A 28 años del crimen de la familia Turon Barrere

Publicado el: Sábado 9 febrero 2019 a las 12:35 pm

El hecho ocurrido en la zona de El Tejar

cementerioturoncem9dejulio

El sábado 9 de febrero de 1991 fue asesinada la familia Turon Barrere, en la zona rural de El Tejar del Partido de 9 de Julio. Cuatro días más tarde se notó la ausencia de sus integrantes y una semana después fueron hallados los cuerpos.
El 13 de febrero del año 1991 fue denunciada la desaparición de la familia Turon Barrere, radicada en un establecimiento rural de El Tejar. El sábado 16 aparecieron los cuerpos. El hallazgo de los cuerpos (baleados) fue en un zanjón si agua en cercanías de la zona de Neild el sábado 16. Nicolás Turon Barrere (66), Edith Catalina Buscaglia (54) y Nicolás Turon Barrere (11) fueron víctima de un crimen: los ejecutaron con una carabina.

TURON BARRERE, NUESTRA FAMILIA
Alguien que aprende qué cosa es una masacre desde tan temprano tiene el velo del pudor desgarrado.
Todo origen es mítico y todo mito da cuenta de un origen.
Desde esas fronteras le doy palabras y sentido a esta historia desde la figura de quien fuera su fundador, Don Pedro Turon Barrere.
Algunos comentarios ordenados en el tiempo y en el espacio, algunas pinceladas que edifican las relaciones cuya huella es la herencia y la impronta que nos hace y nos ha ofrecido las mayores aproximaciones identitarias.
Darle un tiempo de inicio es, pues, mitificar sobre un comienzo que pudo haber sido allá en el pequeño pueblo francés de los Pirineos, llamado Lucq de Bearn, cuando Don José Turon Barrere y Doña. Caterine Pouyade se casaron ante la pequeña Alcaidía del pueblo el 9 de junio de 1842.
O tal vez en el año 1782, con el nacimiento de Francois Turon dit Barrere, padre de Don José, inscripto en el canton de Moneim, también en la llamada antigua Nabarra, espacio de los gascones pirenaicos.
Aunque situada entre bellos paisajes la vida de montaña es dura, las posibilidades de supervivencia son desfavorables, se necesita temple y coraje para sobrevivir entre el frío y la roca inhóspita y agreste. En este contexto nacieron seis hijos, del matrimonio de Caterine y José.
Pedro fue el menor, en su partida dice que nació el día 22 de marzo de 1859 a las dos de la tarde. Inicios de la primavera en el continente europeo, nada podemos decir de su infancia, ni de su adolescencia, sólo conjeturar que ya tenía en su mirada la visión de otros destinos y otros rumbos.
En un buque, llamado “El Senegal”, procedente de Burdeos arribó al puerto de Buenos Aires el día 15 de mayo del año 1887, había cumplido 28 años, y traía consigo como única compañía su clarinete y muchos sueños. Nuevamente la conjetura nos orienta hacia el partido de 9 de Julio dónde vivían algunos amigos de la familia también emigrados como él.
Este concepto, el de emigrado requiere de alguna reflexión. Ana Arzoumanian nos dice que la figura del emigrado conlleva en sí lo traumático, en tanto desarraigo de su lugar de origen y adopción de una lengua nueva. La lengua de la sociedad de recepción a la cual brindarle esperanza, pero también esfuerzo. Lo extraño. Lo desconocido. Lo incomprensible.
Un nuevo registro simbólico lejano al materno, a las primeras palabras pronunciadas en el seno familiar. Cambiarlo, tomar otros signos como propios para adaptarse al entramado social de la nueva pertenencia.
Todo esto vivió don Pedro, nuestro abuelo. En otros tiempos en que la distancia determinaba soledad, y alejamiento definitivo de los amores primeros.
En su sangre bearnesa el espíritu gascon le acordó la fortaleza para rehacerse y emprender el proyecto de vida familiar que alojaba en su corazón y en su mente.
Así fundó su familia junto a Nicolasa Andrada, quince años menor que él y muy bella. Fue en el año 1901, precisamente un día 9 de febrero. Extrañas paradojas del destino, la misma fecha en que un golpe brutal y asesino destruyó la vida y la familia del menor de sus hijos.

