26 septiembre 2020

Roberto Murillo: Dibujante y pintor

 

– Aprendió dibujo y pintura con varios maestros, y realizó una ecléctica selección de las enseñanzas de cada uno para crear su propio arte.
– Entre sus obras más destacadas, se cuenta una bóveda del cementerio, y un trabajo en la Galería 9 de Julio.
– Varios de sus alumnos pudieron realizarse como artistas.

Roberto Murillo.
Roberto Murillo.

Aficionado al dibujo desde los diez años, Roberto Esteban Murillo asegura que a esta edad “lo que menos piensa uno es en arte, el término ‘arte’ viene después. A mí me gustaba dibujar. Por lo general, copiaba algo”, recuerda.

Después, este hombre nacido en 9 de Julio en 1924 empezó a estudiar formalmente “con la profesora Merico, que tenía un curso justamente en la Escuela Nº 1, donde yo hice la primaria. Allí funcionaba una nocturna, y le asignaron la tarea de enseñar dibujo”. Esta fue su primera profesora, pero luego pasarían varios más, cada uno de los que le dejó algo nuevo a este alumno que buscaba siempre saber algo más, “algo que no supiera”, indica.

Todos estos profesores, como le gusta decir, hicieron “que me fuera alejando del problema. Para el ignorante, cualquier cosa es un problema”.

Aprendizaje de pintura
Un gran progreso en su aprendizaje en la escuela nocturna, a este alumno que no se conformaba solamente con aprender a dibujar, tuvo lugar cuando, cuenta, “le dieron la ‘catedra’ a Jado Quiroz, que dibujaba y pintaba con tinta de colores. En esa época, las fotografías, si uno las quería en color, había que colorearlas. Y se dedicaba a eso y pintaba con un tipo de acuarela, que eran tintas en realidad. En esa época, la Velox era patrocinada por la compañía Kodak, y este hombre conocía los secretos para hacer que la tinta de colores tuviera efecto”, explica.

“Después, estuve con Felix Aranguren, que había venido de otra localidad y estaba en el Municipio”, cuenta. Se hicieron muy amigos, “y con él me fui formando sobre los alcances del pastel”. Con el tiempo, Aranguren se fue a la Capital, y Murillo continuó aprendiendo, “con un belga que estuvo con su familia accidentalmente en 9 de Julio, con intenciones de sembrar plantas medicinales, y fue un fracaso. De él me quedó la enseñanza de los alcances de la carbonilla y el óleo. La primera vez que pinté al óleo fue con su guía”, evoca.

El maestro
Luego de este periplo por varios maestros, le nació la inquietud de dar algo lo mucho que había recibido. En sus propias palabras, “tuve intenciones de enseñar, más que de aprender”.

Recuerda que dio sus primeros pasos como docente en la esquina de Libertad y San Martín, “donde en ese entonces funcionaba la Sociedad Española, y me facilitaron un salón para enseñar a dibujar con carbonilla. Se juntaban 10 o 12 personas alrededor de un modelo, y yo miraba de vez en cuando para ver qué correcciones había que hacer”.

“También tenía algunos alumnos en casa”, comenta. En realidad, fueron muchos, que iban a aprender dibujo. “El uso de la carbonilla se difundió en esa época, y no precisamente la que venden en las librerías, si no una carbonilla europea, más sólida, que permitían trazos más interesantes”, indica.

También tuvo alumnos de pintura, que, comenta, “era otro asunto, porque eran todos aficionados, y yo quería que tuvieran más bien una base”.
No obstante, algunos alumnos aprendieron, y bien, a pintar.
“Últimamente, y cuando prácticamente había abandonado todo, me presentaron una señora que quería que le enseñara, la señora Bedatou, y su hija empezó a pintar, y hasta expuso. Olga Mato también, se fue a Buenos Aires, estuvo con varios profesores y expuso. También llego a exponer en Italia”, destaca.     

Años de arte
A pesar de su extensa actividad, Roberto Murillo casi no participó en exposiciones. Sólo recuerda que “expuse en Bolívar, donde hacían exposiciones en conjunto, y me dieron una mención, por un cuadro del paisaje del parque”.

