3 diciembre 2020

Héctor «Quito» Barbieri. Caballerosidad, amabilidad y hombría de bien

[21 de mayo de 2011]

* Nacido en esta ciudad, durante casi siete décadas se dedicó al oficio de peluquero, que había aprendido a lado de su padre.

* En su juventud, practicó el fútbol, en las finales de los clubes “Agustín Alvarez” y “Once Tigres”; y también, llegó a consagrarse campeón en un torneo de pelota a paleta.

* Junto a su peluquería, instaló una de las primeras agencia de lotería de 9 de Julio.

* En algunos períodos, hasta entrada la década de 1980, fue miembro de la comisión directiva del Club “Once Tigres”.

* Dueño de una rica memoria, es un vecino muy estimado por cuantos le conocen, y aprecian su trato siempre cortés y deferente.

Héctor Quito Barbieri, en el centro, junto a su hijo Hugo y una colaboradora en la agencia de lotería.
Héctor "Quito" Barbieri, en el centro, junto a su hijo Hugo y una colaboradora en la agencia de lotería.

Hace poco más de un mes atrás, Héctor “Quito” Barbieri, cumplió sus juveniles noventa años. Pero, ciertamente, al ver su energía difícilmente alguien le asignaría esa edad, pues aparenta muchísimo menos.

De una personalidad siempre afable, cortes y deferente en el trato, amable y cordial en su modo de ser, “Quito” Barbieri es el prototipo de un caballero. Formado en los valores de otro tiempo, pero muy consustanciado con los tiempos actuales, sigue frecuentando, día a día, la agencia de lotería de su hijo Hugo, con la misma vitalidad con que lo hacía en su juventud, cuando trabajaba en la peluquería de su padre.

Nacido en 9 de Julio, el 2 de abril de 1921, fueron sus padres, don Aló Barbieri, un inmigrantes italiano que vivió entre 1883 y 1966, y de doña Teresa Traverso,  nacida en 1890 y fallecida a los 90 años.

Aquel hogar lo conformaban seis hermanos: María, Jorge, Arminda, Aida, Aló («Cacho») y Héctor («Quito»).

Sus estudios los cursó en la Escuela N° 1. Allí tuvo como primera maestra a la señora Micheau de De la Plaza, esposa del procurador José María De la Plaza, mientras que su última docente, en sexto grado, fue la recordada  Aurora C. de Celeiro.

“Quito” guarda en su memoria, con mucha nitidez, los recuerdos de la infancia y los nombres de aquellos amigos de juventud, muchos de ellos que ya no están. En su barra de amigos, aquellos con los que se encontraba en la esquina del barrio, cuando todavía las calles eran de tierra, se encontraban el escribano Miguel Pilegi, Carlos Strevezza, Juan Di Candia, Hernández (que fue cuñado de Cabanillas) y el carnicero Aguirre, entre otros.

EN LA PELUQUERIA,

EL APRENDIZAJE JUNTO A SU PADRE

Su padre, junto a sus padres y tres hermanos, emigraron de Italia y se afincaron primero en Vicente Casares, cerca de Cañuelas, el  pueblo donde se erige la antigua fábrica láctea “La Martona” y la fabulosa estancia “San Martín” de la familia Casares, hoy Monumento Histórico Nacional. Ellos venían de Europa con el oficio de peluquero.

“Como ese pueblo –explica “Quito” Barbieri, en diálogo con EL 9 DE JULIO- era chico, mi padre decidió irse y se estableció en 9 de Julio, en el año 1914, entrando como oficial en una peluquería de San Martín, que funcionaba contigua al Bazar ‘El Siglo’. Poco después, se trasladó a la esquina de Mitre y Mendoza, donde también existía un bazar. El propietario del mismo le alquiló a papá una habitación aledaña”.

El dueño de aquel bazar, don Emilio López, en cierta oportunidad le ofreció a su padre trasladarse con él a un nuevo local. En 1928,  se trasladaron al local que había edificado, en la avenida Mitre entre Libertad y Robbio, el viejo edificio de “La Mascota” que aún existe y donde funciona actualmente Casa Murillo.

“Quito” se inició en el oficio de peluquero de la mano de su padre.

“Comencé –relata- a trabajar como peluquero, junto a mi padre, cuando contaba apenas nueve años. Al principio, ayudaba a limpiar”.

En su memoria se encuentra grabado el hermoso recuerdo de la primera vez en que afeitó a un cliente.

