y la aguja o púa que era una punta de hierro con una empuñadura para proteger la mano del continuo choque contra el filo de las chalas.
Para llevar adelante el trabajo, los juntadores formaban parejas o yuntas, ya sea de dos hombres o, en caso de familias, el marido y la mujer. Cada yunta tomaba a su cargo una parte del cultivo, que era conocido con el nombre de «la lucha» (de allí el dicho «estar en la lucha»). Eran 20 surcos para deschalar que se comenzaban desde el medio, dirigiéndose cada uno hacia el extremo de los surcos, arrancando con la púa las espigas a izquierda y derecha (de a dos surcos a la vez) y echándolos a la maleta que tenían entre las piernas, la que los obligaba a caminar todo el tiempo con las piernas muy separadas e inclinados hacia adelante. Cuando ésta se llenaba -unos 30 kilos-, la vaciaban en las bolsas que tenían preparadas al final del recorrido donde entraban hasta 100 kilos y repetían la operación llenando nuevamente la maleta y nuevas bolsas. Un juntador de maíz llenaba unas 15 bolsas por día y había unos pocos que eran famosos por llegar a las 20.
LA TROJA
Una vez terminada la «deschalada», una «chata rastrojera» tirada por caballos percherones recorría las luchas de donde se retiraban las bolsas que debían estar bien llenas y hasta con «coronita», es decir con las mazorcas sobresaliendo por arriba, para evitar que el chacarero rezongara. La chata las trasladaba a las cercanías de la «troja» que se estaba armando y, a medida que se descargaban, las bolsas iban quedando al costado de la misma. Al finalizar la jornada se devolvían al chacarero la bolsas vacías, se controlaban las que se habían llenado y vaciado y se anotaba cuidadosamente cuantas correspondían a cada trabajador.
La troja (o trojes) era una estructura circular de unos 10 metros de diámetro y otros diez de alto, fabricada con cañas de Guinea o con cañas y chala de plantas de maíz; donde se podían mantener estacionados durante un tiempo las espigas recolectadas.
A medida que la troja se iba llenando y aumentaba en altura, se iban agregando también más cañas o plantas de maíz y riendas para que las paredes se elevaran en concordancia. Las espigas no se colocaban directamente sobre el piso de la troja, sino que previamente éste era cubierto con una capa de chala de unos 50 centímetros de espesor para evitar que las que quedaban en el fondo comenzaran a brotarse por el contacto con la humedad del suelo.
OTROS TIEMPOS
Si retrocedemos en el tiempo cinco décadas, comprobaremos el avance de la tecnología, tanto en el sector agropecuario como en otros. Si observáramos las escenas de la cosecha del maíz en la actual campaña agrícola, con modernas máquinas que agilizan el trabajo, y las comparáramos con las que circulaban por el campo medio siglo atrás, veremos que antes había mayor ocupación en el ámbito rural y notaremos un gran cambio en la vida social.
En esa época jugaba un papel importante la desgranadora, una máquina que se situaba cerca de las trojas. Se realizaba una abertura en la base se la troja, sin cortar los alambres y se le arrimaba la noria, un mecanismo con una cinta sin fin que arrastraba los choclos hasta la máquina. Por un efecto de embudo, al chuparse por debajo las espigas, se producía simultáneamente un gran agujero en el centro de la troja que, indefectiblemente la haría inclinar y caerse. Para evitar esto, dos peones se situaban encima de la troja manejando un gran rastrillo horizontal, «el peine», que estaba atado por un cable de acero a un malacate de enrollamientos manejado por el «palenquero» de la desgranadora. Los peones clavaban el peine en las espigas acumuladas y el palenquero accionaba el embrague que recogía, enrollándolo, el cable del peine que de esta manera arrastraba los choclos hacia el agujero rellenándolo de continuo. Inmediatamente libraba el cable para que los peones de arriba de la troja lo clavaran nuevamente para repetir el trabajo.
La desgranadora, como su nombre lo indica, «desgranaba» el marlo arrancándole los granos de maíz que iba largando por una boca mientras los costureros cosían las bolsas en que se embalaba.
También son recordadas las desgranadoras manuales. Su uso estaba destinado a desgranar las espigas que se destinaban a la alimentación de los animales mientras se esperaba la llegada de la desgranadora grande.
Mientras bajaba el nivel de la troja y se desgranaban las espigas, había que estibar las bolsas con maíz. Esta bolsas, debidamente cerradas -las mejores eran de yute importado de la India- pesaban unos 80 kilos y se acumulaban en pleno campo abierto en las llamadas «estibas de campaña» que tenían forma piramidal. Esta manera de apilar las bolsas obedecía a una doble razón; por un lado facilitaba un más rápido escurrimiento del agua en caso de lluvias; por el otro facilitaba el control y la contabilización por parte de los propietarios del campo cuando el chacarero era arrendatario.
Muchos aún recuerdan o bien lo saben por las narraciones de sus mayores, que ya a principios de abril, las zonas agrícolas se preparaban para la llegada de los juntadores de maíz, que serían contratados para la cosecha. Cada uno llevaba ropa, utensilios de cocina, y cobijas. Todos tenían, además, su maleta para colocar las espigas.
Esta era una vida bastante sacrificada. Todos hacían un esfuerzo de gran magnitud. Las jornadas se extendían de sol a sol, de abril a agosto. En esos crudos inviernos, las espigas se congelaban durante la madrugada y dañaban las manos de los juntadores.
Este trabajo, que dio sustento a miles de familias, empezó a quedar atrás en la década del cincuenta, a medida que los adelantos tecnológicos ganaban terreno en las rutinas productivas.
Bibliografía
– «Vida y Costumbres de la Pampa Gringa» por Héctor Marinucci (1997).
– “Hombres del surco (Semblanza de agricultores)” por Luis Pozzo Ardizzi (Buenos Aires, Editorial Raigal, 1955).
– “Crónica Vecinal de 9 de Julio” por Buenaventura N. Vita.
– «La antigua y dura tarea de cosechar maiz a mano», por Ayelén Tarditi Barra (Córboba, Instituto Adelia María, 2007 ).

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