VIVIR EN EL CAMPO
Primero en la zona de C.M. Naón y luego en El Tejar, el alquiler de un campo pequeño motivó su potencial hacia la construcción de una familia. La cría de ovejas, el tambo, las mieses, el ganado, todo ingresaba en las actividades con las cuales sostener la vida familiar y la crianza de sus hijos. Numerosos, desde la llegada de José, al poco tiempo de casados, luego Pedro, Domingo, y Carmen.
En 1912 nació nuestro padre, Vicente, y luego Eduardo. Detener la narrativa bucólica para dedicar memoria también a quien inexplicablemente sufriera momentos de extraña alteración, y fue a morir en las cercanías de La Plata, en un neuropsiquiátrico, allá por el año 1941. Joven, fuerte e inteligente. Tal vez una demanda de la vida, tal vez otro misterio y como tal inexplicable.
Los hijos menores fueron Silveria y Nicolas. A más de veinte años de nacido José llegaron renovando la infancia en el hogar laborioso y fecundo.
En esos tiempos y en esos parajes la escuela estaba distante, y el trabajo era intenso, Don Pedro se ocupó personalmente de la educación de casi todos sus hijos, aquella formación juvenil en la Francia iluminista y modernizadora del mundo estaba inserta en su identidad tan fuertemente que lo transmitió en la conducta y con ella en la ética familiar sobre la que se organizó la familia.
Decir ética es hablar de las costumbres que se establecen en lo cotidiano de los lazos que integran lo familiar. De las secuencias, los gestos, las miradas, las conductas, solo explícitas en la acción y no en el discurso.
La ejemplaridad parental que establece identidad.
Un fuerte sentido de la solidaridad fraternal, el concepto de familia por sobre todo, un grande y profundo amor que se respiraba en la humilde casa de paredes de adobe. Así lo hemos vivido quienes pudimos participar de algunas vivencias, y lo recibimos como la rica herencia a resguardar para los tiempos.
La disciplina del trabajo. Cada día todos con su misión en las labores del campo, se levantaban a las tres de la mañana para cumplir con la del ordeñe, y luego llevarlo a la famosa lechería que en aquellos tiempos estaba situada en los aledaños del pequeño pueblo de “El Tejar”.
La siembra y la cosecha. Largas jornadas y luego la reunión en las noches alrededor de una antigua y enorme cocina a leña. Trabajo y amor sostenían y nucleaban los esfuerzos para continuar con la tarea de producir en la tierra de ese campo amado, respetado, cuidado. Gestos de profunda e inenarrable simpleza, pero enormes, excediendo palabras o acontecimientos. Muchos años después en M. Heidegger reencontré algo de esto y la reflexión..”Lo sencillo conserva el enigma de lo perenne y de lo grande”.

Ese habitar al que nos entregamos sin pensar en que es obra de otro esfuerzo humano, de otros soles y otros sueños.
Don Pedro había fallecido en 1927, y Doña Nicolasa fue asistida en esta misión por sus hijos mayores. Carmen ya había constituído su propia familia y Vicente, nuestro padre había hecho lo propio en 1947.
En los últimos años de nuestra abuela el amor infinito de Nicolas y de Silveria le dieron sentido a su vejez y a su enfermedad. Tal vez algun lector recuerde este ejemplo de dedicación de los hijos hacia su madre. Notable, excepcional, casi sin precedentes. Ella murió en el año 1953 rodeada de todos sus hijos y el respeto de sus vecinos de campo.
Ya se iniciaba la segunda mitad del siglo pasado cuando los hijos mayores adquirieron como propietarios el campo tan querido, y tan lleno de historia familiar.
En cada pérdida familiar la ética indicaba dejar en manos de quienes lo habitaban la misión de producir y sostenerlo.
Fue Nicolas el responsable de darle otra impronta, otra casa, y el inicio de una nueva familia que habría de llenar los espacios dejados por los ausentes. Su matrimonio, y la llegada de Nicolasito renovaron la esencia de los afectos familiares, de esa ética prodigiosa de campesinos nobles y laboriosos.
Hasta que un golpe brutal –el 9 de febrero de 1991— los arrancó de su vida, y de la nuestra.
Los aspectos de un acto de crueldad que no es posible ponerle palabras los dejó sin vida a los tres.
Ahora hay sólo una fecha que emerge en la memoria. También en el bronce. En la simbología de la muerte que guardan esas placas recordando al viajero, al hombre que pasa, que fue un 9 de febrero.
Un 9 de febrero, en un mediodía de sábado la muerte aniquiló a una familia. La muerte traída en los revólveres homicidas desde algún lugar, bajo consignas que siguen en el misterio, convirtieron el jardín de rosas rojas en lecho sangriento
La tierra amada por nuestros abuelos, la que era el sitio de la vida de una historia familiar de trabajo, de ética, de honorabilidad, de esfuerzos, de amor, el hogar elegido hacia 1900 por aquellos iniciadores, fue nodriza final de Nicolás, de Nicolasito, de Pelusa.
Quién señaló el camino homicida, qué extraña brújula orientó aquellos pasos, por qué allí, en esa lejanía, en un espacio hecho de amor y de trabajo, ese ensañamiento brutal. Cuántos Caínes trasmutados, repitieron la ceremonia sacrílega?
Tal vez aún resuenen aquellos gritos desesperados, o haya algún eco de esos estertores amados, y en las voces perdidas –y recuperadas— en el tiempo emerja un decir de las palabras finales que nos hablaron a nosotros, desde tan lejos que no pudimos acudir a ese llamado solitario de amor.

“Algo habló en el silencio, algo calló,
algo se fue por su camino”

Mantener su memoria viva. Recordar siempre que en este pueblo alguna figura de la impunidad atraviesa las calles.
Como si estuviera sentada directamente sobre aquel mismo suelo, “y recorrido el camino del abatimiento hasta el final” me despojo del pudor y grito. Grito una vez más, seguiré gritando.
Me uno a los ecos fantasmáticos de sus muertes…en espera de aquella justicia inapelable que algún dia habrá de llegar.

Eva Turon Barrere

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