“La primera persona –nos refiere “Quito”- que afeité fue el señor Pozas, que era colectivero de Santos Unzué, por su propio pedido. Hasta ese momento, yo solamente enjabonaba, pero como se encontraba apurado me pidió que lo afeite. Cuando terminé, Pozas me felicitó porque había hecho un buen trabajo”.

UN DIA DE TRABAJO EN EL NUEVO LOCAL

A poco del fallecimiento de Emilio López, don Aló Barbieri junto a sus dos hijos, se trasladó a un local ubicado en la calle Mitre entre Mendoza y Robbio. En la peluquería había tres sillones y, por consiguiente, trabajaba don Aló junto a sus dos hijos, Jorge y “Quito”.

Al ser consultado acerca de cómo era un día de trabajo en la antigua peluquería, “Quito” indica que, “en ese tiempo, era frecuente que los hombres fueran a afeitarse a las peluquerías, dos o tres veces por semana”.

“Se comenzaba –añade- a trabajar a las ocho de la mañana. Mi padre iba primero, luego mi hermano y después yo, que iba más tarde porque era el más chico. En esa época se trabajaba muchísimo en la peluquería; tanto así que nos turnabamos para ir a almorzar, uno salía a las 11, otro a las 11:30 y, por último, papá iba a almorzar después de las 12. Trabajábamos en horario corrido hasta que cerraba los comercios, alrededor de las 21 horas”

Era aquella la época legendaria de las peluquerías que se convertían en verdaderos lugares de encuentro. No faltaban los amigos y conocidos que se acercaban no solamente con la intención de afeitarse sino también de compartir un momento del diálogo.

“Teníamos –prosigue “Quito”-  clientes abonados a la peluquería, quienes se afeintaban tres veces por semana y algunos hasta cuatro, pagando tres pesos por mes completo. El costo, para la persona que no estaban abonadas, era de 30 centavos la afeitada y 40 el corte de pelo. Con esos ingresos, mi padre pudo sostener un hogar y criar a seis hijos”.

Por entonces se solían utilizar los legendarios fomentos, antes y después de la afeitada.

“Mi padre –nos relata- en una ocasión viajó a la ciudad de Buenos Aires y compró una máquina para hacer fomentos, que todavía se conserva».

«En ese entonces se colocaba un fomento antes de afeitar y otro después, y también se aplicaba una crema. Los días sábados, muchos jóvenes se iban directamente de la peluquería al baile”, nos ilustra.

El trabajo de su padre también solía extenderse los días domingos, pues solía ir a Fauzón en sulky.

“El –dice- conocía muy bien el camino, tanto que muchos automóviles, los seguían a él, que conocía bien donde se encontraban los baches. En Fauzón se quedaba todo el domingo trabajando, cortando el pelo y afeitando a todos los puesteros de los establecimientos agropecuarios que se encontraban allí”.

LOS COMERCIOS QUE YA NO ESTAN

“Quito” Barbieri tiene una memoria prodigiosa. Recuerda vivamente, y con absoluta precisión, los comercios que existían en la cuadra donde se encontraba la peluquería de su padre: “En la vereda de enfrente, se encontraban el zapatero Parise, que durante muchos años fue presidente del Club ‘Agustín Álvarez’; don Carmelo Guaragna; la carpintería de Vitali, que por ese entonces trabajaba mucho; el servicio de pompas fúnebres de Echeverri y Sarti; y en la otra esquina la gran mueblería de Margazín”.

“Sobre la vereda –prosigue “Quito”- de la peluquería, en la esquina de Robbio y Mitre estaba el comercio don Francisco López, donde solían parar todo los colectivos que llegaban a la ciudad, y eso hacía que ese barrio siempre estuviera muy poblado; luego, también sobre Mitre, estaba la famosa Confitería Molteni; luego venía la peluquería y, a poco metros, la zapatería de Luis Aita, hermano del entonces director del Diario EL 9 DE JULIO, don Antonio Aita; más adelante, hacia la calle Mendoza, estaba la zapatería de Foro Martínez y la relojería de Treviño; por último, en la esquina de Mitre y Mendoza estaba la panadería de Guerra y Castro. Desde esa esquina, a lo largo de toda la cuadra, hasta la avenida San Martín, funcionaba el antiguo molino de Guerra, muy recordado, entre los vecinos del lugar, precisamente porque en determinados horarios hacía sonar una sirena”.