Actualmente le quedan pocas obras suyas en su ciudad, y esto se puede explicar en su generosidad para prodigar su arte. “Eran cosas que pintaba y desaparecían por algún motivo, o porque alguien las quería”, explica, sencillamente. “En este momento estoy con los libros relacionados a la pintura.

“Lo único representativo está en el Cementerio, en la bóveda de los Baztarrica, y en la Galería 9 de Julio. El asunto nace cuando el arquitecto Baztarrica quiere recobrar esa esquina de Libertad y La Rioja, y se trae unos artistas de Buenos Aires, que hicieron su trabajo y dejaron la semilla para que uno probara esa actividad; de ahí nació que me dieran ese trabajo de la bóveda”, indica. Sobre este trabajo, refiere que “quise utilizar materiales especiales, pero no pude conseguirlos, así que utilicé la pintura acrílica común. No volvía  ver el trabajo desde que lo hice, pero imagino que está desmejorado, porque la luz afecta a una cierta gama de colores”. 
 
Por lo demás, hay cuadros suyos desperdigados en varias partes del país: “en Mar del Plata, en Buenos Aires, cosas que hice y no vi más”, reconoce. Lo que sí conservó con celo fueron sus libros relacionados a la pintura. “Tengo una buena biblioteca, que estoy seguro que reparticiones oficiales no las tienen”, afirma.  

Su trayectoria artística le permitió ver y conocer el mundo, y tiene muchas más anécdotas que obras. Una de ellas: “una vez, que descubrí que una galería de Buenos Aires que patrocinaba a un ficticio pintor, que les servía a ellos para después vender. Y me encontré con que este supuesto pintor copiaba cuadros de otros pintores, tomaba diseños y los adornaba distinto. Traté de denunciarlo, y una revista me aceptó la denuncia, pero me tomó por ingenuo, y en vez de darle publicidad alertó a la galería”, se ríe.  

Trabajo, familia, y arte
Si se le pregunta qué lugar ocupó el arte en su vida, su respuesta será realista. “Siempre traté de atender en primer lugar el trabajo, la familia, y en último lugar mi afición”.

Sobre su trabajo, cuenta que “empecé en el Banco Provincia como auxiliar, y luego de algún ascenso, terminé mi carrera en 9 de Julio como contador”.

Y su familia, “que tenía que aguantar mi chifladura” dice risueñamente, está conformada por su esposa, Olga Raquel Canusso, sus hijos Liliana y Omar Esteban, ocho nietos y cinco bisnietos.

En los ratos libres que le dejaban sus obligaciones, desarrollaba sus inquietudes artísticas. “Solía agarrar la bicicleta y la caja de colores los fines de semana, y solía ir por las orillas a sacar temas que aunque parezca mentira, a pesar del ambiente ‘chato’ en el que estamos, siempre se encuentran cosas y lugares que llaman la atención”, asegura.              

“En el pasar de la vida se mezclaban cosas, y la parte de la pintura a veces la tomaba con entusiasmo, y a veces, todo lo contrario. Pero uno entra en cierta cosa, sea lo que fuere, y si la siente, es algo que va a perdurar, aunque no la practique diariamente, está ahí, latente”, dice con la sabiduría de los años.

Así, de manera discontinua, estuvo inmerso en la actividad artística más de seis décadas, y cree que ya cumplió su ciclo. Actualmente retirado, explica que “tiene que haber una motivación para hacer algo, y en mi caso, por ahora no hay”.     

Palabras finales
Su humildad le impide destacar demasiado su talento. Pero lo cierto es que durante muchos años fue uno de los maestros del dibujo y la pintura en 9 de Julio, y por sus manos pasaron muchos inquietos alumnos que luego se realizaron como artistas.

Y algo bueno debe haber hecho con su arte Roberto Murillo, para que aún quede en su ciudad y varios otros lugares testimonio perdurable de su obra, y para que muchos amantes del dibujo y la pintura aun lleven la huella de su enseñanza. Aunque él prefiera desconfiar de su capacidad y refugiarse en la humildad y el bajo perfil, seguramente muchos los recuerdan como “el maestro”.

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