EL PRIMER CORTE DE PELO

“Quito” Barbieri, junto a su hermano, habían instituido una modalidad muy recordada por los nuevejuliense: entregar un recuerdo del primer corte de pelo de un recién nacido.

“En aquella época, cuando cotábamos el cabello a un niño recién nacido, se acostumbraba entregar el primer mechón a sus padres, en un sobrecito y con una tarjeta. Muchas veces, personas de cuarenta y cinco o cincuenta años vienen y me muestran la tarjetita que conservan como recuerdo de ese primer corte que les hice cuando eran bebé”.

LA AGENCIA DE LOTERIA

“Quito”, continuó junto a su hermano Jorge al frente de la peluquería fundada por su padre. En cierta oportunidad, como era común en muchos negocios de este ramo, fue incorporada una agencia de lotería, con la venta de billetes, como era muy habitual en esa época, hasta la llegada de la quiniela y también del Prode.

“Al principio –comenta el entrevistado- fuimos revendedores de la Agencia de Lotería de Gianni hasta que conseguimos nuestra propia agencia. Llegábamos a vender hasta cincuenta o sesenta decenas mensuales y hasta contábamos con algunos vendedores en la calle”.

“Quito” trabajó en la peluquería hasta los setenta y seis años. Después de retirarse de este oficio, pasó a acompañar a su hijo Hugo en el trabajo de la agencia de lotería que el posee junto a Betty Basabe.

FUTBOL Y PELOTA

A PALETA

“Quito” Barbieri en los primeros años de su juventud practicó el deporte. Al principio, fue jugador del Club “Agustín Alvarez”.

“Precisamente, -nos cuenta- cuando era jugador de fútbol en ‘Agustín Álvarez’, la primera foto que me tomaron la sacó ‘Reca’ Aita. En ese momento, éramos todos los muchachos muy jóvenes, estaba «Tarrito» Aguila, también peluquero, que era wing izquierdo, Zotti. En Atlético, por ejemplo, jugaban los hermanos Galluppi, Reuberling, la ‘Vieja’ Yaconis; los hermanos Ortega, que eran pintores”.

“En esa época –agrega- también jugaba Roque Callegaro, que falleció hace ya un tiempo, a los 95 años. Cuando él se fue estudiar a la ciudad de La Plata, jugaba también como centro half, que enseguida le ofrecieron la posibilidad de incorporarse en el Club Estudiantes; pero escogió seguir su carrera universitaria”.

Ulteriormente, “Quito” pasó a integrar el cuadro del Club Atlético “Once Tigres”, institución de la cual conoce mucho acerca de su historia. No solamente esta entidad lo contó como jugador, también integró durante varios años las comisiones directivas.

En su juventud también practicó pelota a paleta, en la vieja cancha que se encontraba en la sede del Club “Agustín Alvarez”, en la esquina de San Martín y Libertad. Por entonces, jugando en dupla junto a “Tito” García Soriano, logró salir campeón en este deporte.

PALABRAS FINALES

“Quito” Barbieri formó su hogar junto a Clara Beatriz Mancini («Chichita»), oriunda de la ciudad de Buenos Aires. A ella la conoció casi de manera casual, puesto que se encontraba afincada en esta ciudad en razón de que su padre dirigía la obra de construcción de la Ruta Nacional N° 5.

Clara y “Quito” son padres de tres hijos, un varón, Hugo y dos mujeres, Laura y Teresa. Además, completan su familia, seis nietos y una bisnieta.

Entre los familiares de «Quito», por quien él guarda especial afecto, se encontraba la esposa de su hermano  «Cacho» Barbieri (quien falleciera muy joven), Josefa «Piba» Aita. «Ella -afirma «Quito»- era muy buen, ¡pero muy buena!, muy atenta con todos mis hermanos; por ello la recuerdo a ella más que a nadie».

Hace pocos días atrás, “Quito” recibió la feliz noticia de que uno de sus nietos, Paolo, había rendido su última materia como abogado.

Cuando nos disponíamos a redactar esta nota, alguien nos preguntó acerca de quién sería la persona destacada de cuya trayectoria nos ocuparíamos en esta semana. Al conocer que nuestro entrevistado era “Quito” Barbieri, no dudó en decir: “¡Que merecido reconocimiento! ¡‘Quito’ es un caballero, siempre tan correcto, tan buena persona!”.

Esencialmente, en esas palabras puede sintetizarse, uno de los rasgos más notorios de la personalidad de “Quito”, su caballerosidad, su corrección y su don de persona de bien.

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